El mensaje de Jesucristo, el mundo y las dos Iglesias

Jesucristo

El mensaje de Jesucristo es de un potencial inagotable y del que estamos lejos de acercarnos a su cumplimiento. De hecho, es un horizonte de sentido, un tensor de la historia y de nuestra propia historia personal, que exige realizarlo sabiendo que nunca llegamos a completarlo y que, por consiguiente, nos llama a pedir la ayuda de Dios y confiar en su misericordia.

El cristianismo en general, y la Iglesia Católica en términos más específicos, es depositario de este mensaje y de mantenerse fiel a él y realizarlo. No es, por consiguiente, una conservación ritualista, sino un mandato de vida activa. Y esto amplifica su dificultad, porque la vida humana está guiada por muchas pasiones que no casan con el cristianismo. Las Bienaventuranzas, una concepción fundamental de la vida cristiana, son un buen ejemplo de la tensión existente entre lo que proclama Jesucristo y la forma mundana de pensar y desear.

Este vivir en tensión cristiana demanda disponer con claridad de cuál es su esencia para no perderse acotando solo una pequeña parcela de un bosque tan frondoso, para no incurrir en el subjetivismo desvinculado de la “fe a la carta”. A partir de lo esencial, sí cabe ramificarse en la riqueza del pensamiento cristiano, como así sucede, sin riesgo de perder o dejar de compartir aquello que es lo esencial: la alabanza y culto a Dios, la contemplación activa de su misterio en Jesucristo, camino y verdad, que se desarrolla en el Nuevo Testamento, donde anida la palabra de Dios a los hombres. El amor de donación, la caritas como distintivo esencial de lo cristiano, y que comprende todos los aspectos de la vida, también los sociales y económicos y, por tanto, políticos, expresado este último en la concordia, aquello que ya Aristóteles llama amistad civil, una manifestación específica del amor. Y por último, la práctica de los sacramentos como medio que nos permiten alcanzar aquellos fines, y que se traduce en un camino de virtud, es decir, de prácticas buenas en todos los actos de nuestra vida.

Quienes critican al cristianismo y sobre todo a la Iglesia Católica, porque en Europa las iglesias reformadas han logrado un sólido acomodo con el poder establecido del mundo, o al menos lo parece, lo hacen siempre con un implícito: el de la propia perfección cristiana; es decir, no tanto por lo que hace comparado con la práctica de la mundanidad, porque ahí el balance siempre es ganancioso para la Iglesia, sino estableciendo la relación con la perfección, con el óptimo cristiano. Es una buena exigencia a la que debemos responder buscando con humildad la excelencia, pero sin perder de vista el intento de manipular la realidad que encierra, incluso de presentar el mundo como modelo para la Iglesia. De ahí que la petición de perdón, que siempre es aconsejable, ha de ser al mismo tiempo la justa y necesaria para no contribuir a la confusión.

También se tiende a juzgar a la Iglesia de hoy en función de hechos del pasado, cuando lo lógico es efectuar cada comparación en relación con su corte temporal y el mainstream de la época, cruzadas, inquisición, estado confesional. Constatar lo que es un juicio falaz no quita para que no volvamos a lo del principio. No somos buenos cumplidores en el seguimiento de Jesucristo. Es necesario alcanzar una mayor perfección, manteniéndonos en la vida cotidiana, algo especialmente importante para los laicos y el clero regular, y eso exige una vida espiritual que la Iglesia debe saber dar.

No es aceptable comparar la belicosidad actual de un sector del islam con las guerras de religión europea, simplemente porque el marco de referencia es radicalmente distinto. No se puede compara la Inquisición con el sistema judicial actual, sino con el civil que existía en su época, mucho más duro y menos garantista que ella. No se pueden abordar las cruzadas sin considerar la invasión militar precedente del islam y la persecución de la religión de los pueblos ocupados que eran cristianos, y así sucesivamente.  No habremos servido al Amor con la plenitud exigida, pero sí que lo hemos hecho de manera lo suficientemente buena para que su exigencia se haya convertido en casi universal, al menos formalmente.

Si este tipo de cosas no se cuidan el mensaje de Jesús se distorsiona porque es modulado por la crítica mundana. Es lo que sucede ahora, y que un artículo en La Vanguardia “Los políticos de Dios” (1301) del periodista Xavier Mas de Xaxás, ejemplifica muy bien como especialista que es en disparar a la Iglesia antes de preguntar.  Escribe “En Europa mientras tanto el cristianismo alimenta las plataformas populistas más xenófobas. Un cristianismo de Antiguo Testamento, si lo prefieren, que el Papa Francisco critica con dureza; pero que otros sectores de la Iglesia toleran y comprenden” Esta es una breve y buena demostración de ese alterar la realidad para ajustarla al relato anticatólico. En primer lugar, porque esas plataformas xenófobas no solo no son católicas, sino que son claramente contrarias. UKIP en el Reino Unido, Geert Wilders en Holanda, la extrema derecha suiza, alemana, Le Pen en Francia, todos los populistas nórdicos que alcanzan resultados electorales excelentes, ¿qué tienen que ver con la Iglesia, a no ser su animadversión hacia ella? Es un engaño al lector que se deje engañar. Y todo ello enmarcado por el discurso de las dos Iglesias. Ahora toca la del papa Francisco y “los sectores intolerantes”, antes con Juan Pablo II y Benedicto XVI era papa en el lado oscuro de la fuerza, y la Iglesia de base, el Somos Iglesia y demás, desaparecidos en combate.

Para que el mensaje de Jesús florezca es necesario que el campo no esté sembrado de malas hierbas, de falsedades, engaños y falacias. Y esto exige saber dar razón de su fe con inteligencia, pero sin evasiones. Y la inteligencia no se manifiesta callándose -la Iglesia del silencio fue otra cosa- confundiéndose con el paisaje o pretendiendo salir seco de la piscina, sino aportando respuestas, hechos, razones de la forma más eficaz posible, y no para defender ninguna gloria humana, sino para dotar de credibilidad a la buena nueva.

Dejar que los vasos de la opinión pública y la opinión publicada lo llenen todos menos ella, no facilita la difusión del mensaje de Jesucristo.

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