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Libro: «Invitación al cristianismo» (Olegario González de Cardedal)

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La vida y obra de Olegario González de Cardedal (Ávila, 1934) es una reivindicación permanente del papel de la teología en el pensamiento contemporáneo. En 2011 recibió el Premio Joseph Ratzinger, extraoficialmente considerado el Nobel de teología. Es el único español que ha recibido hasta ahora este premio, que reconoce cada año las aportaciones más destacadas al diálogo entre fe y razón. En octubre de ese mismo año don Olegario visitó Girona, donde impartió la clase magistral de inauguración del curso académico en la Universidad y una conferencia en la Casa de Cultura. Vino a Girona a realizar su vocación como profesor: hablar de la fe, con rigor intelectual, desde una cátedra pública.

Además de su dilatada carrera académica en la Universidad Pontificia de Salamanca y de unas cuarenta obras publicadas, fundó hace veinte años la Escuela de Teología Karl Rahner-Hans Urs Von Balthasar en la UIMP de Santander, donde continúa participando activamente cada verano. Don Olegario hoy nos enlaza con las grandes figuras de la teología del siglo XX: los dos mencionados patronos de la Escuela, de Lubac, Congar, Guardini, o el propio Joseph Ratzinger, con quien mantenía una especial relación antes de ser nombrado Papa. Son grandes pensadores del siglo XX, cuya obra debe continuar nutriendo el cristianismo de este siglo, y de la que no puede prescindir Occidente si quiere superar su profunda crisis actual, constatable en nuestro día a día.

En su reciente obra «Invitación al cristianismo» (2018, Ed. Sígueme), don Olegario  sintetiza la reflexión de toda una vida sobre la fe cristiana. Es un libro de 190 páginas, redactado en un lenguaje asequible, y en seis capítulos que se pueden leer de forma independiente. Pienso que es un libro especialmente recomendable para los llamados «católicos culturales». Al final de la obra el autor explica que su intención no es hablar del cristianismo cultural, moral o social, sino de lo que representa la fe cristiana por encima de todo: «una propuesta de revelación de Dios y de salvación del hombre, derivada de la persona, doctrina y destino de Cristo». A continuación, resumo algunos de los puntos que me parecen más destacables. El teólogo de Salamanca expone que en las culturas bíblica y griega los intentos del hombre para erigirse a sí mismo en principio y fundamento han llevado a la catástrofe. Son el pecado original y la hybris (desmesura). Ambas llevan a la perdición del hombre: sea la expulsión del paraíso o la privación de la verdadera humanidad y la autodestrucción. Desde la Ilustración se ha ido extendiendo en Occidente la convicción de que esta vida y este mundo son suficientes en sí mismos para satisfacer todas las aspiraciones humanas. Sin embargo, después de tres siglos de ideales no alcanzados y revoluciones fracasadas, el hombre contemporáneo se ha instalado en el escepticismo, pasando de la heroicidad «a la pérdida de la ilusión y amargo desprecio de cualquier nueva propuesta que vaya más allá del realismo cotidiano». El autor cita la definición que Heidegger hace del nihilismo: «Ese proceso histórico por el cual el dominio de lo suprasensible caduca y se vuelve nulo, con lo cual las cosas mismas pierden su valor y su sentido». Nietzsche, el padre del nihilismo, ya había anunciado que la muerte de Dios suponía la pérdida del sentido y del horizonte de Occidente. El libro transcribe el núcleo del célebre texto del número 125 de “El gay saber”, clave para entender las raíces de la desorientación de nuestro tiempo.

El agnosticismo predominante actualmente, refleja «una actitud estoica de la aceptación plácida y resignada de la inexistencia de Dios». El autor se pregunta si se puede decir adiós a la verdad para dejar todo el espacio en manos de la libertad. Ante esto, para los creyentes la fe es la unión de la revelación libre de Dios a la humanidad y del asentimiento libre por parte del hombre. El cristiano cree que sólo Dios permite al ser humano alcanzar su plenitud y que la historia no resulte un sinsentido y una injusticia absolutos. «Con todo, (el creyente) nunca mirará al no creyente como inferior o moralmente peor», sino que aquel reconoce su situación agraciada y ofrece a los demás lo que él considera un tesoro. “En el cristianismo lo primordial no es, como en Kant, lo que el hombre hace por Dios, sino lo que Dios hace por el hombre”. En la moral humana prevalece el deber que hay que cumplir, la perfección a alcanzar. En la religión cristiana la experiencia primera es el agradecimiento por los dones recibidos de Dios, y desde esta gracia el cristiano asume con alegría su responsabilidad como respuesta.

Don Olegario explica que hay que diferenciar secularidad y secularización. La primera designa el orden de realidades del mundo, de las ciencias, cada una con su contenido y leyes propias. En este sentido, ante reducciones precipitadas de este mundo al mundo divino, el Concilio Vaticano II afirmó la autonomía del orden temporal. Otra cosa es la secularización de la conciencia, la ruptura del hombre con Dios, que niega la trascendencia de la vida humana y la responsabilidad del hombre ante el poder superior que lo ha de juzgar, y que reclama para el hombre poder existir como un absoluto, más allá del bien y del mal. El veterano teólogo advierte que hoy hay que evitar «la tentación de convertir la acción transmisora ​​de la fe en un acto puramente técnico y profesional», la tentación de comunicar la fe a los demás sin creer en ella, sin que el transmisor se identifique personalmente con la realidad transmitida. Esta secularización interna, de los religiosos y de los fieles laicos, ¿no es la causa principal de la debilidad de la Iglesia en nuestra sociedad? Don Olegario explica que la naturaleza del cristianismo es vertical y descendente. El Padre envía al Hijo, y éste a sus apóstoles y a sus sucesores. La Iglesia siempre ofrece algo que está más allá de nuestros deseos y esfuerzos humanos: la vida divina como salvación de la existencia humana. El término Ekklesia significa «convocación». En cada cristiano se despliegan aquellas capacidades sobrenaturales vinculadas a los dones naturales que posee personalmente. La Iglesia es la suma «de la experiencia común acreditada y garantizada durante siglos y las experiencias nuevas que el Espíritu Santo suscita en cada generación y en cada persona». El autor concluye que no se puede comprender Jesucristo sin aquello que lo precede, el Antiguo Testamento, ni sin lo que le sigue, la Iglesia. Esta está «entrañada en los actos, destino y proyecto de Jesús, y no primordialmente en unas hipotéticas palabras de fundación explícita». La desproporción entre mensaje y mensajero caracteriza la Iglesia. La adhesión del creyente nunca ha sido el mensajero, sino al mensaje. «Este es el enigma de la Iglesia: está formada y deformada por los creyentes pecadores, pero sostenida y alumbrada, santificada y rehecha siempre de nuevo por el Espíritu Santo».

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