El macuto del oscuro túnel

túnel

No has pensado alguna vez en lo que necesitas primordialmente para saltar el trampolín y encontrarte de lleno con la eternidad.

En un pequeño macuto, bien organizado, cabría todo lo que necesitamos para dar ese eterno salto o para recorrer ese arduo, pero fugaz, camino.

En esos momentos además coge un crucifijo y agárralo con fuerza; y así:

Ni el túnel será tan largo y oscuro.

Ni el salto tan accidentado y peligroso.

Ni en ningún momento reinará el caos y la desesperanza.

Por otro lado, una sonrisa, en esos instantes ante la cruda y desafiante realidad, nos ayudara, a la vez, a dar ese paso trascendente de una manera más optimista, deportiva y ejemplar; mirando a los demás:

Con amabilidad, con disposición de agradar, con visión positiva y esperanzadora; alargando la mano, si ello es posible, en un ademán de llamar: a la alegría, a la cercanía, a la cordialidad.

Ten también y cerca de ti, y a la vista, una imagen de la Virgen: para animarte, para consolarte, para que recibas de Ella el calor y la luz, en esos momentos tan difíciles, y que podrían ser angustiosos sin un apoyo espiritual y humano.

Y ve metiendo delicadamente en tu macuto:

Tus buenas obras; tus anhelos de generosidad.

Tus deseos de perdonar; tu preocupación por los demás.

Tu ejemplaridad en el trabajo.

Tu vida de oración intensa, en la que trataste a Dios con cariño y ternura, ahondando siempre con valentía en los buenos propósitos.

Tu confianza en Dios; tu amor.

Tu ofrecimiento del dolor, especialmente cuando esté fue hondo y constante.

Tu vivencia habitual de las virtudes.

Tu repugnancia a la soberbia y tu sintonía con la humildad y la sencillez.

Tu huida del pecado.

Tu encantadora naturalidad.

Tu realista, reflexiva y positiva contemplación de las realidades eternas.

Tu belleza interior colmada de bondad.

Tu desapego de lo mundano.

Tu fe robusta, firme y razonada.

Tu amor apasionado a la creación y a la vida.

Tu sentimiento auténtico de Hijo de Dios.

Tu decidida defensa de la verdad que nos trajo Jesucristo.

Tu deseo de encontrarte cara a cara con Dios.

Tus riquezas, tus joyas, tus tesoros, tus apegos personales: déjalos, son escoria, en el inmaculado mundo de los Santos.

Y muy cerca de ti, en esos momentos delicados y nada fáciles, tus familiares, tus amigos, tus seres queridos, todos como en una piña de: amor, afecto y cariño; y quizás, como siempre pasa estará ese vecino entrometido que en todos los lugares se mete; ¡pero no te preocupes! acércalo a ti y bésalo, y habrás vivido con él tu última Caridad  y con ella quizás des el definitivo salto a lo Eterno.

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