Sobre la vida y la muerte

En línea contraria se ha manifestado el Tribunal Supremo británico en el caso de Charlie, un niño de nueve meses, que sufre una enfermedad semejante a la de Marwa. Los médicos han ganado la batalla jurídica a los padres, dispuestos a hacer lo imposible para mantener vivo a su hijo: se pueden “detener legítimamente todos los tratamientos, excepto los cuidados paliativos, para que se permita a Charlie morir con dignidad”. Los jueces se adhieren a la voluntad de los médicos, que consideraban “poco ético” mantener el tratamiento al pequeño, aunque los padres habían conseguido medios económicos para llevar a su hijo a Estados Unidos. En este caso no se aplica la sanción penal prevista para la negación de asistencia. Al contrario, la sentencia de muerte se convierte en un bien moral, aunque niegue el derecho de los padres que “representan” la voluntad de un hijo incapaz de expresarla.

Así, como se ha discutido recientemente en Italia, se estataliza la privación de la vida, algo lógicamente negado al individuo, que no puede tomarse la justicia por su mano. Sucedió en Turín, donde una mujer dio a luz en casa a un hijo monstruoso, y lo arrojó a la calle por la ventana: murió al instante. Si hubiera abortado antes habría sido considerada una mujer libre y responsable. Ahora es una Medea sin justificación posible, linchada por la opinión pública. Refleja las paradojas a que conduce el casuismo de tantas normas estatales sobre la vida y la muerte.

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