Obra de amor: The Hobbit

El hobbit acaba siendo un ejemplo de cómo aplicar las palabras del Evangelio: “el que pierda su vida por mi causa la encontrará”

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J.R.R Tolkien quedó huérfano de niño. Fue muy pobre. Se fue a vivir con un cura que lo alejó de la mujer que amaba. En lugar de poderse dedicar pacíficamente a la profesión que había elegido, tuvo que luchar como soldado y en la guerra le mataron a sus mejores amigos. Con la niñez y juventud que tuvo, Tolkien hubiera podido reunir material suficiente como para escribir una obra de realismo deprimente constituido por trece breves narraciones irónicas acerca de hombres que sobrellevan una vida de callada desesperación. En vez de ello, escribió El hobbit.

Tolkien publicó The Hobbit en septiembre de 1937. El libro tuvo buenas ventas y la primera edición se había agotado para Navidad. Con este libro tan exitoso, Tolkien no buscaba el éxito. Es más, aunque el dinero y los halagos que recibió fueron muy apreciados y bien recibidos, a Tolkien le preocupaba el efecto que ese libro para niños tendría sobre su reputación como profesor de filología en Oxford. Sin embargo, la reputación no le robaba el sueño y El hobbit acaba siendo un ejemplo de cómo aplicar las palabras del Evangelio: “el que pierda su vida por mi causa la encontrará”.

El hobbit está lleno del amor de Tolkien hacia aquellos a quien amaba, de amor por lo que amaba. Tolkien se convirtió en filólogo por amor a las cosas que le enseñó su madre, de quien recibió aficiones y conocimientos. Mamá le transmitió el amor por los árboles y las flores y las leyendas del rey Arturo y los mitos griegos y romanos y le enseñó latín. Mamá lo introdujo en la magia del lenguaje. Cuando mamá murió, Tolkien se inventó un juego: el élfico, una lengua posible basada en el finlandés, con raíces, inflexiones y leyes de fonética. Como mamó el amor al idioma, intuía que toda lengua presupone una mitología. Entonces comenzó a construir los mitos del idioma de su invención. En esa mitología está el origen de El Hobbit.

Como muchos huérfanos, Tolkien se convirtió en un hombre de familia amoroso y dedicado. Gozaba contando historias a sus tres hijos. El Hobbit nació de esos cuentos que contaba papá. Los hijos crecieron y Tolkien dejó la historia de Bilbo Baggins cuando Bilbo entra en la cueva del dragón. En algún lugar dentro de sí, Tolkien guardó aquel cuento. El momento de volver a surgir llegó mientras Tolkien estaba ocupado revisando exámenes.

Tolkien era académicos y vivía en una noble pobreza que le exigía aceptar una ensalada de trabajitos. Como amaba su oficio, no le importaba ser chambista. Así se dio el feliz encadenamiento de sucesos que culminó en The Hobbit. En el margen de un examen que estaba corrigiendo fuera del horario laboral, Tolkien garrapateó las primeras líneas que le vinieron a la cabeza: “En un agujero de la tierra vivía un hobbit.”

En los hobbits, Tolkien puso aquello que más amaba del carácter de sus compatriotas. También puso su amor por la amistad de sus amigos. A lo largo de su vida, Tolkien organizó o perteneció a grupos de varones cuyos intereses y talentos eran similares a los suyos: tomar cerveza, leer sagas islandesas en voz alta, fumar en pipa y cantar canciones de taberna. En esta atmósfera, Tolkien absorbió el ideal de camaradería varonil organizada que, en sus fantasías, representa el sentido del bien.

No lo dice pero lo dice por todas partes. El hobbit dice: “Busca primero el amor. Lo demás vendrá de oque.”

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