Más sobre la película ‘Silencio’

Silencio

Estimo y agradezco de veras los comentarios que se hacen a mis escritos, aunque no tengo por costumbre responderlos. Sí lo he hecho en las ocasiones que lo he considerado conveniente y esta es una de ellas. Me mueve a seguir con este tema, en primer lugar, el hecho de que mi crítica a la película “Silencio”, publicada en este blog con fecha 9 de enero, ha tenido una acogida extensa y ha sido ampliamente comentada en varios medios. La mayor parte de los comentarios que he oído y leído han sido favorables o muy favorables, si bien también hay algunos contrarios. Hasta aquí todo normal, es lo que cabe esperar cuando uno se expone en la arena pública, que haya acuerdos y desacuerdos, parabienes y rechazos. De lo que me caben serias dudas es de que tanto a unos como a otros, yo haya sabido hacerles llegar las motivaciones de mi escrito. Creo que no del todo, y esto es lo que me gustaría añadir ahora, junto a alguna matización. Procederé de manera ordenada, señalando varios puntos:

1. La película presenta un racimo de cuestiones variadas, bien interesantes que se prestan a debate y discusión, y admite diversos enfoques. No hace falta ser un cinéfilo avezado para darse cuenta. Cualquiera puede ver que hay varios aspectos más de los que yo he resaltado, y que este de la apostasía no es el único, pero es este en el que yo he querido poner el foco, por encima de todos los demás. Yo he criticado duramente esta película porque considero que atenta contra la fe cristiana (especialmente desde un punto de vista evangelizador), pues como explico en mi crítica, veo con claridad que la película hace una justificación de la apostasía. Esto es lo más grave que yo veo, y uno de los puntos principales que me han movido a manifestar mi oposición frontal ha sido la convicción previa de que habría muchos que no lo verían como yo. No me he equivocado: efectivamente, a muchos les parece que la película no atenta contra la fe. Probablemente no compartimos el mismo punto de vista sobre la apostasía. Yo creo que sí atenta, pero esto es asunto opinable. En lo que no tengo opinión propia -y es lo que a mí más me importa- es el concepto de apostasía. En mi escrito no hay una opinión particular sobre la apostasía. Sé lo que dice el Catecimo de la Iglesia al respecto, eso sí, y como catequista he tenido que explicarlo en varias ocasiones. A la apostasía la define como “el rechazo total de la fe cristiana” (punto 2089).

Ahora bien, no se puede conocer el alcance y la gravedad de este rechazo, si no se conoce el valor de lo que se rechaza. El Catecismo dedica un apartado amplio a explicar los contenidos del acto de fe, de los cuales creo que es importante fijarse en los siguientes: Dice la Iglesia que la fe es un “don gratuito que Dios hace al hombre” (punto 162) y a la vez “un acto auténticamente humano” (154), “un acto personal” (166), que comporta varias dimensiones, pero que “es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios” (150), sin el cual no es posible la salvación por la vía ordinaria establecida por el propio Jesucristo (cf. 161), puesto que “sin la fe… es imposible agradar a Dios” (Heb 11, 6).

Por otra parte, la fe no es la más importante de las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad-, porque “la mayor de todas ellas es la caridad” (I Co 13, 13), pero sin la fe, la esperanza y la caridad no pueden darse. En este sentido es la virtud-llave para las otras dos, ya que las precede (cf. Suma Teológica de Sto. Tomás de Aquino, I-II, c. 62, a. 4).
Este don gratuito que es la fe, es gratuito para nosotros, los bautizados, pero a Cristo no le salió gratis. Al contrario, lo pagó bien caro; nuestra fe ha sido comprada al precio de un rescate tasado “no con oro o plata sino con una sangre preciosa” (1 P 1, 18-19), la suya. ¿Nos creemos esto?

