Los extraños datos sobre la violencia de género

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La violencia es un cáncer, cuya metástasis debe impedirse. Toda violencia es execrable, y resulta particularmente malsana cuando esta se da allí donde debe primar una amorosa relación de afecto. Y eso afecta, claro está, a la mujer y también a los hijos, y a los ancianos. Pero en nuestro país está desatada desde hace años una campaña obsesiva en torno a la violencia contra la mujer por parte de su pareja, absolutamente desproporcionada con la realidad de los hechos. Se trata, digámoslo ya, de una manipulación política interesada.

En realidad, si atendemos a los datos trimestrales del Barómetro de Centro de Investigaciones Sociales (CIS), la violencia contra la mujer prácticamente no aparece entre las preocupaciones de los ciudadanos, a pesar de que es una información recurrente y sistemática en los medios de comunicación. Las respuestas señalan que solo entre un máximo del 0,1% de la población y un mínimo tan pequeño como cero, señalan que es una preocupación. Esto significa en términos de población un máximo de 36.000 personas. Dado que en 2015 se interpusieron 129.193 denuncias, resulta que la mayoría de las personas que han denunciado este tipo de delito una vez, y el año anterior, no están preocupadas. Si en lugar de compararlo con las denuncias del último año, la cifra de referencia fuera el agregado de los últimos 5 años, 2011-2015, más de 600.000, más de un millón en una década, el resultado sería simplemente alucinante. Por lo visto, quien denuncia no considera que sea un problema digno de ser señalado. ¿Cómo puede ser que una masa tan grande de población no se refleje en una encuesta que constituye una serie larguísima y que se realiza mensual y trimestralmente? Todavía resulta todo más extraño si se observa que hay 52.885 casos dentro del sistema de seguimiento integral por violencia de género el 2016, muchas menos que el universo de personas preocupadas, una cifra que además en parte es acumulativa, es decir, ha habido mujeres en el pasado que han gozado de esta protección, pero que ya no forman parte del sistema en el último año. Por ejemplo, en el 2013 había 12 mil más, podríamos añadir muchas más si fuéramos retrocediendo en el tiempo.

Y atención, no estamos diciendo -debería haber quedado claro desde el inicio- que no exista un problema. Lo que afirmamos es que la atención que se le dedica no guarda ninguna relación con su importancia para la sociedad española. Se trata pura y simplemente de una operación política

Un último ejemplo lo constata. El Ayuntamiento de Barcelona, gobernado por Ada Colau, está desarrollando una gran campaña en la televisión, publicidad en los cines y en la calle contra el machismo en Barcelona. Al ver su intensidad y omnipresencia, nos sentimos preocupado por la posibilidad de que nuestra ciudad se haya transformado de pronto en un imperio falocrático y agresivo, pero la tranquilidad llega pronto cuando se consultan las cifras. En Barcelona no sucede nada extradinario, y es un paraíso comparado con ciudades del Reino Unido, Suecia y de la mayor parte de la Europa nórdica y anglosajona. Entonces ¿a qué viene la campaña?  De hecho, ya tuvimos un prólogo made in Colau que desató una campaña en el mismo sentido con motivo de la muy popular fiesta mayor de Gracia, un barrio de Barcelona. Se trataba de evitar que se produjeran agresiones contra las mujeres en los festejos callejeros, como en los últimos años ha sucedido en Pamplona. La única diferencia, nada menor, es que en la última década de fiestas solo consta una denuncia por un acto de este tipo. Muy poca evidencia para tanta campaña, sobre todo porque en la misma fiesta son mucho más frecuentes las agresiones no sexistas, que abundan, sin que Colau sienta ninguna necesidad de “hacer un alarde publicitario” con ello

Claro que, si se conoce la campaña, se entiende pronto porqué ven tantos gigantes peligrosos donde solo hay inofensivo molino. Por ejemplo, su primera línea de ataque es esta: “Vas demasiado corta”. No le dejes pasar ni media. Eso es machismo para Colau, tan peligroso que merece una ostentosa campaña Con esas premisas, es evidente que los machos peligrosos abundan.

Ironías a parte, la cuestión de la violencia contra la mujer, algo rechazable por partida doble, registra una atención y reacción exagerada, porque es un caballo de batalla político de la perspectiva de género. De la misma manera que la lucha de clases se debía acentuar en el marxismo para mostrar el conflicto irresoluble entre obreros y burgueses, la violencia contra la mujer es hiperbolizada para revelar la misma lucha, pero entre hombres que agreden -todos, potencialmente- y mujeres que se defienden. En lugar de tratarlo como lo que es, una patología social, y en sus justas dimensiones, se eleva a la categoría sociológica que engloba a todos los hombres por el hecho de serlo, como señala claramente la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia. Y se eleva a la categoría de gran problema para el país, sobre el que el gobierno de turno debe ir acumulando más y más medios y medidas, mientras se mantienen en el olvido situaciones mucho más graves por la impunidad en la que se dan, como es, sin movernos del ámbito doméstico, la violencia contra la gente mayor y los menores.

Si estuvieran realmente interesados en el conflicto, empezarían por lo obvio, que no es avivar las denuncias, meter hombres en la cárcel, enconar la vida matrimonial, levantar la sospecha al menor acto. Lo que harían seria marcar más el acento en la prevención, como es normal en todas las políticas públicas en las que esto es posible. Y prevención en este caso, significa especialmente velar por la conciliación, prever el conflicto o evitar que se encone, pero para eso no hay medios ni personas. ¿Para qué, si todo se lo gastan en campañas de denuncia?

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3 Comments

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    Qué hacemos con esas jóvenes que, habiendo sido socializadas con la archipresente “información” sobre la violencia de género, buscan un perfil “machista” de chico?

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