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Mantenerse a la escucha

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Como cada año, “estamos invitados a imitar a los Magos. Ellos no discuten, sino que caminan; no se quedan mirando, sino que entran en la casa de Jesús; no se ponen en el centro, sino que se muestran disponibles a tomar otros caminos”. Así de solícito invitó el Papa a todos los hombres de buena voluntad del mundo en su homilía el día de Reyes, Epifanía del 2019 año del Señor: manifestación. Por tanto, para que Dios se nos manifieste, menos pelearnos para imponer la nuestra, sino mostrarnos abiertos a aceptar al otro como es, con sus virtudes y defectos, con toda su alma, dándole cabida en la nuestra, con el debido respeto y reconocimiento a su dignidad de hijo de Dios. Y no solo el día de Reyes, que tanto identificamos con los regalos, con que nos regalen… y dar algún regalo que no nos cueste demasiado dar, o eso que no necesitamos, y todo para quedar bien. Por eso el Papa nos invitó a preguntarnos: “Y yo, ¿qué le he regalado al Señor?”. ¿Sigo encerrado en mí mismo, instalado en mis orgullos pretenciosos? “¿Sé aceptar lo imprevisto de Dios, su modo de hacer en mi vida? ¿Sé reconocerlo en las modalidades como Él se revela, sin imponerle las mías?” (Enrico dal Covolo, A la escucha del Otro, Cobel Ed., pág. 194). Dios se nos manifiesta solícito de múltiples maneras en nuestro día a día, y por eso, al menos una vez al año (que no hace daño), la Iglesia nos invita a reflexionarlo y ponernos manos a la obra; sin contentarnos con nuestro autobombo, solícitos también nosotros a dar, a servir a tanta gente que está pidiendo, la mayoría de las veces silenciosamente, nuestra ayuda. Sin proclamas de “¡mira que bueno soy!”, sino con naturalidad, y mejor ocultamente, como nos pide Jesucristo: “Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres. (…) Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,2-3). No significa que debemos negar el mal que hacen o nos hacen, su pecado, no; sino, partiendo de quién es, dar la mano al prójimo para conducirlo a Dios, el cielo en la tierra. Solo así el Omnipotente nos dará “el ciento por uno” en esta vida (Cfr. Mc 10,28-30), lo que significa que nos enriquecerá según sea nuestra disponibilidad y nuestra fe, no que hará lo que nosotros queramos, sino a su manera. Es una constante en el Evangelio que Jesús concluya sus milagros, en especial los de curaciones, aseverando: “Que se te conceda según tu fe”. En este sentido, somos nuestros propios jueces. Y omnipotentes.

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