La izquierda necesita una liturgia

 Cuenta Joaquín Villalobos, ex jefe guerrillero del FMLN salvadoreño, que en una ocasión se encontraba con Schafick Handal, secretario general del Par…

 
Cuenta Joaquín Villalobos, ex jefe guerrillero del FMLN salvadoreño, que en una ocasión se encontraba con Schafick Handal, secretario general del Partido Comunista de El Salvador, viendo un la retransmisión televisiva de una ceremonia religiosa oficiada por el Papa Juan Pablo II, que acaba de fallecer. El fervor y la solemnidad del acto conmovieron a Handal, que exclamó: “algo así necesitamos nosotros, una liturgia de la izquierda”.
 
Según Villalobos, en Latinoamérica podemos distinguir hoy en día entre una izquierda que él denomina de forma perversa “religiosa conservadora” (para mí, sencillamente “populista”) y una izquierda “realista pragmática”. El representante por excelencia de la primera sería el neocaudillo venezolano Hugo Chávez, albacea y heredero en vida del comandante cubano Fidel Castro, y creador de una escuela de seguidores aventajados entre los que podríamos enumerar a los mejicanos Cuáhtemoc Cárdenas y López Obrador, Daniel Ortega en Nicaragua, Evo Morales en Bolivia y el propio Handal en El Salvador.
 
La otra izquierda, la moderada, vendría representada por la socialdemocracia de Lagos en Chile, Tabaré Vázquez en Uruguay, Kirchner en Argentina, Martín Torrijos en Panamá o Lula da Silva en Brasil, dicho sea con todos los matices necesarios en cada caso.   
 
La izquierda europea, en especial la española, que presume de cultivar el laicismo a ultranza, ha sentido una fascinación histórica por todo movimiento vinculado al misticismo bolivariano y por cualquier personaje que pueda identificarse, aun vagamente, con una supuesta transfiguración del “Che”. Ello explica las tradicionales relaciones de cooperación y amistad de la izquierda hispana con paraísos tan fugaces como la Nicaragua sandinista o con dictaduras tan longevas como la Cuba castrista.
 
Y es en ese contexto que cabe interpretar el viaje de negocios (“armas por petróleo”, rezan las crónicas) que efectuó hace unos días Rodríguez Zapatero a Venezuela. La izquierda pragmática, terrenal, de Zapatero y Lula (con la presencia justificadamente interesada del colombiano Uribe) fundida en una abrazo fraternal con la izquierda “religiosa” liderada por el predicador venezolano Hugo Chávez.
 
Pero no hay lugar a engaño, no hay disfraz que enmascare las debilidades y peligros del nuevo mesías populista de América Latina. Chávez es un golpista reciclado que crea pobreza para después subvencionarla. Es una amenaza real para todo el continente, un personaje subestimado por la derecha europea e interesadamente alimentado desde la izquierda, con un potencial corrosivo que se apoya en parte en la simbiosis clientelar que genera entre sus adherentes.
 
Y no sólo eso. Chávez es también el líder de un movimiento estratégico que persigue sustituir la democracia representativa y la división de poderes por un modelo alternativo, cuasi-místico, en el que no existen actores sociales ni participación civil, sino un nuevo consenso que justifica la anulación de los derechos y libertades de los ciudadanos. Chávez predica la “guerra asimétrica” contra el enemigo yanqui, mientras continúa abasteciendo de petróleo a Estados Unidos, un petróleo que utiliza para comprar conciencias y armamento a quien esté dispuesto a vendérselo. Chávez es el nuevo Tío Gilito del Tercer Mundo que reparte dólares a cambio de adhesiones inquebrantables. En palabras del director de la revista “Letras Libres”, Ricardo Cayuela, la Venezuela de Chávez es hoy un país de colores con un gobierno en blanco y negro.
 
Ese es el proyecto que acaba de bendecir Zapatero, desde su laicismo militante, con un viaje y un abrazo que ha causado estupor incluso entre la oposición socialdemócrata venezolana, con la que el partido socialista español ha mantenido siempre una estrecha y cordial relación.
    
 
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