Con esto me parece suficiente para que cualquiera pueda hacerse una idea sobre por qué la Iglesia ha considerado a la apostasía a lo largo de toda su historia un pecado gravísimo, tanto que ha llevado asociada, y sigue llevando hasta ahora, pena de excomunión. Según explica el profesor Iraburu, “la apostasía es el más grave de todos los pecados”. Un cristiano que conoce y vive estas cosas, un bautizado que sabe lo que se trae entre manos, prefiere perder la propia vida a perder la fe y sabe que es más grave quitarle a otro la fe que quitarle la vida. Otra cosa es lo que ocurra en caso de ser puestos a prueba, pero en la cabeza esas ideas deben estar asentadas sin sombra de duda porque no es una opción entre otras, es la única opción concorde con la Palabra de Dios y pertenece a las exigencias de la propia fe. Quien diga lo contrario está afirmando que el pecado es una opción válida, aunque afirme que no es tan válida como los actos de coherencia con la fe. Pero eso no es así. El pecado, cualquier pecado, no es una opción válida, ni mucho ni poco, por más pecadores que seamos unos y otros, y por más que la realidad del pecado nos acompañe hasta la tumba. El pecado no es una opción válida, aunque cualquiera pueda entenderla como una válvula de escape por diversos motivos y haya que ser tan comprensivos como se pueda con quienes caemos por miedo, debilidad, etc.

Respecto de perder la propia vida antes que la fe, eso es lo que han hecho cada uno de ese sinnúmero de mártires –de unos cuantos sabemos los nombres, pero la inmensa mayoría son desconocidos- que recorren toda la historia del cristianismo, en todas las épocas y en todos los pueblos. Los mártires, cuando han dado su vida, no se han pasado de creyentes, no han cometido ningún exceso, no se han salido de órbita, no han sido individuos fanáticos ni excéntricos, sino enamorados y convencidos hasta los tuétanos, a pesar de estar invadidos por el miedo. En contadas ocasiones, este derroche de fortaleza de unos coexiste con la debilidad de otros, pero esto no es sino una muestra del misterio de ese binomio formado por la gracia y la libertad personal actuando al unísono, cuando toca vivirlo en situaciones extremas. Al mismo tiempo que los mártires se armaban de fortaleza y se preparaban para los tormentos, otros hermanos suyos sucumbían a la debilidad y apostataban de la fe. A unos hay que ensalzarlos, a los otros comprenderlos por el sencillo método de ponerse en su pellejo. Ahora bien, no las dos respuestas son dignas de admiración y ejemplo; los mártires sí, los apóstatas no, por más que haya que ser comprensivos y acogedores con ellos, cosa que también ha hecho la Iglesia siempre con los que en su momento apostataron y después, arrepentidos y perdonados, han vuelto a su seno.

Como dato añadido a esta reflexión me parece apropiado señalar el loabilísimo hecho de que entre los mártires de nuestra persecución religiosa del siglo pasado, tengamos varios millares de sacerdotes y religiosos sin que se tenga constancia de un solo caso de apostasía (Claudel habla de diesiéis mil). Aunque solo de pasada, ¡cómo no recordar su loa “Aux Martyrs Espagnols!”: “Soeur Espagne, sainte Espagne, tu as choisi! Onze évêques, seize mille prêtres massacrés et pas une apostasie!” (Hermana España, santa España, tú has elegido! Once obispos, dieciséis mil sacerdotes masacrados y ni una apostasía!)

2. Entiendo la buena fe de quienes coinciden conmigo en reprobar la apostasía pero quieren contrapesar esa reprobación diciendo que en la película también están los testimonios de los que no apostatan, de los que siguen manteniendo su fe a escondidas, etc. Insisto en que entiendo su buena fe, pero también aquí hay un motivo importante por el cual yo he denunciado la maldad que veo escondida en “Silencio”. El motivo es este: en la película se mezcla la defensa de la fe con su contrario, la apostasía (el padre jesuita que apostata en un sinfín de ocasiones, muere con una pequeña cruz escondida en la mano). Lo que a mí me sugiere este tratamiento de la forma en que se apostata es lo siguiente: no se puede apostatar hacia fuera y no interiormente, como para celebrar un matrimonio no se puede decir no por fuera y sí por dentro. ¿Esto hay que explicarlo para que se entienda? Y tampoco se puede apostatar “un poco” solamente, del mismo modo que una mujer no puede estar solo “un poco” embarazada. El bien (el bien es la fe en este caso) solo puede ser aceptado en su integridad y en estado puro, por más que cualquiera estemos muy lejos de vivirlo con integridad y pureza.

