Luteranismo y desvinculación

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La reciente conmemoración ecuménica del 500e aniversario de la Reforma iniciada por Lutero, con asistencia del Papa como signo creciente de unidad de los cristianos, ha vuelto a situar en primer plano a Lutero y a su obra. Me gustaría situar la mirada en un aspecto concreto de su desarrollo doctrinal, es decir, lo que ha venido a significar el luteranismo en un aspecto central de nuestra sociedad, el de los vínculos necesarios para su existencia.

Una característica esencial del luteranismo es que profundizó, hasta un grado nunca visto, la subjetividad. No fue su descubridor, como sostienen algunos -eso dejémoslo a San Pablo y San Agustín- pero sí quien lo llevo al grado máximo de individualidad. El cristianismo muestra todo el valor de la conciencia humana, del interior del ser y la necesidad de que concuerde con los actos, como actitud ética necesaria, algo que no formaba parte de la cultura clásica, ni de la antigüedad, donde lo importante era la actitud externa y el cumplimiento de la posición que cada uno ocupara en la sociedad. Pero esta conciencia que surge de la fe en San Pablo, y que se antepone a la Ley, y la interioridad de San Agustín a la búsqueda de su relación con Dios -que muestra en sus Confesiones- tenían un cauce y un límite que marcaba la comunidad de fe, la Iglesia, y una autoridad última, el papa. Era un subjetivismo encauzado por el vínculo con Dios expresado en la comunidad de fe.  El catolicismo no es la sola scriptura de la Reforma, sino que a ella le asiste el Magisterio y la Tradición, y esto facilita el mantenimiento y adaptación de la Iglesia Semper reformanda, que explica su unidad a través de más de dos mil años de historia y su extensión universal.

La interpretación individual de la fe mediante la lectura de la Biblia, introduce un factor, limitado pero real, de desvinculación, porque en este caso la autoridad de la comunidad surge de un conjunto de subjetividades, que no al inicio, pero sí con el paso del tiempo, alcanzan desarrollos interpretativos difíciles de identificar con la tradición inicial que comienza con Lutero, como su preocupación tan intensa y vital con el pecado. La verificación de la desvinculación se produce en la continua proliferación y fragmentación de Iglesias reformadas, la utilización de procedimientos internos para adecuar su doctrina, mayoritariamente determinados por los procedimientos de la democracia liberal y la influencia creciente de las “doctrinas del mundo”, que en su abundancia dan lugar a numerosas e importantes reacciones vivificadoras de la originalidad cristiana.

El principio de desvinculación, que acentúa la Reforma luterana, tiene un límite claro: Jesucristo, el Señor. Pero, a su vez, posee una dinámica potente en el individualismo interpretativo, que embebería todo el movimiento Ilustrado y su consecuencia filosófica y política, el liberalismo. A partir de ahí, a la tesis sola scriptura, se le contrapone otra, sola ratio de la modernidad, que el argumento teológico no solo no consigue alterar, sino que termina absorbiendo. Es el racionalismo penetrando en el hecho bíblico, que ha servido para depurar de ciertas gangas que lo difuminaban, pero también para reducirlo a un conjunto de presuntos mitos, pero esa ya es otra y complicada historia. Ahora, lo que me interesa subrayar es que, en la ontogénesis de la sociedad desvinculada, se encuentra la sola scriptura individualista.

Hay una secuencia histórica donde la necesaria emergencia de la conciencia individual que aporta el cristianismo, con San Pablo y San Agustín, está confinada por la razón objetiva cristiana garantizada por el Magisterio, la Tradición y la autoridad del sucesor de Pedro, la comunidad de fe que es la Iglesia. Pero dicho confinamiento se resquebraja con la interpretación luterana, que lo deja limitado a una envolvente y, a su vez, también subjetiva, la de libre e individual interpretación de la Escritura en la relación con Dios, que la Ilustración y la Modernidad liquidan introduciendo la razón instrumental. Este estadio eclosiona a partir del último tercio del siglo pasado transformándose en la cultura de la desvinculación, cuando la razón subjetiva da un paso más hacia la subjetividad radical, al ser sustituida por la satisfacción del deseo, que, a su vez, alcanza su estadio máximo, superior, con la perspectiva de género, que, en su anti aristotelismo radical, se desvincula de la última condición humana, su naturaleza, preparando el advenimiento de la era post humana.

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