Presencia y poder de la Iglesia (I)

“Si tuvierais fe como un grano de mostaza (…) nada os sería imposible” (Mt 17, 20)

Una de las señales de la penuria espiritual de esta sociedad, en su día cristiana, está en la debilidad de los católicos frente a esta misma sociedad. En mi opinión tenemos la obligación de preguntarnos por las causas de esta debilidad para enmendar lo que se pueda y tratar de recuperar vigor.

La Iglesia fue fundada por Jesucristo para anunciar el Evangelio a todos los hombres y hacer “discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19). Este mandato no fue un desiderátum, sino una misión eficaz. El planteamiento de quien les mandaba no fue algo así como “yo os envío y a ver qué pasa, ojalá tengáis suerte”, sino que iban con garantía de éxito, si bien los enviados ignoraban todo respecto a las circunstancias concretas, excepto una cosa que también tenían segura: que serían perseguidos de mil maneras. Les movía una fe, una esperanza y un amor sin límites; se les había dotado de poder y con eso bastaba. El envío obedecía a la lógica de un poder que era la consecuencia de una premisa: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues y haced discípulos…” (Mt 28, 18.19). “Poder”, esa era la palabra clave. Era y sigue siendo. Esa era su fuerza, iban con poder.

En el lenguaje actual la palabra “poder” está muy contaminada. Muchos de los que ostentan poder en campos como la política, la economía, el deporte, el cine, etc., han contribuido notablemente a intoxicar el concepto, y, por tanto, la palabra, por haber asociado el ejercicio del poder con actos de dominio despótico traducido en desórdenes e injusticias de todo tipo: enriquecimiento ilícito, prebendas, nepotismo, abusos, etc. Todo ello ha propiciado en una enorme desconfianza hacia el concepto de poder y lo que con él se relaciona. Pero esa ha sido y sigue siendo nuestra desfiguración, la que se debe a nuestro mal hacer dentro y fuera de la Iglesia, ese no era el poder del que Jesucristo había dotado a los suyos. Él les había dado poder, ciertamente, pero “otro poder”, el de hacer un bien que nadie más podía hacer: “Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios.” (Mt 10, 7-8). Únanse a estos poderes únicos los no menos extraordinarios de dar la filiación divina, perdonar pecados, transubstanciar el pan y el vino, ordenar sacerdotes, santificar matrimonios.

La Iglesia, portadora de esta misión y obediente a estos mandatos (“id y proclamad”, “haced discípulos”), sabe no puede descansar mientras quede un solo rincón de la tierra donde vivan hombres sin evangelizar. Ahora bien, como los destinatarios del evangelio son los corazones de los hombres, y las generaciones se están renovando continuamente con el dinamismo de la vida y de la muerte, no sirve con llegar a un lugar y establecerse. Hay que seguir sembrando en lo ya sembrado, hay que seguir anunciando el Evangelio allí donde ya ha sido anunciado, sin disminuir en el ardor. La Iglesia no puede dormitar. ¿Dormita la Iglesia aquí y ahora? Yo no me atrevo a decirlo porque no lo sé. Me gustaría creer que dormita menos de lo que parece, pero hay muchos signos que me llevan a pensar que dormitamos demasiado. Porque hay algo que llamaría mucho la atención de cualquier observador medianamente objetivo, y es que estando bien pertrechados de recursos de todo tipo, humanos y materiales, me da la impresión de que cada vez tenemos menos hueco en este mundo. A mí al menos me resulta bastante chocante ver que la Iglesia puede hablar libremente, pero no tiene apenas quien la escuche. ¿Es que habla sin poder? Porque si hablara con poder, atraería y no me parece que sean muchos los atraídos. ¿Sobran, quizá, palabras y falta poder? Si así fuera, entonces es que no predica el reino de Dios, o no lo predica con acierto, porque “el reino de Dios no consiste en palabras sino en poder” (I Cor 4, 20). Por causas diversas, los templos se encuentran prácticamente vacíos, los fieles que no hemos abandonado estamos cada vez más metidos en edad y los jóvenes son, en multitud de parroquias y movimientos, excepciones.