Si por fe nos referimos a los contenidos de la fe, a la doctrina, la fe es una, aunque en su formulación esté articulada (formada por los “artículos” del Credo) del mismo modo que el cuerpo humano es uno, si bien para su funcionamiento, los miembros están unidos por articulaciones. Si por fe nos referimos a “la adhesión personal del hombre a Dios”, quien se adhiere es la totalidad de la persona, no una parte. Se da así una doble unidad y una doble totalidad: unidad y totalidad en la fe y unidad y totalidad en la persona. De aquí deriva, como consecuencia necesaria, que no se pueda mezclar la aceptación de la fe con su rechazo. Yo veo aquí una de las aplicaciones de esa exigencia radical de Jesucristo cuando dice que “el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12, 30).

No se puede mezclar mal con bien, porque el resultado de esa mezcla es mal. No se puede mezclar la gracia con el pecado porque el resultado es el pecado de tibieza (cf. Ap 3, 16), como no se puede mezclar la verdad con el error, la luz con la oscuridad o el vino con el agua porque lo que se obtiene, en todos los casos, es la desustanciación del polo bueno. No me vale que en la película haya algunos elementos (muy, muy pocos) moralmente aceptables para decir que la película hace bien. Por si a alguien le ayuda, para explicar esta idea he recurrido muchas veces al siguiente ejemplo: Si un cocinero prepara un plato de varios ingredientes, supongamos un cocido, siendo todos ellos de una calidad excelente, excepto uno que resulta altamente tóxico -supongamos el chorizo-, ¿qué postura global tomamos? ¿Nos tomamos el cocido retirando el chorizo? ¿Qué le responderíamos a alguien que nos animara a comerlo diciéndonos que todo es extraordinario, aunque, bueno, hay un embutido que lleva un tóxico peligroso?

3. Quizá por centrarme con tanto interés en la denuncia de la justificación de la apostasía es por lo que esta crítica mía ha sido contestada (en el sentido de rechazada) por algunas personas calificándola de simplista. A quienes la vean así, yo les pediría que revisáramos a la par qué entendemos por simplicidad. Apunto solo esta idea: simplicidad es lo contrario de complicación y por eso puede entenderse como sinónimo de sencillez. Si este fuera el caso, tengo que decir que en la sencillez no encuentro motivo objetivo de reproche. Sencillez es lo contrario de complicación. Y yo a la hora de transmitir algo, quiero que se entienda de la mejor manera posible.

Por otra parte, vengo oyendo cantar las excelencias de la sencillez dentro y fuera de la Iglesia desde que guardo memoria de estas cosas. Y tengo para mí que a pesar de tan abundante predicación, ni los predicadores ni los fieles nos deshacemos en ganas de vivir con esa sencillez tan alabada. Pero añadiría algo más: la simplicidad es atributo divino. Santo Tomás explica con mucha claridad que Dios es el ser simplicísimo y pienso yo que, a lo peor, por ese motivo nos cuesta tanto entenderle y aceptar sus designios. ¿No será que -dicho muy en general- pensamos y actuamos nosotros con poca simplicidad? ¿No será que nos sobra complicación?

4. Me llevaría mucho espacio explicar el recorrido seguido por el mito de la neutralidad pedagógica. Como no quiero extenderme en exceso, me parece suficiente con decir esto: no existe. Si existiera, la publicidad comercial no sería rentable y es bien sabido que lo es. Si los mensajes que se lanzan al público no tuvieran capacidad para influir en sus destinatarios, nadie emplearía las elevadas sumas que se invierten en publicidad. La publicidad existe porque no hay mensajes neutrales. La neutralidad pedagógica es un mito que se vendió durante un par de siglos y en el que tuvo un protagonismo especial la masonería; a finales del siglo XX en el mundo académico serio no quedaba ningún adepto, independientemente de su adscripción ideológica. Se hace preciso resaltar que ante un mensaje todos somos sujetos potencialmente susceptibles de influjo, aunque luego no a todos nos influya, o no nos influya de la misma manera, ya que las cosas se reciben subjetivamente, al modo de quien lo recibe (quidquid recipitur ad modum recipientes recipitur).

