El problema del mal y la necesidad de espejos (III)

Alardeando de sabios, resultaron ser necios (Romanos 1, 22).

mal

Se atribuye a un proverbio árabe el dicho según el cual el hombre que no sabe y no sabe que no sabe, es un necio. La figura del hombre necio ha movido siempre, hoy también, a irrisión y a burla. Así puede comprobarse en la literatura de todas las épocas y lugares, dentro de la cual no tardó en tomar cuerpo la sátira como género dedicado a la ridiculización de la necedad. Ahora bien, las páginas más preocupantes para el hombre necio no son las de las sátiras y comedias, sino las del evangelio. Llama mucho la atención la gravedad de la necedad, hasta el punto de que aparece en algunos pasajes como causa de condenación eterna. Después de leer atentamente algunos de estos pasajes hay que decir que dentro de la enseñanza de Jesucristo está el hecho de que no merecen la condenación solo los malvados sino también los necios. Véase, por ejemplo, la parábola de las diez vírgenes (Mt 25, 1-13).

Ahora procede ver qué se puede hacer frente a la necedad, que no es mucho. En clave educativa, lo primero es distinguir al niño del hombre adulto para excluir al primero y afirmar que la necedad es cosa de adultos. Contra la ignorancia del niño y del joven hay que emplearse a fondo, pero no así con el adulto. Conviene saber que, contra la necedad de este, los esfuerzos son baldíos porque “los necios desprecian la sabiduría y la disciplina” (Prov 1, 7). El necio no es que no sepa, es que no sabe lo que debería saber porque se ha cerrado de manera negligente a la luz. Y esa actitud es precisamente la que le hace culpable de su necedad.

Aquí hay que hacer un alto porque la entrada en lid del concepto de culpa trae aparejada una cuestión espinosa y es que la necedad, para ser calificada como tal, exige de un juicio moral, y ese terreno es demasiado resbaladizo. Por una parte, no se nos ha dado a nadie la facultad de calificar a los demás moralmente, por otra no solo podemos, sino que tenemos el deber moral de distinguir la necedad de su contrario, la sabiduría, y en consecuencia, al hombre necio del sabio, aunque haya que hacerlo de manera genérica, sin personalizarlo en nadie. ¿Quién nos enseña? Afortunadamente no andamos escasos de fuentes. Por una parte están los pensadores y moralistas que salpican todas las épocas de la historia. Por otra la sabiduría popular, que nos ha legado una amplísima herencia cuajada de proverbios, refranes y sentencias aplicables a todos los momentos y circunstancias vividas por el hombre a lo largo de toda la vida. Y por otra aparte están las religiones, que no son fuente despreciable. En nuestro caso contamos con las palabras sagradas de la Biblia que son un verdadero tesoro. Todas las páginas de la Escritura, pero especialmente los libros sapienciales y los del Nuevo Testamento, son un canto a la sabiduría. Ellas nos enseñan a distinguir al necio del sabio, sin necesidad de juicio alguno. En el libro de los Proverbios encontramos varias claves. He aquí algunas:

– El necio no lo es porque lo diga otro, sino porque se manifiesta como tal a sí mismo. No hay necesidad de esperar a sus obras, él solo se retrata a través de sus palabras. “El necio exhibe su ignorancia” (13, 16) a través de su boca, pues “la boca del necio profiere necedades” (15, 2). Es hombre de lenguaje inapropiado y torpe; “no le va al necio el lenguaje distinguido” (17, 7).

– “El necio arrogante se cree seguro” (14, 16) y aunque sea evidente que vive en el error, él “piensa que es recto su camino” (12, 15). El “hombre prudente oculta su saber, [pero el] corazón necio pregona su ignorancia” (12, 23).

– Todo lo confunde. Mira y no ve porque “sus ojos se mueven sin rumbo” (17, 24). A pesar de ello, “no para de charlar” (Ecl 10, 14) y aunque no dice más que necedades, no se deja corregir, respondiendo con odio a quien lo intenta enmendar (cfr. 9, 7).

– “Le desagrada apartarse del mal” (13, 20), “intriga para pecar” (24, 9) y se jacta de hacerlo, pues “se ríe de sus culpas” (14, 9). Por todo ello, no es amante del derecho, no juega limpio ni respeta las reglas; al contrario, “se divierte haciendo trampas” (10, 23).

– La capacidad del necio para establecer relaciones cordiales es muy escasa porque “demuestra al instante su ira, [en cambio] el hombre prudente disimula la ofensa” (12, 16). “Los labios del necio promueven peleas, su boca llama a los golpes (18, 6).

– Rechaza la corrección, fiándose solo de sí mismo (cfr. 28, 26).

¿Qué hacer cuando nos topamos con personas así? Todo dependerá de las circunstancias y el contexto. Por una parte, está muy contrastado el hecho de que intentar recuperar al necio de su necedad es tarea inútil. El necio pide explicaciones cuando se le muestra lo evidente y se niega a aceptar lo obvio; rechaza la fe verdadera y confía ciegamente en las cosas vanas o en el mero devenir del tiempo. Retuerce el lenguaje confundiendo lo nuclear con lo accesorio de manera que todo lo trastoca. Por todo ello, cuando un ciego se empecina en vivir en su ceguera, lo que se puede hacer es más bien poco. “Si un sabio discute con un necio, se enfade o se ría, nada consigue” (29, 9). Tratar de que entre en razón quien se instala voluntariamente fuera de ella es perder el tiempo y muy probablemente algo más que el tiempo. “No hables a oídos del necio, despreciará tus sabias palabras” (23, 9).

Por otra, puede ocurrir que haya que contestar al necio por dos motivos: para darle la oportunidad de que no está en la verdad y para afirmar públicamente el buen juicio en lugar de la insensatez. También la Sagrada Escritura viene en nuestra ayuda en este caso. La misma Palabra que dice “no respondas al necio según su necedad, no sea que te vuelvas como él” (26, 4), a renglón seguido afirma: “Responde al necio según su necedad, no vaya él a presumir de sabio” (26, 5). Y es que siempre hay que dejar una puerta abierta para una posible rectificación, también para el necio. Si buenamente se puede, hay que facilitar tanto como se pueda su acercamiento a la luz, porque, a fin de cuentas, todo hombre tiene derecho a oír la verdad y a recibir luz, y no solo eso, también cabe esperar que aunque tenga el corazón endurecido, algún resquicio le quede por donde pueda fluir al menos un hilito de amor. Solo Dios sabe cuándo alguien se ha incapacitado de manera absoluta.

Y luego, cuando sin ningún género de duda, se vea que no podemos hacer nada, admitamos con sencillez nuestras limitaciones. No somos Dios. Cuando el necio se atornilla a su ceguera, atornillado se queda. Para este no hay espejos que valgan ni luz que alumbre sus ojos. Por más que nos duela su cerrazón ante la luz, no hay fuerza humana capaz de vencer tal obstinación. Bastante desgracia tiene con su propia necedad. Pidamos por él y pidamos por nosotros mismos, esperando con toda humildad ser librados de endurecernos para poder escapar de semejante torpeza, pues nadie está libre de caer en los mismos errores en que cae el que parezca más extraviado.

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