No tengo pareja

Al contraer matrimonio, dejamos de ser la pareja (de novios) que éramos para pasar a ser esposos, cada uno del otro

pareja

Como el título puede inducir a equívoco, será conveniente, ya desde la primera línea, dejar claro que estoy felizmente casado. Hace pocos días que mi esposa y yo hemos celebrado con mucho gozo el 38º aniversario de nuestro matrimonio sacramental. No es, por tanto, de mi situación personal de lo que quiero tratar, sino del uso y el abuso de la palabra ‘pareja’ referida al consorcio de quienes hacen vida común con trato carnal. Sé que la palabra pareja se ha impuesto para todo tipo de uniones, pero ni Mª Teresa, mi mujer, ni yo, nos entendemos como pareja uno del otro, ni nos encontramos a gusto debajo de esa etiqueta, ni hace treinta y ocho años nos constituimos en pareja. Fue al contrario, lo que ocurrió entonces, al contraer matrimonio, es que dejamos de ser la pareja (de novios) que éramos para pasar a ser esposos, cada uno del otro. Eso ya es otra cosa. La relación esponsal incluye necesariamente el concepto de pareja, pero lo desborda y lo supera, como ahora explicaré, pero antes me parece conveniente dejar sentado un apunte sobre la batalla del lenguaje.

Comparto la idea de quienes sostienen que la primera y más importante batalla cultural de nuestros días (yo lo ampliaría a toda época) radica en el lenguaje. Existe un consenso generalizado acerca del valor de las palabras y de la idea de que cualquiera que quiera hacer una conquista social ha de empezar por adueñarse de las palabras, cargándolas con el significado que pretenda. Por eso ha quedado acuñada en nuestro vocabulario usual la expresión “batalla del lenguaje”. Quien tenga interés en ello, basta con que introduzca la expresión entrecomillada en cualquier buscador de internet. En el momento de redactar estas líneas, Google ofrece trescientos cincuenta y ocho mil entradas.

A esta idea, que hoy es de dominio público, añadiré una reflexión de tipo causal. ¿Por qué esto es así? ¿Por qué las palabras tienen una fuerza tan grande como para llegar a ser auténticas armas en el debate social? En mi opinión, aparte de explicaciones filosóficas y lingüísticas que ahora no proceden, ocurre que la palabra es creadora. Es creadora la Palabra con mayúscula, porque “por medio de la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de cuanto se ha hecho” (Jn 1, 3), y es creadora también la palabra, con minúscula, en el sentido en que el hombre puede crear, que es el de construir (elaborar, inventar, pergeñar, etc.). Si la palabra del hombre es portadora de verdad a favor del bien, ayuda a crear un mundo bueno que por ser verdadero se torna fiable; en caso contrario, cuando la palabra es embustera, crea una realidad falsificada. Pero, veraz o falaz, verdadera o falsa, la palabra es, en todo caso, creadora. La palabra humana es creadora porque creadora es la Palabra divina y el logos humano no es sino imagen del logos de Dios.

Gracias al lenguaje construimos nuestros esquemas mentales y las estructuras psicofísicas necesarias para el razonamiento. Con el lenguaje explicamos la realidad y, hasta cierto punto, tenemos capacidad para construirla. ¿Hasta qué punto? Hasta el mismo punto en que vemos que con el lenguaje se ha deconstruido en las últimas décadas una buena parte de la herencia recibida. De aquí que, si acaso fuéramos capaces de reconstruir algo de lo derruido, con el lenguaje habría de ser.

Vamos ahora con el término con el cual hemos arrancado, la palabra “pareja”. El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia, recoge once acepciones, dos para el adjetivo parejo/a y las nueve restantes como sustantivos. La primera de estas dice así: “Conjunto de dos personas, animales o cosas que tienen entre sí alguna correlación o semejanza, y especialmente el formado por hombre y mujer”. Como puede verse, es un concepto muy amplio, que equivale a los conceptos de dúo o par. Para que haya pareja basta que los dos elementos que lo forman tengan entre sí alguna correlación o semejanza. ¡Qué débil y qué pobre se queda esto al lado del de matrimonio que es la unión formada por dos esposos!

¿Qué te parece lector? Quedémonos dentro del marco de esta primera acepción de la palabra “pareja”. Fíjate que cuando aceptamos ser llamados parejas, estamos aceptando pertenecer a la misma categoría que las cosas o los animales. No sé cómo lo verás tú, pero a mí me rechina mucho tamaña degradación. Me parece que es un auténtico disparate que las personas se nos encuadre en la misma casilla que a las cosas o los animales. Cosas y animales son dignos de cuidado y respeto, pero no pasan de ser entes impersonales. No tienen estatuto ni dignidad de personas por la sencilla razón de que no lo son. Y en consecuencia me niego en redondo a que mi matrimonio (y por extensión los demás matrimonios) sea comparado a cualquier pareja de… animales o cosas que tengan entre sí alguna semejanza o correlación, sean ellos los que fueren.