Al mismo tiempo, paradójicamente, se puede afirmar que la Iglesia en España tiene una presencia social muy importante. Si la comparáramos con un árbol, podríamos decir que es un árbol longevo, que tiene profundas y extensas raíces, un tronco recio y unas ramas crecidas, pero… sus frutos son muy escasos.

Estamos ante una situación contradictoria y chocante. Por una parte tenemos un haber notable; por otra, y al mismo tiempo, padecemos de un debe que aumenta de día en día. ¿Qué está pasando aquí?

Echemos un vistazo al haber. No podemos predecir la suerte que correrá la Iglesia en España en el futuro próximo, porque de vez en cuando se reiteran viejas amenazas desde varias instancias políticas, pero sí podemos decir que por lo menos en estos siete capítulos, la Iglesia ha gozado hasta ahora de una situación aceptable:

– Tenemos una red de templos con unas condiciones materiales en general muy dignas, con un patrimonio cultural de gran riqueza artística, que, fuera de contadas excepciones, está muy bien cuidado y conservado.

– Ligado a ese patrimonio material hay otro inmaterial, muy valioso, que se apoya en dos pilares sólidos, uno espiritual, el otro costumbrista. Me refiero a las fiestas y tradiciones populares, prácticamente todas nacidas al calor de las grandes solemnidades religiosas: celebraciones patronales, romerías, procesiones, belenes, etc. Dentro de este apartado ocupan un lugar muy señalado las fiestas de la Virgen María asociadas a devociones muy extendidas (el Pilar, la Inmaculada, el Carmen, el Rosario, etc.), a las cuales hay que añadir las incontables advocaciones marianas de ámbito local, comarcal y regional.

– La Iglesia, sobre todo a través de un amplio abanico de instituciones de religiosos y religiosas, dispone en España de una extensa red de centros educativos, desde la guardería hasta la universidad, que ya los quisiera para sí en muchos otros países.

– La presencia en el mundo de los medios de comunicación es menor que en la educación, pero no es desdeñable. Hay emisoras de radio y de televisión católicas con amplia cobertura que llegan a una elevada cantidad de oyentes y espectadores. Por otra parte, el volumen de publicaciones religiosas es muy elevado. Cada año ven la luz un sinfín de libros nuevos y reeditados de contenido religioso, de revistas de espiritualidad, folletos, boletines, devocionarios.

– Otro capítulo importante es el que se refiere a los acuerdos entre el Reino de España y la Santa Sede. Con esos acuerdos la Iglesia aseguró su presencia en instituciones y en ámbitos que son fundamentales para la vida social: en los centros educativos de titularidad pública a lo largo todos los tramos del sistema, en los hospitales, en los cementerios, en las Fuerzas Armadas, incluso en la programación de los medios de comunicación públicos, si bien la presencia aquí es poco más que testimonial.

– Somos un referente en la atención al mundo de la marginación y la exclusión social. Organizaciones como Cáritas gozan de un reconocimiento generalizado y de un prestigio con el que no cuenta ninguna otra institución similar, privada o pública. Algo parecido puede decirse de la atención hospitalaria y de la dedicación a personas vulnerables: mujeres y niños abandonados, enfermos, ancianos, toxicómanos.

– En el capítulo de los recursos económicos no salimos mal parados. El dinero, siempre escaso, llega para sostener con digna austeridad a los miembros del clero y a las instituciones eclesiásticas. Las distintas fuentes de recursos con los que la Iglesia financia sus actividades posibilitan mantener a esta en una situación económica, que, a decir de sus responsables, está saneada y es soportable.

¿Cómo se explica que la Iglesia tenga una presencia social notable, pero con tan magra influencia?

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