¿Me queréis matar? Dadme unos minutos para rezar. Ni eso le dieron

El hospitalario Francisco Javier Ponsa pidió unos minutos para rezar, dijeron que rezara cuanto quisiera pero enseguida lo mataron

Cinco de las personas asesinadas el lunes 28 de septiembre de 1936 han sido beatificadas: en la provincia de Barcelona un seminarista, un carmelita descalzo y un hospitalario; y en Valencia un jesuita más una terciaria capuchina -sor Francisca Javiera de Rafelbuñol– hermana del sacerdote asesinado el día anterior en Sagunto.

No quisieron renunciar a su fe para obtener la libertad

José Casas Ros, de 20 años y barcelonés de Ordal, había ingresado en el Seminario de Barcelona en 1928. La guerra le sorprendió mientras estaba de vacaciones en casa de sus padres en San Esteban de Ordal. Allí fue arrestado por los milicianos el 27 de septiembre y conducido a Vilafranca del Penedés (Barcelona). Al día siguiente, sin proceso alguno y por no renunciar a su fe a cambio de la libertad, fue asesinado en la plaza de Moià (Barcelona).

Su padre lo echó de casa un año antes, al estallar la revolución volvió a la casa paterna

Con él mataron a su primo, el carmelita descalzo fray Joaquín de San José (José Casas Juliá) de 21 años, también de Ordal. Este había ingresado a los 11 años en el Seminario Menor de los Carmelitas Descalzos en Palafrugell y en 1931 entró en el noviciado de Tarragona, haciendo su profesión al año siguiente. Estudió tres años de Filosofía en Badalona y el primero de Teología. Consiguió huir del convento de Badalona y refugiarse en casa de la familia Grau. Luego fue, con su hermano Esteban, a Ordal, donde residía su familia y donde fue detenido en un registro, el mismo día que su primo.

Francisco Javier Ponsa Casallarch, barcelonés de Moià y de 20 años, hermano profeso de la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios de Sant Boi de Llobregat, trabajó como carpintero desde los 14 años, pero sentía la vocación de hospitalario y para discernirla hizo ejercicios espirituales y visitó el hospital de la orden en Barcelona, confirmando a su director espiritual que no sentía repulsión para cuidar de los niños llagados: —”Estoy con vivas ansias de que llegue el día en que pueda dedicarme a tan santa obra”.

Su padre, sin embargo, siguió oponiéndose, hasta el punto de echarle de casa en febrero de 1935, momento en que Francisco Javier ingresó en el convento del Sanatorio Frenopático de Sant Boi. Durante el noviciado, murió su madre, a la que pudo visitar, y que se manifestó contenta de verlo de hábito. Profesó el 3 de junio de 1936, rodeado de familiares, y poco más de un mes después estaba con su comunidad rodeado de milicianos que amenazaban sus vidas.

El 26 de julio de 1936, los 52 hermanos de la comunidad de Sant Boi pasaron por ultrajes, amenazas e incluso conatos de fusilamiento, según relata Jorge López Teulón. Luego, en la Jefatura de Policía de Barcelona, pasaron dos días a la intemperie antes de conseguir viajar a Francia. Algunos por cercanía familiar podían quedarse en Barcelona; entre ellos Francisco Javier Ponsa, quien después de una breve estancia con unos familiares, marchó a Moià a casa de sus padres. Advertido por unos amigos del peligro que corría, expresó: —Me doy perfecta cuenta de ello, pero ¿qué me pueden hacer? ¿Quitarme la vida? No me da miedo la muerte; estoy preparado por si viene el caso; si esta es la voluntad de Dios, daré con gusto la vida. Suceda lo que Dios quiera. Se retiró a una casa de campo de la familia. En ella vivió 20 días con los colonos, rezando juntos el rosario cada día y orando frecuentemente de rodillas en su habitación.

El 27 de septiembre, muy de madrugada, un grupo de milicianos le arrestó entre insultos, blasfemias y amenazas; se lo llevaron y lo encerraron en el Convento de los Escolapios de Moià, convertido en cárcel. Al día siguiente por la tarde el comité de Granollers se lo llevó en una camioneta al Coll de Posas, en el kilómetro 24 de la carretera de Moià a Barcelona, término municipal de Sant Feliu de Codines. El religioso dijo a los milicianos: —¿Me queréis matar? Dadme unos minutos para rezar. —Reza cuanto quieras; pero ya te quedará tiempo de sobra para rezar. Se arrodilló, pero sin darle tiempo para nada, le dispararon, matándole.

Un jesuita de la ciudad donde San Ignacio vio su camino y escribió los Ejercicios

José Tarráts Comaposada, manresano de 58 años, era hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, en la que ingresó en 1895, haciendo la última profesión en 1910. Desempeñó los encargos de enfermero, portero y compañero en las casas de Tortosa y Valencia. Cuando la República disolvió la compañía, se fue a cuidar de un jesuita anciano y luego fue al Asilo de Ancianos Desamparados para servir de enfermero a los jesuitas allí acogidos. Durante la guerra, buscó refugio, pero al no encontrarlo, volvió al asilo, siendo arrestado y fusilado en Valencia.

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