Arrojados vivos a un pozo minero y rematados con dinamita

El marista hermano José de Arimatea y otros presos fueron arrojados con las manos atadas a un pozo minero, donde los remataron con dinamita

Diez de los asesinados el viernes 4 de septiembre de 1936 han sido beatificados: tres sacerdotes granadinos en Almería, un franciscano y un sacerdote diocesano –Fray Buenaventura Muñoz y Pedro Sánchez Barba– en la provincia de Murcia, un trinitario en la de Jaén, un sacerdote secular –Francisco Sendra– en la de Alicante, un capuchino en la de Valencia, un operario diocesano en la de Castellón y un marista en Asturias.

“Yo no estoy en la muerte de unos santos”

Los tres sacerdotes granadinos que fueron asesinados el 4 de septiembre de 1936 en Berja Almería (y beatificados el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar) eran:

El padre Juan MorenoJuan Moreno Juárez, de 44 años y natural de Válor (Granada), era párroco de Beninar (Almería). La biografía diocesana asegura que su ejemplo ayudó a arrepentirse al menos a uno de los asesinos:

Su sobrina doña Encarnación recordaba que: «Todos los que le conocieron pueden decir que era un sacerdote amable, servicial, limosnero. A su casa acudía cada día algún pobre que comía con él en su misma mesa.»

Al inicio de la Persecución Religiosa lo amenazaron con una infame carta y el Arzobispo le ordenó refugiarse en su pueblo natal. Nada más llegar, puso a salvo a la venerada imagen del Santísimo Cristo de la Yedra. Detenido el cinco de agosto de 1936, gracias a algunos contactos pudo ser liberado. Pero, el diez de agosto, su sobrina cuenta que: «Los milicianos que fueron a apresarlo le dijeron que lo hacían porque iba vestido de sotana, que sabían que era comunista porque era amigo de los pobres, pero que vestía con sotana. Bajamos hasta la puerta para despedirlo mi madre, mi tía y yo. Mi tío estaba muy sereno, se despidió de nosotros diciendo: “No lloréis por mí”.»

El cuatro de septiembre, junto a seis prisioneros, fue conducido al cementerio de Berja. Tras martirizar a uno de los presbíteros, el siervo de Dios se puso de rodillas, enarboló el Crucifijo, perdonó a sus verdugos y gritó: «¡Viva Cristo Rey!». Uno de los milicianos, muy impresionado, se marchó de allí diciendo: «¡Yo no estoy en la muerte de unos santos!».
Juan Muñoz Quero, de 60 años y nacido también en una aldea de Válor (Mecina Alfahar), era párroco de Sorvilán (Granada), cuyos habitantes trataron de protegerlo de la Revolución:

Muy querido por sus humildes feligreses, éstos lo obsequiaban con frutos del campo para ayudarle en su maltrecha economía. Cuando arreció la ofensiva laicista, los valientes jóvenes del pueblo protegieron su domicilio para defenderlo de cualquier ataque.

Mayor clima de violencia encontró cuando fue enviado a la Parroquia de Albondón. Las autoridades municipales, con gran grosería, ni siquiera le permitieron descargar su equipaje del vehículo. No le quedó otro remedio que volverse a Granada, más no quiso dejar sola a su hermana y marchó a Válor.

Tras ser detenido sufrió una espantosa prisión que le hizo enfermar. Aunque le permitieron regresar unas horas con su hermana, ese mismo día fue arrastrado a la prisión de Berja. Finalmente fue martirizado en el cementerio virgitano.

Monseñor Matarín escribió: «Fue venerable presbítero y honra de la Iglesia de Granada. Con sencillez y fervor se entregó a Jesucristo y esta entrega total le llevó a confesarlo hasta la muerte.»
Facundo Fernández Rodríguez, también valoreño y de 67 añlos, era párroco de Darrical (Almería). La biografía diocesana cita un testimonio según el cual pudo evitar la muerte:

El siete de agosto de 1936, ante la violencia de la Persecución Religiosa, no tuvo más remedio que abandonar Darrícal e internarse en la fragosidad de la sierra. Como le aseguraron de que no sufriría ningún daño en atención a su edad, regresó a Válor y se refugió en casa de unos sobrinos. Al día siguiente fue detenido y, tras sufrir cárcel en Ugíjar, fue arrastrado a la prisión de Berja. Fue martirizado, a sus sesenta y siete años, junto a otros dos presbíteros en el cementerio virigitano.

Monseñor Matarín escribió: «Pudo librarse de morir y no lo hizo. Prefirió perder su vida antes que negar a su Señor, del que se confesó discípulo y sacerdote.»

