¡Oh mi amor! / Wa Habibi

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¿Puede alguien comprender que una persona para apagar la colilla del cigarrillo que estaba fumando la arroje a un charco de sangre humana? Es sangre anónima, que igual puede ser de un soldado que de una madre de familia, de un niño que de un yihadista. O de toda una familia que estaba apiñada durante un bombardeo y ha sido masacrada por una bomba. Pero la costumbre de ver y tocar cada día la muerte violenta acaba por trivializarla y en lugar de poner una flor y rezar una oración ante aquella pequeña charca rojiza se arroja distraídamente los restos del pitillo sin esperar siquiera un momento para ver si se extingue.

Con fotos como la de aquella mancha de sangre, captadas de la terrible y larga guerra de Siria, la fotógrafa Carole Alfarah muestra en una exposición el dramatismo del conflicto centrándolo en las personas sin poder, sin armas, sin capacidad de decisión, de aquellos que ni han querido ni han buscado la guerra y, sin embargo, son víctimas directas de ella en su carne, en las vidas de sus familiares y amigos, en sus trabajos y viviendas.

Aquella fotógrafa de Damasco muestra un panorama de la guerra de Siria distinto del habitual, y muy importante, que juega el fotoperiodismo. No aparecen tropas en combate, ni panorámicas de ciudades devastadas, ni campos de refugiados, ni líderes de uno u otro bando… No son las habituales imágenes bélicas, sino briznas seleccionadas de la  vertiente humana, resultado de aproximarse a cada persona: los rostros doloridos y los ojos quizás sin esperanza de algunos, los cristales de unas vidrieras desmenuzados por la onda expansiva de la explosión de un proyectil, la cara arrugada de una anciana que irradia sufrimiento, la mirada inexpresiva de un joven herido levemente pero que queda paralizado y sin reaccionar ante el entorno. Arte en la fotografía, simbolismo con pleno realismo, pero a la vez denuncia del olvido de Occidente, en donde aquel conflicto tiene cada vez menos interés en las cancillerías, en la prensa y entre la ciudadanía.

La exposición lleva el título árabe de Wa Habibi (¡Oh mi amor!). Porque, para Carole Alfarah, Siria es su amor. Nacida en Damasco en 1981, católica de rito melquita, se dedicó a fotógrafa editorial en su país a partir de 2008, una profesión absolutamente inhabitual entre una mujer de aquella sociedad, y se centró en explicar historias de hombres y mujeres marginados, tratando de ser de alguna forma su voz. Pero en marzo de 2011 estallaba la guerra.  Ella misma explica que “no cambié de posición y estuve al lado de la gente. De aquellos que quedaron atrapados a la sombra de la guerra. Víctimas silenciosas que se negaron a formar parte de su brutalidad. Gente como yo, que detesta la violencia”. Sigue explicando que “hice lo posible para mantenerme fuerte, pero la guerra fue más fuerte que yo. La violencia demencial me obligó a abandonar Siria con mi familia. Fue en la Navidad de 2012; nuestro destino era Barcelona, España. Solo me trasladé físicamente. Mi alma, mis pensamientos, mi corazón y mi espíritu se quedaron en Siria”.

A partir de entonces ha hecho diversos viajes a Siria por encargos de medios de comunicación o de ONGs y reconoce que le ha sido muy difícil aceptar lo que vio, porque se ha sentido incapaz de reconocerlo.

Parte de la familia Alfarah reside en Barcelona y algunos de sus miembros se han dispersados por otras partes de España y Europa.

La exposición se exhibe en la Casa Elizalde de Barcelona con el apoyo del Institut Europeu de la Mediterrània, la Casa Árabe y el Ayuntamiento de Barcelona, y está abierta hasta el 11 de octubre.

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