Lo sobrenatural en nuestra sociedad secularizada

sobrenatural

Para un católico la dimensión sobrenatural de su vida y del Cosmos es algo inherente a su fe, de manera que el fin último, su felicidad y la de prójimo, no es de naturaleza terrenal, sino que, a través de ella, que goza de su propia autonomía, trata de alcanzar la reunión plena con Dios, donde radica la felicidad total. Todos los imaginarios de la Iglesia, como peregrina en la historia, solo poseen sentido ante aquella perspectiva. A pesar de ello, en su práctica las personas, y en ocasiones algunas parte de la institución, caen en el error de la sociedad desvinculada de fragmentar los ámbitos de lo humano, separando radicalmente lo natural de lo sobrenatural, olvidando la evidencia de que autonomía, que es lo que dispone lo terrenal en esta vida, nunca ha sido sinónimo de independencia, porque lo que establece aquella es la capacidad de una persona o entidad para obrar según su criterio, delimitada por un marco de referencia superior. La autonomía de lo temporal es para el cristiano una lógica que debe responder a la Revelación y a la necesidad de salvación. Y eso no solo en el orden individual, también en el colectivo, en lo político.

En este sentido, vale la pena recordar lo que dice la encíclica Vehementer nos (num 11) de San Pio X, en relación a la dura ley francesa de 1905 profundamente antirreligiosa:

“Esta tesis -la que enmarca la ley– es una muy clara negación del orden sobrenatural. Lo limita en efecto a la acción del estado a la sola búsqueda de la prosperidad pública durante esta vida, lo cual es solo la razón inmediata (es decir es una razón que debe buscarse pero no es “La razón”) de las sociedades políticas; y no se ocupa en ninguna manera, como si le resultara ajena, de su razón última que es la beatitud eterna propuesta al hombre cuando esta corta vida haya llegado a su fin. Y sin embargo, puesto que el orden presente de las cosas, que se desarrollan en el tiempo, se encuentra subordinado a la conquista de este bien supremo y absoluto, el bien civil, no solo no debe obstaculizar esta conquista, sino que debe ayudar en ella

La cuestión práctica es cómo actúa esta primacía de lo sobrenatural y de qué manera se la puede ayudar desde la autonomía civil. Pero ¿esto significa una especie de orden temporal teocrático? Claro que no. Esto lo que significa es no caer en el secularismo de la descristianización de la vida humana, ni en el “sobrenaturalismo” que olvida que Dios creo el mundo, y “vio que era bueno” y que Jesucristo vino para redimirlo de sus culpas adquiridas. Lo sobrenatural no destruye lo natural, sino que lo conduce a su pleno sentido. Y en todo esto la explicación de ese gran teólogo que fue Henri De Lubac es esclarecedora, tanto que nuestro tiempo necesita recuperarlo.

De Lubac siempre rechazó la jurisdicción de la Iglesia sobre lo civil en estos términos: El mandamiento se dirige a la conciencia del fiel y, por consiguiente, no produce efecto si no es por la intermediación y con el consentimiento de esta conciencia (sin perjuicio de las sanciones canónicas, es decir, intra eclesiales). Así es como Dios manda. ¿No debería mandar así la Iglesia? La autoridad de la Iglesia sobre lo temporal, que la posee, no se traduce en una jurisdicción civil propia, sino en una llamada a la conciencia libre de cada uno. Lubac afirma que la razón temporal está subordinada a la espiritual, y niega que para ello deba recurrir a medios -políticos- propios del orden temporal. La autoridad espiritual apela a las conciencias.

Todo ello conduce a unas evidencias que quizás están olvidadas en exceso.

El fin del ser humano, de sus sociedades e instituciones, es sobrenatural. El medio natural en el que vivimos tiene sus propios fines relacionados con el bien común, pero que deben estar al servicio del fin mayor. Por consiguiente, existe una primacía de lo espiritual que debe ser proclamada, pero cuyo cumplimiento en el orden secular se basa en la acción sobre las conciencias.

De ahí se deducen dos grandes exigencias. El papel de los laicos es decisivo en el engarce práctico entre natural y sobrenatural en la vida colectiva, la política, la economía, y se concreta, para utilizar un concepto desarrollado por Juan Pablo II, en la acción para eliminar o transformar las estructuras de pecado y fomentar las estructuras de bien, así como en la ética de la virtud, para dotar a la persona y a sus instituciones de las capacidades prácticas para producirlas.

La Iglesia en su conjunto y por parte, sobre todo de sus pastores, debe ejercer sin temor y con inteligencia y sensibilidad la primacía de lo espiritual. Su misión es conducir al hombre ante la inefabilidad de lo sagrado por el camino y la verdad que es Jesucristo. Llamar, motivar continuamente y con eficacia la conciencia de los fieles, por descontado, y también a la de todos los hombres. Llamar con su ejemplo, junto con su palabra clara y oportuna, que nunca puede ser idéntica en su forma cuando se dirige a quienes son conscientes de formar parte del Pueblo de Dios, a cuando lo hace a quienes habitan en sus límites o en la lejanía.

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