La destrucción de la confianza y el crecimiento de la irresponsabilidad

La nueva crisis que ha ocasionado la detención de Barnard Madoff, presidente de Madoff Securities, tiene una consecuencia mucho más grav…

Forum Libertas

La nueva crisis que ha ocasionado la detención de Barnard Madoff, presidente de Madoff Securities, tiene una consecuencia mucho más grave de lo que las cifras de la estafa económica, 35 mil millones de euros, pueden dar a suponer. Y esto, no por que la magnitud sea pequeña, todo lo contrario, equivale por ejemplo a todo la inversión pública que España hará el 2009, y que Zapatero ha calificado como la mayor en democracia.

Pero, a pesar del astronómico desfalco, el daño mayor radica en la confianza sobre el sistema financiero y sus agentes inversores. Porque en este caso, los pillados son grandes fortunas, profesionales de la inversión, bancos relevantes como el Santander. La conclusión es clara: aquí nadie se entera de nada y se venden como sólidos productos lo que son montañas de humo, y ni siquiera los “expertos”, jugándose en este caso ¡su propio dinero! son capaces de enterarse de la catástrofe antes de que se produzca. Sin confianza, el sistema de economía de mercado no puede funcionar. Y entonces entra de pleno la máxima de Lenin “la confianza es buena, el control es mejor

El capitalismo lo están destruyendo quienes más dinero han obtenido de él, demostrando que es falso que la sola ambición sea capaz de regular la economía. Esta se fundamenta en una determinada antropología, es decir, en la naturaleza y concepción de la persona. Y como tal necesita determinadas virtudes cívicas: la confianza es esencial –es el ingrediente básico del capital social-. Pero se requiere, además del servicio a la verdad, del sentido de la prudencia, de la justicia, de la moderación, en los usos y costumbre personales y colectivos, en un control razonable de los deseos, es decir, la templanza. Las grandes virtudes clásicas tan olvidadas siguen siendo necesarias.
Y si en un caso ha explotado la desconfianza, a España de manera particular le puede explotar la irresponsabilidad. El Gobierno de Zapatero tiene un solo objetivo: ganar las elecciones generales del 2012; y sabe que para entonces, por desgracia, la recuperación económica no se habrá producido. Con suerte, estaremos en una fase alicaída sin capacidad para absorber todo el gran paro acumulado en los años precedentes, y con unas perspectivas poco claras.

La respuesta que se va apuntando y que los demás partidos, en un ejercicio de compartir la irresponsabilidad, no afrontan con claridad y vigor, es el endeudar al Estado sin excesivo ton ni son, y por consiguiente endeudara la sociedad hasta las cejas, con soluciones que sirven para repartir dinero a corto plazo pero que resultan muy dudosas como productoras de riqueza a medio y a largo. Esta línea se ha aplicado al dotar de 8 mil millones a obras de urgencia en ayuntamientos que deben iniciarse en cualquier caso antes del 13 de abril. Se trata de correr y correr pagando salarios sin importar demasiado la necesidad y el efecto multiplicador de la obra.

Ahora Zapatero promete, para el 2009, 33 mil millones de euros en gasto público, de los que 19 mil millones serían en infraestructuras. Para que esto sea efectivo es necesario que el Gobierno demuestre una capacidad licitadora que hasta ahora no ha tenido. Es decir, una cosa es lo que se presupuesta y otra muy distinta la capacidad para traducirlo en gasto concreto porque se dispone de los proyectos, la tramitación de los mismos se hace en tiempo y forma, etc. También se habla de más gasto social y en medio ambiente. En nuestra sociedad parece difícil criticar toda promesa de gastar más como si en una familia solo el gasto fuera la solución a nuestros problemas y no tuviera que introducir cambios sustanciales en su forma de estar organizada, de cómo funciona.
Hablar solo de distribución del dinero evita por otra parte otra cuestión mucho más necesaria pero políticamente comprometida: la de las reformas que deben aplicarse para conseguir un país con una mejor productividad y competitividad. De esto, el Gobierno, prácticamente no habla. Intentar navegar por la crisis a base de quedar ahogados por la deuda en la próxima década es un pésimo negocio para nosotros y todavía más para nuestros hijos.
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