Lavarnos los pies unos a otros

“Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”

pies

Se acerca Navidad. Es un buen momento para lavarnos los pies. Nos lo recuerda Jesucristo, que nacerá dentro de pocos días, pero ya está con nosotros, aunque a menudo no lo parece: “Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el Fin del Mundo” (Mt 28,20), les asegura a sus Apóstoles en el momento de su Ascensión. No les dice “estaré”, sino “estoy”, como algo en presente y permanente. Pues así es, aquí está Él, no solo con su intercesión, sino bien presente personalmente en el mundo, para actuar en defensa de sus hermanos los hombres. Pero a menudo, Él pide y espera que actuemos nosotros, con nuestras propias manos, sin esperar “fuego del cielo” ni milagros, ni que sean otras manos las que actúen en los momentos en que la conciencia nos advierte de que debemos actuar nosotros. Poco antes de su Ascensión, durante su despedida en la Última Cena, les había aseverado: “Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,14). ¡Unos a otros! Por el contexto y la entera vida de Jesús, queda claro que no debemos lavarnos los pies solo cuando esperamos una contrapartida, pues eso sería actuar con hipocresía. “Yo ya he cumplido”, van engañándose muchos. Pero su hermano, sus hermanos, siguen pasando hambre. Nosotros celebramos la Navidad con una cena o una comida (tantos hay que no tienen ni eso), a veces como si allí quedara todo, como si no debemos nada más a nuestro Padre Creador, a nuestros hermanos los hombres, que lo son en Jesucristo. Deberíamos procurar de una vez ser honestos con nosotros mismos y no buscar evasivas ni conformarnos con una sonrisa condescendiente. Nuestros hermanos en Cristo necesitan más, y hay muchos (cada día más) que reclaman nuestra atención no solo en televisión, sino en nuestra vida cotidiana. Pasan hambres muy diversas, y van con los pies sucios, que por eso nos apartamos de ellos, para que no nos infecten. Los pies son las pequeñas y no tan pequeñas acciones de caridad diaria que nos propinamos sin publicidad gratuita, y hasta sin tener un previo conocimiento de la persona en cuestión, como si para no actuar quisiéramos convencernos de que como no le conocemos, como ya tiene otros hermanos y quizás su familia, que le ayuden ellos. Pero además, el lavarnos los pies no tiene por qué ser algo con coste económico, a interés o no esperando retorno; puede ser una simple advertencia, una palabra de aliento, un favor de regalar nuestro tiempo aunque nos falte tiempo. Será nuestro “tesoro inagotable en el cielo” (Lc 12,33). ¿Quién da más?

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