Política y políticos cristianos (I)

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En casi todo el mundo donde hay presencia cristiana, existe una agenda política cristiana, surgida de los partidos, uno o varios, y basada en principios fundamentales del cristianismo. Quienes la recogen son políticos que profesan la fe cristiana y no se esconden de ello. El ejemplo notorio más reciente es Fillon, en Francia. Pero también la promueven aquellos que, sin tener la fe religiosa, la asumen porque creen que es la mejor solución para la sociedad, o los hace más atractivos para el electorado que buscan. Las motivaciones son diferentes y casi nunca unívocas.

La agenda tiene cuatro muy concretas e ineludibles: la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia en su concepción antropológica real, el hombre, la mujer, los hijos, y el parentesco, y el derecho de los padres a la educación moral y religiosa de sus hijos, que debe ser atendida por el Estado. Y también la justicia social, aunque en este caso, la plasmación de medidas concretas es más heterogénea a pesar de la identidad de fines. Se puede considerar que la renta básica universal es la solución, pero otros pueden argumentar que los incentivos y prioridades deben dirigirse a lograr que la gente tenga un trabajo. En todo caso, solidaridad, subsidiariedad, participación, responsabilidad social de la propiedad y bien común, traducido en aplicaciones prácticas, están en mayor o menor medida en la agenda.

El político cristiano es un cristiano que actúa como tal en política. No hay más. El sustantivo es su cristianismo, y eso no lo diferencia de un albañil, un peluquero o un ingeniero. La diferencia estriba en que él hace su servicio en la vida pública, que sí presenta unas exigencias particulares, porque su vida está continuamente expuesta a la mirada y la crítica, y también porque quien se ocupa de la cosa pública, en quien debe pensar en último lugar es en él, de una manera más radical que en otras actividades. Por ello, y en teoría, el político cristiano debe ser especialmente virtuoso, y cuando falla en algún aspecto, la factura que paga es más cara. El caso de Fillon nos sirve de ejemplo. Tenía a su mujer contratada como asistenta política, una práctica legal y extendida en Francia, a pesar de que se sabe que incluye muchas situaciones de favor. No pasaba nada porque era una situación normalizada, pero ha sido suficiente con que ganase las primarias de su organización y se transformase en el favorito claro para ganar las elecciones presidenciales, para que fuera denunciado a la justicia y abierto el proceso, no por el hecho en sí, que no sería ilegal, sino intentando demostrar que su mujer en realidad no trabajaba. No le sirvieron de nada sus argumentos que en gran medida podrían traducirse en una especie de “Y ¿por qué yo, si hay tantos que hacen igual?” Los motivos que han conducido a Fillon ante la Justicia, por un hecho pasado y generalizado, son importantes, claro está. Por ejemplo, ha servido para despejar el camino al candidato del populismo cosmopolita, Macron. Quizás sea así, pero no importa. Lo que cuenta realmente es que, asumiendo una agenda católica y sin ocultar su condición de tal “soy católico y me enorgullece serlo“, debía ser excelente en su práctica. La consecuencia ha sido dura. De ser el favorito ha caído en picado, si bien una remontada de última hora hace que todavía sea posible que pase a la segunda vuelta. El domingo lo sabremos.

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