Aplicado a la cuestión capital de la película, la apostasía de la fe, hay que tener en cuenta que en estos momentos, la apostasía de la fe no es un tema para discusiones bizantinas, sino una herida grave en el cuerpo de la Iglesia, sea por el número de apostasías formales que se reciben en los obispados, sea por el aumento estadístico de bautizados que se declaran ateos aunque no hayan apostatado expresamente. No es descabellado pensar que si hay muchos que apostatan, habrá otros que se lo estarán pensando. Pues bien, yo entiendo que a esos hermanos míos (poco importa si son muchos o pocos) “Silencio” no les hace ningún favor.

5. Mi crítica es una denuncia personal abierta, pero no hay recomendación explícita para nadie, yo no he dicho que se vaya o no se vaya a verla. Yo, de haber sabido lo que me iba a encontrar, no habría ido, pero esa es mi opción y no he dicho a nadie que la siga; “lo escrito, escrito está”. Lo que sí he hecho con algunos amigos y conocidos, que han tenido a bien preguntarme, es darles mi opinión, poniendo en antecedentes de lo mismo que he escrito: que no iban a ver una película edificante sobre nuestra fe cristiana. Muchos me han dicho que con mi opinión les bastaba para no verla y se lo agradezco muchísimo. De entre todos ellos me complace mucho citar, con nombre y apellidos, a D. Jorge López Teulón a quien agradezco enormemente que haya hecho suyo mi escrito con un gesto de confianza absoluta.

Otros, amigos también, lo que me han dicho ha sido lo contrario, que tenían interés en ella e irían a verla. Pues muy bien, cuando haya ocasión, si procede, como somos amigos, ya la comentaremos.

Unos y otros, en todo caso, lectores incluidos, cuentan con mi oración confiada ante Cristo muerto y resucitado, el mártir por excelencia, “el testigo fiel” (Ap 1, 5; 3, 14).

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5 Comments

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  2. 2

    Lo que suelen contar en las películas, como por ejemplo en el vídeo de la ejecución de 21 cristianos coptos egipcios se evitó mostrar cómo todos a una clamaron a Jesús antes de ser decapitados en una playa de Libia,”Ya Rabbi Yasou”, es decir “Oh, mi Señor Jesús”, ninguno apostató de su Fe.

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        Estanislao Martín Rincón.
        Respuesta para la pregunta de Luis:¿Es una historia real?
        No. Hay unos hechos que sí son reales que ocurren en el siglo XVII. En el siglo XX (en 1966) el escritor japonés Shusaku Endo escribe una novela titulada “Silencio” basándose en aquellos hechos, pero no se calca la historia real, sino que hace una ficción novelada. Véase el magnífico artículo de Alfonso V. Carrascosa “Un poco más de Silencio” (http://www.religionenlibertad.com/poco-mas-silencio-54685.htm).
        En 2016, sobre esa novela, Scorsese hace una película con el mismo título, añadiendo en la escena final algo que no aparece en la novela y que resulta clave para el análisis de la película: la incineración de uno de los padres jesuitas apóstatas con un pequeño crucifijo escondido entre las manos que le ha puesto su esposa.
        Resumiendo: No se cuenta la historia real de unos mártires japoneses ni de dos curas apóstatas, sino que usando esos datos reales se realiza una película en la que se expone una visión particular del director sobre diversos aspectos de la fe católica: el martirio, la apostasía, la persecución del Estado, la evangelización del Japón, etc.

  3. 5

    Creo que la película va mucho más allá. Cuando conoces La Verdad en su totalidad no puedes renunciar a ella sin dejar que esta te persiga. En la película se ve que los sacerdotes al renegar de Dios pierden su propia identidad y al rechazar su identidad de cristianos y rechazar a Cristo no encuentran más que una “paz y comodidad” externa pero pierden la verdadera felicidad. De ahí que sin decir más que “nuestro Señor” y las miradas entre ellos, se ve claramente donde está su verdadera felicidad y querrían volver a ella pero no pueden por la debilidad humana. De hecho el personaje de el “Judas” arrepentido es lo que a ojos humanos es despreciable pero es la clsve decla película. Que luchemos contra nuestra debilidad una y otra vez y su misericordia será lo que nos salve. La humildad del “judas” contraresta con la frase que dicen los japoneses sobre el sacerdote “es un hombre arrogante por lo que se rendirá” y ahí está el misterio de la película quien se sabe pecador y vuelve a Cristo con humildad, esa es la lucha que Dios quiere, pues sin el perdón Jesucristo ni el mismo Papa tendría la fuerza de predicar.

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