Lo que nos enseña la ciencia

Hay una inteligencia más allá de toda capacidad de comprensión impresa en toda materia

En todo lo que nos rodea hay un derroche de inteligencia. Hay inteligencia en todo lo que vemos y – especialmente – en lo que no vemos. Hay una asombrosa inteligencia en la semilla que se transforma en árbol, en la savia que asciende hasta las hojas de una sequoia de 150 metros, desafiando a la ley de la gravedad, sin que nadie haya podido explicar cómo lo hace. Hay una maravillosa inteligencia en el ave migratoria que encuentra cada año su nido a su regreso, en un viaje de miles de kilómetros, y en el ave marina que encuentra siempre a su cría entre miles de ellas. Hay una increíble inteligencia en la mata de trigo, de tres milímetros de base por 1 metro de altura, análoga a una torre de tres metros de base por mil metros de altura, que sin embargo soporta el peso de la espiga, que excede al de toda la planta. Hay una inteligencia exquisita en los nidos de algunos coleópteros, cuya construcción los matemáticos no sabrían resolver con la mejor aplicación del cálculo diferencial. Y si nos adentramos en los organismos vivos, la inteligencia que encontramos en ellos nos apabulla y nos excede de tal modo que nuestro asombro se desborda. La inteligencia que encontramos en la arquitectura del ojo, en la del oído, en la simple célula… El hecho de que elementos simples como el carbono, el oxígeno, el hidrógeno y otros que forman la base de esos organismos, sean capaces de elaborar coordinadamente procesos tan extraordinariamente complejos que exceden nuestra capacidad de comprensión, y que lo hagan miles o millones de veces cada segundo… Hay una inteligencia más allá de toda capacidad de comprensión impresa en toda materia, que por sí misma, en sus elementos constitutivos, es inerte, y que la hace organizarse y actuar para que todo cumpla su cometido. Pero ¿quién ha impreso en la materia esa inteligencia? Ese es un tema que no voy a tratar aquí, porque corresponde a la metafísica, si bien es cierto que los más inteligentes científicos intuyen que la física y la metafísica no son compartimentos separados, y que la física conduce a la metafísica.

La física nos enseña que la materia no es “material”. Los átomos y moléculas que la forman son, a su escala, inmensos espacios vacíos, como sistemas solares, en los que un núcleo de protones y neutrones ocupa el lugar del sol y los electrones el de los planetas, a distancias del núcleo equivalentes en su escala a la distancia entre el sol y sus planetas. Los protones, neutrones y electrones, a su vez, no son nada parecido a una “bolita” increíblemente pequeña, sino “algo” sin masa, que se comporta al mismo tiempo como partícula y como onda, y que se descompone en otros “algo” similares al chocar con otras partículas. La materia, por tanto, es fundamentalmente espacio vacío, y su aparente solidez depende únicamente de los campos de fuerza que mantienen en su sitio a protones, neutrones y electrones, evitando que los átomos colapsen y la materia se desintegre. La materia no es más que energía condensada. Ahora bien, ¿qué es la energía? Sabemos como se comporta, e incluso sabemos controlar algunos de esos comportamientos, pero no sabemos lo que es ni de dónde viene. No sabemos nada acerca de la naturaleza de lo que llamamos energía. Tampoco sabemos lo que son, de dónde provienen ni cómo se producen esas fuerzas que lo mantienen todo en su sitio: la nuclear fuerte, la nuclear débil y la gravitatoria. Hemos aprendido algunos de los comportamientos de la energía y de las fuerzas que desarrolla, pero no sabemos nada más de ella.

Los mejores científicos imaginan que, así como ha llegado un momento en que hemos descubierto que la materia no es más que energía condensada, puede llegar otro momento en nuestra historia en el que descubramos finalmente qué es la energía, qué hay detrás o debajo de la energía, cuál es su fundamento, y tal vez nos asombre descubrir que el fundamento de la energía, el fundamento del mundo es Pura Inteligencia, Puro Conocimiento, Pura Sabiduría, Pura Conciencia, y que el mundo tiene un Creador y un Dueño, que ha puesto en él toda esa Inteligencia infinita.

Todo lo que nos rodea nos provoca y nos llama a sumergirnos en esa inteligencia que se manifiesta en todo, a aprender de todo lo que vemos y de lo que no vemos, a intentar entender qué es el mundo, por qué hay cosas en vez de nada, qué somos nosotros, por qué y para qué estamos aquí… Pero estamos demasiado ocupados en nuestras pequeñas cosas para dejarnos atraer por esa provocación, por esa llamada, y pasamos por la vida sin haber aprendido apenas nada, sin haber entendido apenas nada, sin saber por qué y para qué hemos vivido.

Desaprovechamos la enseñanza que hay a nuestro alrededor, por todas partes, y elegimos vivir en la ignorancia. Sin embargo, aprender es útil y podría evitar muchos errores, y se me ocurre un ejemplo tomado de la neurobiología, un ejemplo que siempre me ha hecho pensar mucho.

Las neuronas son las células que forman nuestro sistema nervioso, el sistema que controla todas las funciones de nuestro organismo, desde las más primarias a las más elaboradas, desde las inconscientes a las más conscientes. Hay en nuestro organismo del orden de mil billones de conexiones nerviosas, a través de las cuales los neurotransmisores mandan la información que desencadena los distintos procesos vitales y permite que todo funcione. La base de todo ese sistema es la neurona. Lo que conecta las neuronas entre sí y éstas con las diferentes partes del organismo son los axones neuronales, los “cables” a través de los cuales se transmite la información. En el individuo adulto, esos “cables” están protegidos por una sustancia aislante que llamamos mielina, que permite que los impulsos eléctricos se transmitan de forma rápida y eficiente.

Ahora bien, ese recubrimiento de mielina sólo se completa al llegar a la edad adulta. En los niños y adolescentes la protección no existe o es incompleta, por lo que los impulsos se transmiten con menor rapidez y de forma menos efectiva. Por causas que sería prolijo explicar, esa ausencia de mielina tiene como resultado que prevalezca en los no adultos el sistema límbico, que gestiona las respuestas fisiológicas ante los estímulos emocionales, por lo cual, en las personas que no han llegado a la madurez adulta, la conducta viene mucho más condicionada por las emociones que por la reflexión racional consciente, algo que todos los padres sabemos muy bien por experiencia propia.

Ese comportamiento más emocional que racional tiene una causa fisiológica. No es imputable a quien lo padece y no puede ser de otra manera. Estamos hechos así. Por eso sería bueno que todos fuéramos conscientes de ello. Nos ayudaría a los adultos a comprender a los más jóvenes, y ayudaría a los jóvenes a comprenderse a ellos mismos. Al observar su propio comportamiento, podrían entender que ese exceso de emotividad es natural, y al mismo tiempo, tendrían la posibilidad de regularlo mucho mejor y tratar de compensar el defecto de racionalidad con la prudencia en la acción, sabiendo que esa capacidad de reflexión y racionalización aumentará con el tiempo.

Por otra parte, también la sociedad en general podría evitar errores que pueden tener serias consecuencias, como el hecho de hacer recaer determinadas decisiones graves sobre personas muy jóvenes, que actuarán más por emotividad que por reflexión, como por ejemplo conceder el voto a edades muy tempranas (se habla hoy del voto a los 16 años). Considerando lo que nos enseña la neurobiología, el voto a la edad adulta es lo más lógico, y aunque lo que digo no sea políticamente correcto, es lo que responde a la realidad de las cosas, nos pongamos como nos pongamos.

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