Los recortes en educación sexual reducen los embarazos adolescentes

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Es algo que hemos escuchado mil veces: la educación sexual en las escuelas es la clave para la prevención de los embarazos adolescentes, la reducción de las enfermedades de transmisión sexual y no sé cuantas cosas más. Y quienes pensamos que estas cuestiones son competencia de los padres de familia y no del Estado y que el enfoque de los programas de educación sexual promueven más que previenen los comportamientos de riesgo somos vistos como gente peligrosa que no está a la altura de los tiempos. El consenso entre los partidos políticos es casi absoluto, aquí y en todo Occidente, Inglaterra incluida.

Fue precisamente un amigo que está pasando una temporada en Oxford quien me envió la semana pasada una noticia que llamaba poderosamente la atención. También en el Reino Unido se han destinado, desde hace años, ingentes cantidades de recursos públicos para promover la educación sexual en las escuelas con los argumentos al uso. Así fue hasta que los recortes llegaron también a esta área en el año 2010. En aquel entonces, los fuertes ajustes provocados por la crisis obligaron a cancelar muchos de estos programas, provocando un coro de voces que clamaban contra el gobierno, insensible y austericida, que iba a provocar una explosión de embarazos adolescentes, enfermedades, abusos y todo tipo de males imaginables. Pues bien, la noticia que ha saltado a las primeras páginas de la prensa británica es que han transcurrido siete años desde entonces y los embarazos adolescentes no sólo no han aumentado, sino que han experimentado una intensa reducción desde que ya no se dedica dinero a los programas de educación sexual. En concreto, han caído a menos de la mitad de las cifras de partida. Estamos pues hablando de unas dimensiones que no dependen de cuestiones coyunturales, sino que más bien apuntan a algo estructural.

Es lo que han expuesto, para sorpresa de casi todos, los investigadores David Paton, de la Universidad de Nottingham, y Liam Wright, de la de Sheffield, en el Journal of Health Economics, que además han detectado que la caída en el número de embarazos adolescentes es más intensa en aquellas zonas en las que los recortes fueron mayores. Los investigadores concluyen que “gastar fondos en proyectos relacionados con los embarazos adolescentes puede incluso ser contraproducente”. Algo evidente si se considera la edad, los contenidos y el enfoque de la mayor parte de los programas de educación sexual, que tienen un obvio efecto incentivo para la iniciación sexual precoz. En palabras de Paton y Wright, “pueden incrementar el riesgo entre los adolescentes, que son inducidos mediante un acceso más fácil a medios contraceptivos (algunos de los programas incluyen la distribución de contraceptivos gratis y el acceso a la píldora del día después, también de forma gratuita), tanto a empezar a tener relaciones sexuales como a tenerlas con mayor frecuencia”.

La sorpresa, decíamos, ha sido general, aunque no había motivo para ello… si alguien se hubiera entretenido en estudiar los datos disponibles. Como el estudio publicado por el Family Education Trust hace un mes, en el que se muestran evidencias de cómo los programas actuales de educación sexual han facilitado el abuso a menores. Los casos de Rochdale, en los que se suministraban contraceptivos a menores sin informar a sus padres sobre el supuesto de que la actividad sexual era consentida, dieron como resultado abusos infantiles que duraron años. El año pasado la Cochrane Review publicó otro estudio en el que se mostraba que las clases de educación sexual no tenían el impacto esperado. Y en 2009, también en el Reino Unido, una investigación del BMJ (British Medical Journal) ponía de manifiesto que las adolescentes que participaban en uno de los programas más extendidos de educación sexual tenían mayor probabilidad de quedar embarazadas que el grupo de control del estudio. ¿Sorpresa? Sólo para quien prefiere cerrar los ojos.

Hace unos meses escribía, a propósito de los crímenes de violencia machista:

Parece de sentido común: realizas una acción para conseguir un resultado y sucede lo contrario. Bueno, quizás no lo hemos analizado todo, se nos han escapado detalles, la ejecución no ha sido todo lo acertada que debiera… Lo probamos de nuevo, y de nuevo fracasamos estrepitosamente. Insistimos una tercera vez y por tercera vez fracasamos. ¿Y seguiremos insistiendo? ¿Hasta cuándo?

Pensaba en esto, en cómo las mentes aprisionadas en una ideología reductora pueden ignorar la realidad y estrellarse una y otra vez contra el mismo muro, con nula capacidad no ya de autocrítica, que también, sino del más básico análisis causa-efecto. Y así hasta el infinito.

Siempre, eso sí, contentos y sonrientes porque nosotros somos los buenos y estamos en el lado adecuado de la historia, por mucho que hagamos la vida un poco más desagradable a todos los que nos rodean (en ocasiones, incluso somos capaces de convertir este mundo en un infierno para los demás).”

La ceguera ideológica que necesita, para subsistir, no mirar a la realidad, es dominante también en este campo de la educación sexual. Leyendo sobre el tema, veo que la misma noticia que nos informa de los hallazgos científicos de Paton y Wright, añade que en Inglaterra, desde septiembre de 2018, todas las escuelas estarán obligadas a impartir educación sexual a todos los niños a partir de los 5 años. La razón ha cortocircuitado en Europa: se trata de seguir, sin rechistar, los dogmas políticamente correctos, a pesar de que la realidad y la ciencia aporten evidencias en contra. Violamos la lógica, condenamos a una vida desgraciada a miles de personas, pero podemos estar tranquilos: no nos salimos del guión y nuestras carreras políticas van viento en popa. Como en los tiempos del comunismo soviético mas disparatado.

Es también obvio que, en una cuestión como ésta, influyen muy diversos factores (situación socioeconómica, cultura, edad, contenidos, personas e instituciones…), pero con los datos en la mano podemos decir que los programas de educación sexual que se imparten en el Reino Unido no solo no previenen el embarazo adolescente sino que lo fomentan. ¿Para cuándo un estudio así en nuestro país?

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