La nueva izquierda y sus limitaciones

La nueva izquierda practica un maniqueísmo cercano al viejo leninismo marxista La nueva izquierda practica un maniqueísmo cercano al viejo leninismo marxista

Las crónicas periodísticas de estos días de valoración de resultados electorales y de intensas negociaciones de investidura del nuevo presidente de la Generalitat dan mucha relevancia a la denominada nueva izquierda. De entrada el nombre ya me parece una broma, porque es confuso hacer creer que los supuestos renovadores irrumpen en el panorama político como portadores de una buena nueva política cuando lo que hacen o dicen no son más que reediciones maquilladas de alternativas políticas bastante conocidas en el pasado. Nada parece nuevo, más allá de lo que puedan decir los titulares de algunos medios de comunicación. Esta pretendida nueva izquierda está instalada en una pedantería moral propia evocadora de viejas disputas entre los movimientos de extrema izquierda y los partidos tradicionales acusados de reformistas. La nueva izquierda practica un maniqueísmo más cercano al viejo leninismo marxista que los partidos democráticos al uso. Es una opinión. Pero su pretendida superioridad moral ofende. Porque niegan el pan y la sal a los demás y otorgan la reserva moral de la política. Ven todas las pajas en ojos ajenos sin darse cuenta de la viga en los suyos.

La actitud de esta nueva izquierda, respetable en todo momento pero no por ello libre de crítica, es fruto de una visión ingenua de la política y de una comprensión primitiva de la acción de gobierno. En general, las personas que dan la cara por esta nueva izquierda son bastante jóvenes, aunque pueden tener un apoyo electoral atractivo a otros segmentos de la sociedad. En parte, este es su atractivo y valor: han sabido incorporar en las dinámicas políticas los conflictos sociales asociados a los enfrentamientos generacionales. Vuelve a evidenciarse que los jóvenes son la pureza de los ideales y de las grandes causas, mientras que la gente madura y mayor se alienaría en el conservadurismo y el inmovilismo. Esta lógica funciona y, en algunos casos, puede ser real, pero deja de ser interesante si se presenta desde una comprensión maniquea de la realidad social.

Entiendo que esta pretendida nueva izquierda pretenda hacer hincapié con vindicaciones o estilos de hacer política pretendidamente nuevos. Pero detrás de esta novedad se esconden comprensiones limitadas de la política. Presentan como moralmente mejor un sistema de toma de decisiones políticas asambleario y censuran los sistemas basados en la delegación de las decisiones. ¿Realmente son más democráticos unos acuerdos tomados a mano alzada en una asamblea que los adoptados dentro de un proceso de decisión política tradicional? Ambos métodos tienen aspectos positivos y tienen sus limitaciones. No hay una superioridad moral de un respeto al otro. Las únicas diferencias pueden atribuirse a la oportunidad del método según el problema a resolver. En cualquier caso, la reflexión moral hay que hacerla, no en relación al método sino en relación al hecho de la idoneidad de las personas y el rigor en el proceso para decidir sobre problemas complejos. Aquí radica parte del problema de esta nueva izquierda: reducir la complejidad de la sociedad a cuatro consignas, prácticas para agitar las emociones, pero limitadas para gobernar la sociedad.

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