Mariano Fortuny de Madrazo I: un genio olvidado

Hoy empiezo un primer escrito sobre Mariano Fortuny de Madrazo para conocer un poco la extraordinaria actividad que llevó a cabo y de qué manera deslumbró la sociedad de su época. Pero hablar de Mariano Fortuny de Madrazo no lo podemos hacer sin unas pinceladas sobre su padre, Marian Fortuny i Marsal, su madre, Cecilia de Madrazo, su esposa Henriette Nigrin, la saga de los Madrazo y el entorno artístico y cultural de su época.

Mariano Fortuny

Hace unos meses fuimos a Venecia. Uno de los lugares previstos para visitar era el Palazzo Fortuny, un palacio de finales del sXV, antes Palazzo Pesaro, después Palazzo degli Orfei, porque alojaba la Accademia Filarmonica degli Orfei, y ahora Palazzo Fortuny. ¿Por qué Palazzo Fortuny? Pues porque desde que en 1899 hasta su muerte vivieron y trabajar Mariano Fortuny de Madrazo y su esposa Henriette Nigrin. Ellos dos materializaron todo el ingenio e inspiración que llevaban dentro en el campo de la pintura, la fotografía, la luz, la moda y el diseño. Mariano, de nacionalidad española y Henriette, francesa, se afincaron en Venecia y fueron protagonistas de la época dorada de la Europa de la Belle Époque.

Marian Fortuny i Marsal

Los Fortuny, padre e hijo, Marian Fortuny i Marsal (1838-1874) y Mariano Fortuny de Madrazo (1871-1949) son dos personajes poco conocidos. El padre, nacido en Reus, afincado en Barcelona, ​​se dedica a la pintura. Hace estancias en Marruecos (donde se deslumbra con la luz norteafricana), se casa con Cecilia de Madrazo, se instalan en Granada, Sevilla, Madrid y después van a Roma, donde nace su hija María Luisa. Van a París, vuelven a Granada, donde nace Mariano, y otra vez a Roma donde muere el padre a los 36 años. Fue un pintor prolífico, pintó unos cuadros extraordinarios: La batalla de Tetuán, La vicaría, Corrida de toros, Picador herido, El coleccionista de estampas… pero de su producción pictórica y de todo lo que él tenía nos queda muy poco ya que a su prematura muerte la viuda creyó conveniente que, ya que entonces era famoso, sacaría más beneficios de la venta de sus pinturas y utensilios en ese momento que si esperaba unos años y caía en el olvido, así que casi toda su obra se dispersó en ventas y subastas. A pesar de sus 36 años, su estilo y su obra lo definen como un auténtico genio que pudo revolucionar la pintura española pero, como dice Lafuente Ferrari, la culpa de que no lo hiciera «no sólo se debió a su muerte prematura, sino también a la sociedad de su tiempo».

Marian Fortuny i Marsal fue el pintor español con más proyección internacional del siglo XIX, pero no se quedó ahí, además fue acuarelista, grabador y un gran coleccionista. Reunió objetos artísticos de primera calidad sobre todo de tipología hispano-musulmana. El atelier de este artista fue mucho más que un lugar de trabajo, era “un templo del arte”. Fue un lugar de reunión y de exhibición, donde recibía las visitas y así podían admirar la colección de objetos que atesoraba. El cuadro El taller de Mariano Fortuny en Roma (1874), óleo de su cuñado Ricardo de Madrazo (hoy en el MNAC) es un fiel retrato de su estudio.

Mariano Fortuny de Madrazo

En este entorno nació, en Granada Mariano. El último destino de la familia Fortuny-de Madrazo fue Roma y allí murió el padre. La viuda decide ir, con los dos hijos pequeños, a vivir a París, y luego van a Venecia donde se afincó hasta la muerte. Desgraciadamente hoy mucha gente sólo recuerdan los Fortuny y los Madrazo por los nombres de las calles de Barcelona y Madrid (y quizás ni eso!).

Instalados en Venecia, en el Palazzo Martinengo, los Fortuny son: la madre, Cecilia de Madrazo, y los dos hijos, María Luisa y Mariano Fortuny de Madrazo. Más adelante Mariano comprará el Palazzo Orfei e instalará allí su “laboratorio” donde trabajará con su compañera y esposa, Henriette Nigrin, hasta su muerte.

