Populismos o crisis de Europa

Europa

Para que nos entendamos, un japonés trabaja 40 horas semanales por contrato más 15 adicionales por productividad, y a pesar de tener derecho a las vacaciones raramente las hace porque considera que no está bien dejar el trabajo para el resto de los miembros del grupo. Además, es una práctica informal obligada tomarse unas cervezas a la salida del trabajo con los compañeros o con los clientes. Total, salen de casa a las siete o a las ocho; en las grandes ciudades la entrada al trabajo es escalonada y regresan a las once. Lo estándar del trabajador medio de Estados Unidos es mucho mejor, pero sus vacaciones se limitan a diez días. Quiero decir con esto que no valoramos lo suficiente lo que tenemos en Europa, España incluida (donde -ahora que hablamos de pensiones- existe la mejor relación entre prestación y salario percibido de toda la Unión Europea, del orden del 75 al 80%, cuando en Alemania se sitúa entre el 50% y el 60%). Lo dicho no persigue eliminar el espíritu crítico, pero sí reclama situarlo allí donde es más necesario, y no donde los grupos de presión –sean los que sean- quieren que apuntemos. Por ejemplo, la huelga general política de mujeres anunciada para el día 8 lo reclama casi todo, pero extrañamente se olvida de los tres grupos femeninos realmente discriminados: las embarazadas y madres, las viudas, y las traficadas y prostituidas.

Debemos hacer un esfuerzo para interpretar bien la realidad porque es la única forma de acercarse a la verdad, aunque eso es difícil en una sociedad sumergida en una crisis moral que le impide ver con claridad lo que es bueno, justo y necesario. Y viene todo esto a cuenta de los resultados electorales que vienen registrándose en Europa, donde las fuerzas que genéricamente y por gandulería intelectual calificamos de populismo están alcanzando un gran predicamento. Gobierne o no, Cinque Stelle ha ganado en Italia, Alternativa para Alemania es la tercera, quizás la segunda fuerza en Alemania, los países nórdicos, gobierne quien gobierne, poseen una agenda marcada por la extrema derecha; o los populistas son el primer partido en Holanda, y una fuerza notable en Francia, participan en el gobierno en Austria, y gobiernan en Polonia y Hungría con mayorías revalidadas y holgadas, así como en Chequia. Detrás de este crecimiento hay unas explicaciones de primer nivel: la reacción desproporcionada en la mayoría de los casos a la inmigración y sobre todo al riesgo de islamización, pero también una respuesta a lo que consideran intromisiones de la UE en dos capítulos situados en los extremos de las consideraciones políticas. Por una parte, lo muy concreto, a la multitud de reglamentos que regulan aspectos muy específicos de la actividad económica, y que con facilidad pasan por encima de realidades locales. En el otro extremo, las cuestiones de moral política de la que UE hace bandera, sobre todo relacionado con la promoción de la perspectiva de género y LGBTI y sus múltiples ramificaciones.

El resultado es el cuestionamiento grave del futuro europeo, y las demostraciones claras de que la pérdida de identidad cultural de aquel proyecto y el cosmopolitismo liberal, han generado reacciones populares no siempre racionales, pero sí justificadas por las causas negativas que lo provocan. No se pueden meter en el mismo saco, como en demasía se hace, planteamientos de “inmigrantes 0” con políticas magníficas de apoyo a la familia y a la vida, como las que se aplican en Hungría y Polonia

Señalo algunas causas del deterioro europeo que me parecen evidentes. La construcción de Europa ha perdido sentido, porque a los grandes ideales comunes los han sucedido los mercaderes del templo de la secularidad globalizadora y cosmopolita, porque en lugar de centrarse en grandes temas que solo pueden abordarse en común, seguridad, política exterior, inmigración, I+D, defensa, se han omitido muchos de ellos, mientras se despliega legislación sobre temas menores. También porque al final la Comisión Europea intenta imponer una visión del ser humano que no le corresponde como tarea. Pero en el fondo de todo esto late la advertencia preclara que Juan Pablo II formuló sobre las consecuencias de la pérdida de las raíces cristianas de Europa, en términos de fe, claro, pero también y más universal, en términos de cultura. Y es precisamente esa ausencia de denominador común lo que constituye un acicate a los egoísmos nacionales y miedos a la pérdida de identidad.

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