Mejor que viajar hasta Corea

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Yo creía que los libros de viajes eran cosa del pasado. Igual que aquellos reportajes del No-Do, que no pueden hacer sombra a los sofisticados reportajes en los que luchas con un cocodrilo o desciendes por un acantilado sin salir del confortable salón de casa. Aquello, pensaba, había quedado como testimonio de otros tiempos en los que viajar era algo reservado a unos pocos y en los que los viajes eran experiencias que podían durar meses. ¿Qué se puede explicar de valioso cuando hemos contratado un paquete todo incluido de 5 días, en el que no hay el más mínimo espacio para la sorpresa?

Pensaba eso, y en cierto modo sigo pensándolo, cuando llegó a mis manos Crónicas Coreanas, el magnífico libro de José María Contreras Espuny editado en Renacimiento. Y descubrí que era aun posible hacer algo en este campo, y algo muy, muy bueno.

Crónicas coreanas es un libro singular. Tiene algo de literatura de viajes (de hecho, la editorial lo ha publicado en su colección Los viajeros), pero también tiene mucho de crónica de costumbres, de indagación sociológica, de ensayo filosófico y de finísimo y desternillante relato de humor. Muchos ingredientes, sospechará alguno, demasiados… y sin embargo la pluma de Contreras, siempre expresiva y con una mirada un tanto escéptica y socarrona, los hila con enorme naturalidad. El resultado es un relato que, a la antigua usanza, instruye, bastante, deleitando, muchísimo.

José María Contreras se embarca en una aventura con tintes estrafalarios: irse a dar clases de español a una universidad de Corea del Sur. Tras pasar por el altar y acompañado de su sufrida esposa, la buena de Matilde (que tiene un papel nada baladí en todo el relato), el autor se va a vivir en un país que no está alejado del nuestro solamente en términos geográficos, ni incluso solo en cuestiones de costumbres, sino que, literalmente, parece estar habitado por marcianos de otro planeta. Estoy firmemente convencido de la existencia de la naturaleza humana, común a todos los seres humanos, pero ésta mi convicción ha sufrido mucho con la lectura de este libro. Si mañana se descubriera que unos alienígenas tuvieron conocimiento carnal con las aborígenes de la península de Corea hace miles de años, dando lugar a los coreanos que ahora campan por ella, me sentiría francamente aliviado. Todo volvería a cuadrar.

Mientras uno espera tan improbable suceso, puede disfrutar de estas Crónicas que, por si aún no se notaba suficientemente, recomiendo encarecidamente. Su estructura, en capítulos breves, es perfecta, ideal para ir degustando poco a poco, paladeándolas, sin empachos, alargando el placer que nos proporciona. Es frecuente que, como reclamo, algunas editoriales ofrezcan un par de capítulos gratis al potencial lector. La idea es que, tras leerlos, quede tan fascinado que no pueda resistirse a la tentación de comprarse el libro. Yo he hecho la prueba con estas Crónicas coreanas, usando como anzuelo dos capítulos hilarantes y muy reveladores, el dedicado al soju (“un licor aguado, insípido, azucarado, cabezon y traicionero; algo así como un vodka ladino”, que sin embargo los surcoreanos consumen con misteriosa insistencia) y el que retrata a parejas surcoreanas llegando a la playa de Haeundae, fotografiándose en ella como si estuvieran pasando una morosa jornada junto al mar, y saliendo pitando tras unos breves minutos a otros quehaceres que se suponen más perentorios. Denlos a leer a sus amigos y no se extrañen de que salgan disparados a comprar el libro.

Poco me queda por añadir. Solamente avisar de que si leen este libro se reirán mucho, disfrutarán mucho, aprenderán mucho… y se les quitarán las ganas de irse a vivir a Corea del Sur (aunque no me importaría perderme un par de semanas por allí para visitar, in situ, los escenarios de los muchos sinsabores y alguna alegría que nos muestra el libro). En cualquier caso, soy muy consciente de que ningún viaje a Corea puede aspirar a llegarle a la altura de los tobillos a la experiencia de leer este Crónicas coreanas. Y permítanme un último apunte: si el genio de la botella me diera a escoger, yo querría escribir un libro como éste.

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