El escritor y poeta Henri de Régnier en su libro La Altana o la vida veneciana (1899) habla de los Fortuny y plasma ese retrato:

«El antiguo Palazzo Martinengo, del sXVIII, con una estructura robusta pero con no demasiada gracia, con su aspecto gris y crepuscular, y aunque la góndola suele estar amarrada a su embarcadero, tiene el aire de estar deshabitado. Madame Fortuny nos quiere enseñar la admirable colección de tejidos antiguos que ha reunido. Es la madre de Mariano Fortuny, pintor de talento y con un espíritu dotado de una curiosidad muy aguda. Con un genio inventivo extraordinario Mariano está implicado en varias investigaciones técnicas. Como los maestros del Renacimiento no se dedica a una sola actividad, sino a varias, y muy diversas a la vez: la luz -sobre todo la luz-, y la iluminación escénica; los procedimientos de la tintura y la ornamentación de los antiguos tejedores; crea y fabrica tapices y vestidos con tejidos maravillosos. Su madre, señora Fortuny, nos acoge con su amabilidad y nos enseña la gran galería del palacio Fortuny, una gran sala con techo altísimo y en las paredes bocetos de Fortuny padre e interesantes estudios del hijo Mariano. Nos confiesa que siempre ha tenido el gusto por las telas antiguas, por cualquier pieza escapada del tiempo que permita evocar intacto todo su esplendor. La primera pieza que compró fue en España: un antiguo terciopelo púrpura con reflejos de sangre con una decoración de granadas maduras. En Venecia, de vez en cuando, venía el palacio alguna viejecita veneciana y le enseñaba una pieza preciosa, reliquia de la familia, restos del pasado que ella compraba. Madame Fortuny y su hija se acercan a un gran baúl y abren la pesada tapa: allí descansan, perfectamente juntos y expuestos los tejidos que van sacando y enseñando con mucho cuidado: el primero de todos un admirable tejido de terciopelo estampado con arabescos, del sXV, de un azul oscuro extraño, profundo y puro que es como el mismo vestido de la noche. Después los pesados terciopelos de Venecia, Génova u Oriente, suntuosos y delicados, brillantes y estampados con ramos vegetales y figuras y hojas, terciopelos que podían haber vestido los ducs y los califas, brocados, sedas, tafetanes sembrados de flores y barcos que el sXVIII llevaban los trajes de hombres y mujeres, y telas de todos los colores y de todos los tejidos, unos con la forma del cuerpo y otras largas piezas o recortes… Madame Fortuny dirige el sorprendente concierto de telas en medio del silencio del crepúsculo veneciano».

Esta sola estampa ya demuestra el talante de los Fortuny. «Renegar de la tradición es renunciar al arte, no hay arte sin tradición como tampoco hay árboles sin raíces». Estas palabras de Mariano Fortuny son la esencia de su vida.

Hablar de este personaje es adentrarse en un mundo casi desconocido para la mayoría de los mortales españoles. Mariano Fortuny de Madrazo vivió a caballo de los sXIX y XX. Inventor, escenógrafo, esteta, pintor, escultor, grabador, fotógrafo, alquimista, industrial, tintorero, creador de colores inimaginables con fórmulas secretas, tejedor, diseñador textil de vestidos, chales, bolsos, alfombras y cojines -todo de seda y terciopelo-, empresario, comerciante, coleccionista… El “mago de Venecia”: él fue quien “vistió” la luz con sus diseños y creaciones de lámparas. Un mago de la moda: él fue el creador de dos piezas inigualables e inimitables, el chal Knossos y el vestido Delphos. Todavía hoy, más de cien años después, nadie sabe cómo hizo la mayoría de estas cosas. Se llevó su secreto a la tumba. Para hacer todo esto necesitó la ayuda incondicional de la que será su esposa, Henriette Nigrin, de quien hablaremos en otro escrito.

