La muerte, esta hermana nuestra tan olvidada

Una carta de padre Aldo Trento, misionero en Paraguay, fundador y director del Centro de Ayuda a la Vida San Rafael en Asunción

He recibido una carta del padre Aldo Trento, sacerdote, misionero y amigo, 70 años y enfermo, que habla de la muerte. Es un tema muy poco tratado: en la cultura dominante es censurado, pero también los creyentes tendemos a olvidarnos a menudo (no obstante se nos invite a pensar en el momento de nuestra muerte hasta 50 veces cada vez que rezamos el rosario…).

El caso es que intentar “olvidarse” de la muerte es algo estúpido, es no vivir el presente con realismo, o sea con plenitud. Todo conspira para que vivamos desmemoriados del significado, de lo esencial y por tanto también de la muerte. En esta época de mundos virtuales, de verdades parciales, de entornos ficticios donde refugiarse, nos puede hacer bien hacer memoria de que nuestra vida no es para siempre, que todo lo que vemos es caduco (todo; menos el amor).

Puede parecernos algo extremo el ejercicio de padre Aldo de meditar por la noche sobre los ataúdes de las personas acogidas que han muerto ese día (muchas son incurables o moribundas; las acoge como hacía la santa Madre Teresa de Calcuta, para que mueran bien, acogidas y amadas).

Cada uno busque el ejercicio que más le ayude a no olvidar esta dimensión fundamental de la vida. “Laudato sii, mi Signore, per Sorella Nostra Morte Corporale” decía San Francisco en el Cántico de las Criaturas. Ojalá le perdamos un poco el miedo a la muerte y el pensamiento de nuestra muerte nos ayude a vivir bien.

Ahí va la carta de padre Aldo, que he traducido y publico con su permiso.

 

Queridos Amigos,

El Santo Padre el primero de febrero, durante la homilía en Santa Marta, ha recordado a todos la verdad más concreta y más censurada: la muerte. Me ha confortado mucho, porque ya casi nadie habla de ello ni del drama del camino que recorremos, se quiera o no, cada día hasta alcanzar la meta donde ella nos espera. Es un camino bien presentado en la película de Bergman “El séptimo sello” y, en lo que a mí respecta, lo hago todos los días con mis hijos y hermanos ingresados en mi hospital. Es duro morir, así como lo es para quien presencia el último duelo entre la vida y la muerte, acompañando una persona a abandonar este mundo. Hablo de duelo porque es una verdadera lucha y se ve en el crecimiento progresivo de la respiración afanosa hasta el lento apagarse. Es el duelo de la agonía. Cada vez que presencio esto, me dan escalofríos. ¡Es una tarea difícil morir! A menudo bajo a la morgue donde a veces hay hasta tres cadáveres. Bajo antes de acostarme, en completo silencio. Apoyo los codos al borde de un ataúd, aguantándome la cabeza entre las manos y mirando con el rabillo del ojo la cabeza del difunto, y pienso en el momento en el que estaré yo en su lugar… mañana, dentro de un mes, dentro de un año… No lo sé, pero estoy seguro de que llegará mi turno. Me hace mucho bien pasar algún tiempo así y más aún de noche. “La muerte vendrá y tendrá tus ojos”, escribió el genio de Pavese. En tiempos remotos, los frailes de los monasterios se saludaban con un sano “memento mori” [N.d.T.: “acuérdate que morirás”] y el otro contestaba “memento” N.d.T.: “me acuerdo”]. Era la forma más verdadera, más humana para vivir intensamente el presente, como hombres libres. Sin esta perspectiva, el presente se convierte en una esclavitud, una trampa y uno se agarra a cualquier cosa que, sin que se pueda dar cuenta, le dice “adiós”. Tú  ¿piensas a la muerte, a tu muerte? Todos los días me veo en el ataúd, que luego bajará un metro y medio bajo tierra o dentro la prisión de un nicho… y os confieso que aún me da miedo, después de tantos años. Sí, me da miedo imaginarme bajo tierra, reducido a un cadáver. La otra noche, mirando el último muerto, pensaba: “Pero, ¿qué es un cadáver?”. Se diría un cuerpo donde ya no vibra la conciencia del yo, por lo que todo se disuelva aparentemente en la nada. Pero no es así, porque el “yo” ya está en los brazos del Padre… y no solo. Porque, como rezamos en la profesión de Fe, “creo en la resurrección de la carne (aquel cuerpo mío, o tuyo, frio, putrefacto) y la vida eterna”. Es todo tan misterioso, difícil de entender, y sin embargo es el corazón, es la razón que lo exige; pero sobre todo, para nosotros los cristianos, es Jesús resucitado. En la certeza que la muerte nos espera detrás de la esquina y con los ojos fijos en Jesús resucitado, vivimos cada instante. Y no olvidémonos de rezar el acto de dolor antes de dormirnos, porque no sabemos si volveremos a abrir los ojos, y eduquémonos a confesarnos con frecuencia y, si estamos en pecado grave, en seguida, siempre que se encuentre un sacerdote disponible; de otro modo rezar el acto de dolor, en la certeza que la Misericordia divina, a diferencia de nosotros los sacerdotes, siempre está disponible. Y cuando enferméis seriamente, pedir la Unción de los Enfermos. Perdonarme si os lo recuerdo, pero hoy en día, ocupados con tantos encuentros, retiros, cosas a hacer, corremos el riesgo de perder de vista lo esencial de la Fe.

Padre Aldo         – febrero 2018

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