La Iglesia y la Política

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Esta es una cuestión trascendente, decisiva, pero que en demasiadas ocasiones es acogida con una falsa “prudencia”. Y decimos falsa porque tal virtud no consiste en confundirse con el paisaje -esto pertenece a otro ramo, el del camuflaje- sino que es la virtud de actuar de la mejor manera, de la más cristiana manera, para alcanzar el fin propuesto. Y el fin de la Iglesia en política no es el de importunar, ciertamente, pero tampoco callar, porque tiene mucho que decir, como lo muestra esta maravilla de la razón y la fe cristiana, que es la doctrina social de la Iglesia, que, alabada por tirios y troyanos, es la gran olvidada precisamente para aquello que está pensada: para transformar el mundo. No se trata de ejercicios académicos, aunque la academia es básica, sino de formular juicios y actuar.

Parece como si la divisa clásica de la JOC, ver, juzgar y actuar (aquí una interesante crítica del método y la forma de usarlo http://www.communityofsttherese.org/resources/verjuzgaractuar.pdf) hubiera pasado a mejor vida. No un juicio cualquiera, sino cristiano, que no es fruto de la exasperación, la irritación o la indignación, sino que es benevolente; es decir, busca hacer el bien y procura construir la paz. Pero es un juicio y, por tanto, no es silencioso, y antecede a la acción.

Parecería, (parecer no es ser) como si la Iglesia en España hubiera adoptado una actitud apolítica, la de no meterse en política. Si así fuera, seria fruto de una confusión grave, porque lo que no ha de ser la Iglesia es partidista, sumergirse en la vorágine del régimen de partidos, ni tan solo en la pugna instrumental de la democracia. Pero política en el sentido auténtico de la palabra si ha de serlo, porque esta expresión designa el gobierno de lo que nos es común, de aquello que no es privado, del gobierno de la polis, perfección y felicidad moral de los propios ciudadanos. En esta tarea, la Iglesia tiene mucho que decir y mucho está por hacer. Y tiene el deber de hablar aplicando a la realidad cotidiana.

A lo largo de los dos últimos años ha habido elecciones en España, pero la Iglesia ha estado ausente con su reflexión. ¿Por qué? ¿No tenía nada que decir guiada por la DSI? Precisamente un problema central de nuestra sociedad, que de una u otra manera experimentan la mayoría de la gente, es la de la ausencia de sentido. No se trata de prefijar el voto, sino de confrontar la realidad con el pensamiento social de la Iglesia, bien estructurado en este texto extraordinario que es el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, y con la antropología cristiana y la ley natural. Al actuar así, los fieles recibirían sistemáticamente orientaciones para educar, afinar su conciencia cristiana, que, en último término, es la garante de todo juicio individual. Pero haría todavía algo más. Por la lógica de las fuentes -DSI, antropología, ley natural- abordaría muchas cuestiones de interés para todos los ciudadanos. Y de entre ese todo, aprovecharía la ocasión para acercarse a los grandes olvidados: los bautizados no practicantes que se auto identifican como católicos

La Iglesia está centrada en la predicación y la caridad, en ser el hospital de campaña de los heridos por esta sociedad, pero no cumple fielmente su cometido si una parte de la predicación relacionada con aquello que se ayuda, no anuncia y juzga bajo la guía de sus propias enseñanzas, las causas que provocan tantos heridos, y no indica caminos para superarlas. Las estructuras de pecado están ahí. Económicas, pero también, y mucho, éticas, antropológicas, culturales. Abordar su naturaleza y la respuesta a ellas desde la DSI, puede ser política, pero de la buena, de la que salva al hombre, sus ciudades y sus conciencias. ¿O es que acaso plantearse la cuestión de los refugiados, como tan bien hace el Papa, no es política, no entra de lleno en la lógica política europea? Y ese es un tema decisivo para su humanidad que nos muestra el camino, porque hay muchos más tan decisivos.

El anuncio del gobierno de presentar una ley sobre vientres de alquiler, un tema complejo y confuso para la gente de a pie que somos la mayoría, es una excelente ocasión para que la Iglesia haga oír su voz para formular el criterio de humanidad que toda buena política ha de cumplir.

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