Un mes de tortura y linchamiento en un asilo atendido por religiosas

En Jaén, José Vicente Ormaechea y Apoitia (padre José de Jesús y María), de 55 años y vizcaíno de Navárniz, era el superior de la Comunidad Trinitaria de Villanueva del Arzobispo, donde había hecho su profesión solemne en 1899. Ordenado en 1903, marchó a Cuba, y volvió a España en los años veinte, desempeñando su último cargo desde 1933. Después del padre Altolaguirre, asesinado el 26 de julio, sería el segundo trinitario muerto y beatificado.

Según el relato de Pedro Aliaga Asensio, en los días previos al estallido de la guerra, mientras charlaba con un amigo suyo, Ormaechea le entregó algunos libros religiosos, diciéndole «guárdalos, porque todo esto va a ser destruido muy pronto, y si vienes [al santuario] te daré más, pero no tardes». Tras el primer registro sufrido por la comunidad, llamó a ese amigo por teléfono, diciéndole: «Ya ha empezado el calvario que tantas veces os he dicho». El interlocutor le aconsejó que se marchara del santuario, ofreciéndole su casa para esconderse: «Me dijo que voluntariamente no abandonaba ni el lugar ni a los suyos, que en caso de abandono sería por la fuerza».

Durante el registro del santuario, le hicieron abrir el sagrario, y exclamó con voz enérgica: «Padre, perdónales, que no saben lo que hacen». A él le hicieron bajar a pie al grupo escolar-prisión. Al llegar, le rompieron los objetos religiosos que llevaba (escapulario, medallas y un rosario), robándole un encendedor. Al día siguiente, 23 de julio, en una de las palizas, un miliciano le golpeó con la culata del fusil y él, instintivamente, paró uno de los golpes, sujetando con fuerza el arma. En el forcejeo, el fusil se disparó, hiriendo levemente al miliciano en el pie, y de forma más seria al mismo padre José. Lo trasladaron a la Casa-Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Villanueva del Arzobispo, con heridas en la muñeca de la mano derecha y brazo izquierdo. Esta última le pasaba el brazo de parte a parte. Tenía los miembros inferiores hinchados y destrozados a causa de las palizas.

No hacía más que exclamar: «¡Ay, alma mía!, ¡ay, alma mía!». Tres hermanitas le preguntaron la razón por la que se quejaba así. El padre José contó que había pedido agua y por eso le dejaron salir al patio, donde unos gritaron: «Matadlo; para lo que hace, quitadlo de en medio», y que ahí tuvo lugar la escena de los culatazos y del disparo. El religioso se quejaba porque le remordía la conciencia de haberse opuesto a la voluntad de Dios, parando la agresión del miliciano; y dijo que se había encomendado a la Virgen de la Fuensanta, pidiéndole la gracia de que le sacasen de aquella cárcel, antro del crimen y de la barbarie, porque allí no era posible morir mártir. En el hospital, durante más de un mes, los milicianos que tenían ganas de hacerle sufrir se pasaban por allí, a cualquier hora del día o de la noche, para pegarle o burlarse de él.

Según las monjas, «el padre José oyó todo lo que le dijeron, blasfemias e injurias contra Dios y la Iglesia, con gran paz y con los ojos cerrados en actitud de orar». Alguna vez dijo: «Yo no sé qué hacer, pues si cierro los ojos me dicen que rezo, y si les miro me dicen que tengo mirada de criminal». Le pegaron con un crucifijo de madera hasta romperlo. Luego le decían que besara la cruz y lo hacía. En cambio, cuando le pedían que pisoteara un crucifijo, se negaba rotundamente. «Durante ocho días consecutivos atormentaron al padre con frecuentes palizas; una de ellas, teniéndole arrodillado sobre una silla y golpeándole después hasta que la silla se rompió, dando el padre en el suelo con su cuerpo. Estas palizas solían ser casi a diario. En una de estas ocasiones recibió tales golpes en la espalda que la pusieron casi negra», y el médico, don Manuel Arenas, hubo de llamar la atención al jefe de los milicianos.

Por fin, hacia la una de la madrugada del 4 de septiembre, se presentaron bastantes milicianos y otras personas en tropel, pidiendo que abrieran las puertas. Las hermanitas se negaron a ello, llamando al alcalde para saber qué tenían que hacer. La Guardia Municipal les indicó que abrieran, porque les tenía cuenta hacerlo. Así lo hicieron; subieron en tropel al piso principal, y pidieron a las religiosas las llaves de la enfermería, ordenaron al padre José que se levantara, porque se lo llevaban a Jaén a declarar. Este se dirigió al sacerdote Joaquín Montoro, que yacía en una cama contigua: «Ha llegado nuestra hora, absolvámonos mutuamente para que Dios tenga misericordia de nosotros». Empezó a vestirse con mucha calma y se dirigió a los milicianos, diciéndoles con dulzura: «Yo no salgo de aquí sin orden escrita del gobernador».

