La oleada del acoso sexual

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Nuestra sociedad parece moverse por oleadas, de un día para el otro surge una cuestión que suscita la máxima atención mediática y de las redes. Esto no tendría nada de extraordinario si fuera debido a un suceso insospechado y extraordinario; algo así como el descubrimiento de la vida en Marte.  Pero no, se trata de situaciones estructurales que están ahí intocadas desde hace tiempo. Esto es precisamente lo que ha sucedido con la última oleada sobre el acoso sexual surgida, como todas las precedentes, en Estados Unidos, cuya espoleta se encuentra en Hollywood, pero cuya detonación tiene efectos en toda la sociedad occidental.

Desde sus inicios la llamada “meca del cine” era considerada por los medios y la voz populi un lugar donde abundaba la promiscuidad, el libertinaje y el abuso. Tanto que la propia cinematografía ha hecho de esta situación, material para sus negocios.  La gran mayoría de la sociedad rechazaba aquellos comportamientos, donde no se sabía dónde empezaba la libertad en las relaciones sexuales y donde terminaba la prepotencia para forzarla.

Entonces, se veía a Hollywood como la excepción moral (aunque parte de los progres de la época no dejaban de alabarla; la promiscuidad, no el abuso, como un ejemplo de la necesaria libertad en las costumbres. Sobre esto también hay mucho cine, bueno y malo). En todo caso, sus protagonistas sabían que vivían en una isla moral, y a nadie se le acudía pensar que aquellos pecados eran también los propios del conjunto de la sociedad.

Ahora, el relato ha cambiado sustancialmente y lo que sucede en Los Angeles no es algo específico de la cultura del entretenimiento y el cruce de pasiones y ansias, sino qué automáticamente se proyecta como algo constitutivo de toda la sociedad. Los abusos sexuales, sus depredadores enfermos, son vistos, no como la excepción de una cultura libertina que lo favorece, sino como consecuencia de un hecho estructural: los hombres, el machismo, como una cultura, pero solo esta única cultura. Las creencias imperantes por lo visto no entran en juego; no importan las diferencias obvias entre un católico y un no creyente. No influye la cultura hipersexualizada que nos rodea, donde el sexo es un producto del mercado, no influye para nada que las relaciones sexuales sean tan tempranas y presentadas como algo lúdico, y no como un hecho trascedente que requiere madurez emocional y construcción de la conciencia del respeto, no cuenta para nada la influencia de la cultura gay en todo esto, impulsora del sexo como única componente de la identidad humana. Nada de eso importa. Lo único que cuenta es que la mayoría son hombres, y por consiguiente, el comportamiento es fruto de una presunta sociedad patriarcal.

La causa fundamental del cambio del relato radica en la conversión de la perspectiva de género en ideología hegemónica. Bajo sus auspicios solo importa aquel segmento de la realidad que sirve a su arquitectura de hegemonía política, que en este caso, como el de la violencia contra la mujer, es utilizado para categorizar a los hombres, a todos ellos.

De esta manera, al no contemplar todas las causas y su relación, lo que sucede es que el problema no se resuelve, por el contrario, crece, como sucede con la violencia entre las parejas adolescentes. Las generaciones más jóvenes, educadas en la perspectiva de género, presentan varones activos en un mayor número que menosprecian a la mujer.

Porque en lugar de educar en el respeto a la persona y en el amor de donación, en el dominio de uno mismo al servicio de aquella donación, los formaron en la mecánica del “pónselo, póntelo” y la relación sexual como un deporte de contacto.  No es un hecho ajeno a los resultados que todo tipo de violencia hacia la mujer está en función inversa a la condición cristiana del grupo, como se refleja claramente en todas las estadísticas que miden el fenómeno por países y en las encuestas, al menos las españolas, que muestran que las católicas practicantes reciben en una medida muy inferior, del orden del 50%, acoso y violencia sexual. Negar la realidad solo conduce a ser dominado por ella.

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