La sociedad de la desvinculación se está rompiendo

Como ha escrito en más de una ocasión Josep Miró, vivimos bajo la hegemonía de la cultura desvinculada que ha generado una…

Forum Libertas

Como ha escrito en más de una ocasión Josep Miró, vivimos bajo la hegemonía de la cultura desvinculada que ha generado una sociedad que es distinta a todas las que nos han precedido. Algunos la llaman ‘posmodernidad’, otros ‘modernidad decadente’, Bauman habla de la ‘sociedad líquida’. Pero en realidad es cierto que lo que mejor define estos tiempos es la ruptura de los vínculos. Mejor dicho, su absoluta supeditación a la satisfacción del deseo individual convertido en el único bien o en el hiperbien al que deben doblegarse todo compromiso, por personal que sea, toda norma, toda tradición, todo hecho religioso.

Esta sociedad ha ido acumulando en su seno, como sucede con las placas tectónicas, deterioros y disfunciones hasta que se han precipitado en una sucesión de crisis. Algunas eran evidentes, pero se han intentado pasar por alto. Nos referimos a la de la natalidad. Como también la relacionada con el medio ambiente, que debe ser entendido como una fractura profunda de la necesaria solidaridad entre generaciones. El deber de cada ser humano es el de dejar el medio natural, los recursos de esta índole, como mínimo en iguales condiciones a como él los ha encontrado. Pero, a pesar de más de medio siglo de ecologismo, el ser humano ha continuado destruyendo su hábitat, creando así una crisis medioambiental que tiene numerosas ramificaciones. También y de manera directa sobre nuestra salud, como en el caso de la contaminación atmosférica.

Ahora, la crisis económica constituye una eclosión espectacular de este problema desvinculador, donde el ser humano hiperliberal, autorreferenciado, ha separado totalmente el acto de sus consecuencia, la libertad de su responsabilidad. Porque lo importante del ser libre hoy no es para conseguir una vida buena realizada o para perseguir la verdad, sino que hoy la libertad se entiende como la disposición de multiplicidad de elecciones, aunque ninguna de ellas sea buena, y prescindiendo de las consecuencias de la misma.

Esto se manifiesta en otro orden de cosas en la política. Se ha ido acumulando a lo largo del tiempo lo que se llama desafección. Es intensa en España, pero ni mucho menos exclusiva de nuestro país. El resultado, que todavía no ha llegado aquí, es el deterioro, cuando no la destrucción, de los partidos clásicos. Empezó en Italia y continúa. Se ha extendido a Grecia. En Alemania, un país políticamente conservador a derecha e izquierda por excelencia, la suma de los tres partidos tradicionales, democracia cristiana, socialdemócratas y liberales, cada vez representa una fracción menor del electorado, y aparecen partidos sorprendentes, como ‘los piratas’, que más que aportar soluciones, resultan magníficos como sujetos críticos. En Francia, el crecimiento del lepenismo y de las soluciones de extrema izquierda. Y así podríamos continuar con la lista en toda Europa.

La política en sus manifestaciones tradicionales en definitiva está en crisis, porque es incapaz de dar respuesta profunda al problema de la desvinculación, que hunde una de sus raíces en las consecuencias morales que conlleva el ser desvinculado y que es la de la crisis moral. Una crisis de esta naturaleza significa la dificultad para entender lo que está bien, lo que es justo, lo que es necesario, y surge de la fragmentación de la idea de lo que es una vida buena y realizada. Ya no hay un denominador común en este sentido y podríamos decir que cada uno tiene su idea. La consecuencia es que a la sociedad le resulta imposible definir un proyecto común basado en unos elementos básicos, y la consecuencia de ello son los debates interminables. Todo esto explica el por qué los partidos políticos y los agentes sociales, a pesar de las dramáticas condiciones en que vive España, son incapaces de ponerse de acuerdo en las soluciones. Y el por qué ellos, al mismo tiempo, son capaces de mantener y continuar una discusión interminable mientras el país se va degradando.

Pero no es un problema referido solo a ellos. Cometeríamos un gran error si señalamos con el dedo solo a los demás, a los partidos, al Gobierno, a los sindicatos. Es la sociedad la que genera esta forma de pensar y ver, y que se reproduce de manera más visible en aquello que se encuentra en el escenario, como es el caso de la política. Si no conseguimos realizar una nueva sociedad, un nuevo proyecto cultural, un renacimiento moral basado en nuestra tradición cultural, la que se remonta a Aristóteles, Platón o Sócrates, y encuentra su culminación en Jesucristo; si no somos capaces, no como una mirada de añoranza al pasado, como un rescate reaccionario e inmovilista, sino como el punto de partida para reelaborar la respuesta que libere al hombre de la destrucción desvinculadora y lo vuelva a hacer capaz de crear comunidades bien construidas, como la familia, las comunidades de memoria, de proyecto, de vida, de trabajo; si no se consigue esto, podrá haber interrupciones en el proceso continuado de autodestrucción de nuestra sociedad, pero éste continuará de forma ininterrumpida.

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