Los Madrazo

Mariano Fortuny de Madrazo, huérfano de padre desde los 3 años, vivió inmerso en el ambiente de la familia de Madrazo hasta su muerte. Los Madrazo eran una saga de pintores que se remonta al sXVIII. Un santanderino, José de Madrazo, pintor de cámara de Carlos IV y Fernando VII, se casa con la polaca, Isabel Kuntz, hija del pintor Tadeusz Kuntz. Académico de la Accademia Nazionale di San Luca de Roma, director de la Academia de Bellas Artes San Fernando y director del Museo del Prado. Su hijo Federico también será pintor de cámara de la reina Isabel II y director de la Academia de Bellas Artes San Fernando y del Museo del Prado. La saga Madrazo que rodea la familia Fortuny se compone de tres hijos pintores, dos nietos pintores, una nieta artista que canta y toca el piano, Cecilia Madrazo, casada con el pintor Marian Fortuny i Marsal. En medio de esta confluencia vive uno de los bisnietos de la saga: Mariano Fortuny de Madrazo. Esta mezcla de culturas y el moverse con soltura entre Madrid, París y Roma hace que vayan haciendo amistades, relaciones y consigan éxitos a media Europa: son parte de la high class painting europea. Siete personajes Madrazo rondan por los alrededores de la casa de los Fortuny: la madre, la hermana, tíos y primos… todos artistas.

Entorno artístico y cultural

No sólo los Madrazo formarán el entorno cultural y artístico de Mariano Fortuny. Proust y d’Annunzio fueron los dos máximos divulgadores de los vestidos de Fortuny. Proust lo cita muchas veces en En busca del tiempo perdido y sobre todo en La prisionera es donde más veces aparece Fortuny citado.

«Y esta robe de chambre que huele tan mal, oscura, aterciopelada, moteada, con estrías de oro en forma de alas de mariposa…?

-¡Ah!, es de Fortuny.

Lo que más gustaba era todo lo que hacía Fortuny. Fortuny con estos vestidos, fielmente antiguos pero poderosamente originales, hace aparecer la Venecia saturada de Oriente, recobra el pasado, pero no para hacer una mala copia, o una sencilla copia, sino para reinterpretar este pasado, estos tejidos y hacer con ellos una cosa extraordinariamente moderna ». (La prisionera, Marcel Proust).

Era el tiempo de la Belle Époque. La Ciudad de la Luz acogía aristócratas que regentaban salones donde coincide con la burguesía, intelectuales, dandis, y artistas consagrados y noveles, todos plenamente insertados en el vértice de la cúpula del estabishment cultural, todos pertenecen a la cresta de la ola de la vida de este momento. Así escritores como Baudelaire, Valéry y Mallarmé -que lo introducen en el simbolismo-, Bergson, d’Annunzio, A. France -premio Nobel en 1921-, M. Proust, JJ. Rousseau, T. Gautier, O. Wilde, H. James, J. Ruskin…; pintores como Cézanne, Dalí, Degas, Delacroix, Klimt, Manet, Monet, Renoir, Sert, Van Gogh…; aristócratas como Holenhole, Layard, Albrizzi, Curtis…; músicos como Cosima Liszt -esposa de Wagner-, Albéniz…; arquitectos como Hoffmann, Haussmann…; modistas como Poiret, Worth, Doucet… Todos éstos, jóvenes y no tan jóvenes, conforman la sociedad parisina de este momento.

Mariano tocó innumerables teclas y todas bien, como un “hombre del Renacimiento”. Ningún estamento dejó de influir en la formación de Mariano Fortuny. Tenía la idea, como Miguel Ángel, como Leonardo, como Wagner, del artista total, esto lo marcará toda la vida y consolidará su personalidad artística. Mariano hará suya esta estética wagneriana después de los viajes que, desde los 19 años, hace a Bayreuth donde descubrirá que la ópera es el compendio de todas las artes, no un drama al que se le subordina la música: el arte engloba todas las disciplinas. Su lugar de inspiración es el mundo y por eso no se estaba quieto, aunque afincado en Venecia vive y viaja continuamente a Granada, Roma, París, Bayreuth, Barcelona, Madrid, Marruecos, Grecia, Egipto, Sudán… Pero por encima de todo, sus grandes viajes serán entre Venecia, París y Bayreuth.

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