Estas palabras tienen su explicación, pues él había dicho a las hermanitas que prefería que lo mataran dentro del asilo, porque temía que, de hacerlo en la calle, después hicieran escarnio de él. La respuesta a la petición fue querer atarlo con unas cuerdas por el cuello, lanzándoselas a guisa de lazo; el padre José, con serenidad y calma, se fue zafando como pudo. Los milicianos entraban y salían de la sala, manifestando que se movían por órdenes recibidas de su jefe. Hacia las tres de la mañana entró este, pistola en mano, ordenando al padre José que lo siguiera. Este se negó a hacerlo, diciéndole que solo saldría con orden escrita del alcalde. Acto seguido, el miliciano le disparó a bocajarro sobre la sien derecha, muriendo en el acto.

Limosnero, sastre y mártir

El hermano capuchino José Bleda Grau (Bernardo de Lugar Nuevo de Fenollet), de 69 años y natural de esa localidad valenciana, había profesado en 1901. Pasó toda su vida religiosa en Orihuela (Alicante), trabajando como limosnero y sastre de la comunidad. Al cerrarse el convento, se refugió en su pueblo, en casa de unos parientes. Fue fusilado en Genovés (Valencia).

Agradeció que le hicieran mártir, regalando su reloj a los que lo mataron

El sacerdote operario diocesano José Pascual Carda Saporta (su hermano Blas, sacerdote, también morirá asesinado en la guerra), de 42 años y castellonense de Vila-real, fue prefecto del Seminario de Tarragona incluso siendo subdiácono. Sacerdote desde 1918, pasó cuatro años como directivo en el Seminario Menor de Belchite. Volvió a Tarragona y fue enviado a México como confesor y predicador del templo de San Felipe de Jesús en la capital, hasta que el gobierno de Calles expulsó a los operarios en febrero de 1926.

Es director espiritual en varios seminarios y en septiembre de 1929 es nombrado rector del de Belchite. En 1930 va a México, pero le obligan a volverse. Regresa a Valencia, luego va a Burgos y desde 1934 es rector del Seminario de Ciudad Real, a donde vuelve desde Tortosa —estaba dando ejercicios espirituales— al estallar la guerra. Cerrado el seminario, consigue salvoconducto para su pueblo, pero al bajar del tren el 26 de julio lo detienen y llevan a la cárcel (antiguo convento de dominicas), desde donde el 4 de septiembre lo sacan para fusilarlo en las cercanías de Oropesa. A los que iban a fusilarle les dio su reloj y les agradeció que le hicieran mártir.

Arrojados vivos a un pozo minero en Sama de Langreo

Restituto Santiago Allende (hermano José de Arimatea), de 34 años y cántabro de Bustillo del Monte (Valderredible), era el director de la escuela que cinco hermanos maristas fundaron en Ribadesella (Asturias) en 1930, aunque entonces Santiago estaba haciendo el segundo noviciado en Grugliasco (Turín). Durante la Revolución de 1934, un policía les entregó una pistola para defenderse, y al salir de paseo llevándola cargada, el hermano José de Arimatea se enfrentó a unos revolucionarios que le decían: —Esta noche, vais a ver cómo corre la sangre. —Y las balas, ahora mismo, si quieres.

Cuando el joven farmacéutico del pueblo, poco religioso, contrajo la tuberculosis, el hermano José lo cuidó con tanta atención que el enfermo se reconcilió con Dios y con la Iglesia. La victoria electoral del Frente Popular se hizo notar el 16 de marzo, cuando los maristas fueron apedreados, y de noche la policía local registró su casa acusándoles de «organizar un complot para asesinar al alcalde, de esconder armas, de fabricar gases tóxicos y explosivos».

El 25 de julio de 1936 cayó la población en manos revolucionarias, detuvieron al párroco y de madrugada al director de la escuela marista, llevándole al sótano de la casa del pueblo. Luego pasaron a la iglesia. Mientras tanto, fueron ejecutando a gente, como al comandante de artillería Luis Berenguer, al que ataron a un árbol y quemaron vivo. El 15 de agosto fusilaron a trece personas, entre ellas el párroco y tres sacerdotes.

El 4 de septiembre por la noche, subieron al marista a un camión con otros condenados a muerte. Llegados a la boca de un pozo minero en Sama de Langreo, les ataron las manos con alambres y los arrojaron vivos al fondo del pozo. Según la documentación de la Causa General, se arrojó dinamita al pozo para matarlos (legajo 1338, expediente 2, folios 528 y siguientes).

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