La cuarta acepción -segunda acepción de pareja como sustantivo- procede de la anterior y no se refiere al conjunto de dos sino a cada una de las partes que forman el dúo. Dice así: “Cada una de las personas, animales o cosas que forman una pareja considerada en relación con la otra”. Y para hacerse entender mejor, lo ilustra con el siguiente ejemplo: He perdido la pareja de este guante. Tras la explicación anterior, creo que no es necesario insistir más en lo mismo.

Quinta acepción: “Persona que acompaña a otra en una actividad”. Y también añade un ejemplo: Juan es mi pareja de mus.

En la siguiente, la sexta, me da la impresión de que los académicos eran conscientes de que entraban en arenas movedizas y se han limitado a incorporar al diccionario -yo diría que a hurtadillas- la conquista de la calle con mucha parquedad y escasa definición. Pareja: “Compañero o compañera del sexo opuesto o, en las parejas homosexuales, del mismo sexo”. Ejemplo: Vive con su pareja y dos hijos.

Para lo que se pretende, con lo dicho hasta aquí es más que suficiente, pero no me resisto a dejar de citar la séptima acepción porque viene señalada con la abreviatura “por antonom.” (por antonomasia). Atención. Según hace saber la más alta autoridad en el uso de la lengua española, pareja, por antonomasia es la “pareja formada por dos números de la Guardia Civil”. Permíteme, lector, que me abstenga de cualquier comentario. El Instituto Armado y sus miembros me merecen una consideración y un respeto muy altos.

¿Y todo esto qué tiene que ver con el matrimonio? Muy poco. Cualquiera de todas estas acepciones más sirven para diferenciar a un matrimonio (de lo que definen en todas sus acepciones) que para ayudar a entenderlo. La única relación está en que la pareja hombre-mujer se encuentra en los cimientos de lo que luego será el matrimonio. El matrimonio incluye el concepto de pareja de la misma manera que el de edificio incluye el de cimiento. Ya se entiende que toda edificación se levanta sobre una cimentación que suele estar soterrada. No es que su función sea pequeña ni irrelevante, pues sin cimientos poca cosa se podría levantar, y menos aún sostener, pero al equiparar al matrimonio con una pareja, se comete el mismo error que se cometería confundiendo una torre, por ejemplo, con su cimentación.

Mejor se verá la diferencia si nos internamos en el concepto de matrimonio. Un matrimonio (hablo del sacramental) no es una simple pareja natural. Un matrimonio es una institución, pero no es cualquier institución, sino una muy peculiar, personalísima y sagrada. Personalísima porque está realizada por personas “en” las mismas personas que lo realizan. Sagrada porque interviene Dios. El matrimonio se establece gracias a un acto cooperativo de unión realizado por dos partes; Dios y los dos contrayentes. Dios, autor principal de la unión, y los esposos, coautores necesarios, cuyo resultado es que los que se casan, sin dejar de ser las dos personas individuales que son, adquieren una condición nueva, irrepetible y misteriosa, que consiste en quedar constituidos en “una sola carne” (Gen 2, 24), “de modo que ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6).

Nueva porque ese consorcio único no ha existido antes, aun cuando los contrayentes accedan al matrimonio tras haber cohabitado durante largo tiempo; irrepetible porque cada matrimonio es único, sin posibilidad de repetición, y misteriosa porque no acabamos de explicar del todo en qué consiste ser “una sola carne” ni el alcance de los efectos que produce. Así lo constata San Pablo, cuando, citando el Génesis, emplea esta expresión, “una sola carne”: “Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32).

No quiero alargarme mucho pero sí quiero dejar constancia de la enorme distancia que separa la pareja natural del matrimonio. No entro a hacer valoraciones de personas por la variedad de situaciones en que puedan vivir. No las hago en privado y menos aún me atrevería a hacerlas en público, pero a las cosas hay que llamarlas por sus nombres. Las palabras expresan realidades y las realidades no son todas iguales por más que el rasero igualitarista nos quiera contagiar -mejor dicho, imponer- su alergia a las diferencias que previamente ha establecido. Para terminar, vuelvo al diccionario de la Academia, a propósito de las parejas de hecho, de las que también se ocupa. Pareja de hecho: “Unión de dos personas que conviven como un matrimonio sin serlo”. Pues eso.

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