El problema del mal y la necesidad de espejos (IV)

Persona significa lo que en toda naturaleza es perfectísimo (Santo Tomás de Aquino)

persona

En “El problema del mal y la necesidad de espejos (II)” quedó señalado el desconocimiento como una de las principales carencias de nuestra época. Hemos hablado de dos variantes del desconocimiento: la ignorancia y la necedad. Pero el análisis del desconocimiento es muchísimo más amplio. Entre otras cuestiones, hay una que se presenta a la inteligencia como fundamental y básica y es el conocimiento de lo que es la persona humana. Renuncio de entrada a hacer juicios basados en generalizaciones, pero sí tengo muy afirmada la sospecha de que en la sociedad actual, acerca de la persona humana, las sombras ocupan mayor espacio que las luces. No es que no sepamos nada acerca de los seres personales, pero sí me parece que lo que sabemos contiene muchos errores. Me baso para ello en la confusión fácilmente observable entre el concepto de persona y otros dos con los que resulta fronterizo: me refiero a los conceptos de hombre e individuo. Persona y hombre no son sinónimos y tampoco lo son persona e individuo. Tener las ideas claras respecto a lo que una persona es, resulta absolutamente imprescindible y cuando esas ideas faltan, o son erróneas, estamos ante un grave problema. Un problema, en mi opinión, de dimensiones colosales, extenso e intenso, profundo, literalmente radical porque es un problema de fondo, de raíz, que afecta a cada individuo y a la sociedad en su conjunto. Digo que es absolutamente imprescindible porque el hombre es el único ser de este mundo que necesita saber en qué consiste ser lo que es para poder serlo, y, en consecuencia, poder vivir como tal. Todo hombre es persona, pero no demos por hecho que basta ser persona para saber vivir en consecuencia. Ningún rosal requiere de conocimientos florales para exhibir la belleza de sus rosas, ni hay ningún gorrión al que le haga falta saber qué es un gorrión o qué son las aves, para llevar una perfecta vida de gorrión. Esto que podría parecer una simpleza, no se da en el caso humano. Si la persona humana no tiene conocimiento de qué es ser persona, no puede vivir en la condición personal que le corresponde. Y no me refiero a conocimientos teóricos, como los que aporta la filosofía o la antropología; estos si se tienen, bienvenidos sean, pero el conocimiento que aquí interesa es el que vamos acumulando por vía de experiencia. Necesitamos saber lo que somos y vivirlo para que nuestros días puedan fluir con normalidad, para que nuestras relaciones se ajusten a nuestra realidad, para que lo que hacemos no contradiga lo que somos, para que nuestras iniciativas no se vuelvan contra nosotros mismos, para poder ayudarnos unos a otros y para enseñar a vivir como personas a los niños y a los jóvenes.

Los tiempos no ayudan a ello porque las corrientes de vanguardia no son precisamente personalizadoras. De planteamientos actuales como la ideología de género (que atenta contra la persona al negar la identidad sexual ligada a la biología), o el transhumanismo (dentro del cual está la propuesta de hibridación del hombre con la máquina), no cabe esperar que potencien a los seres humanos de las nuevas generaciones en su condición personal, ni que fomenten programas para la personalización de los individuos; más bien al contrario, lo que cabe esperar de estos movimientos es el arrinconamiento del concepto de persona hasta acabar por convertirlo en un fósil intelectual, una antigualla cuyo mejor destino sea el silencio de los fondos olvidados de la historia. He citado la ideología de género y el transhumanismo porque ahora están en candelero, pero los frentes abiertos son numerosos: secularismo, animalismo, trata de mujeres, de niños y de órganos, eutanasia y aborto, despotismo, explotación laboral, selección genética…

Quienes no estamos por rendirnos frente a esta ola de fenómenos despersonalizantes, ni frente al bombardeo intelectual y moral que está sufriendo el concepto de persona, hemos de preguntarnos qué podemos hacer y en qué debemos insistir. A mi parecer, los campos son varios. Nos quedamos por ahora con uno que es prioritario: el campo de la dignidad. Espero que el lector avezado en estas cuestiones excuse la repetición de ideas de las que seguramente ha participado en numerosas ocasiones, pero las cosas importantes hay que repetirlas muchas veces. Esto es lo que hace la publicidad comercial, aun contando con que sus mensajes puedan resultar pesados y esto es lo que hace cualquier educador celoso de lo que se trae entre manos: repetir lo que es valioso una vez y otra, y otra, “a tiempo y a destiempo”, como aconsejaba San Pablo a propósito de la doctrina del Evangelio.

La dignidad de la persona debe ser reconocida, enaltecida, explicada, proclamada y defendida sin descanso, con las palabras y con los hechos. ¡Cuánto necesitamos de tener espejos donde mirarnos en este asunto de la dignidad! ¡Cuánto bien podríamos ofrecer a nuestros contemporáneos si fuéramos capaces de dejar detrás de nosotros un rastro visible de dignidad personal! Estoy convencido de que son muchos, muchísimos, los ejemplos reales de personas que a veces con su sola presencia, otras con un gesto o una palabra, son un canto vivo a la dignidad humana; yo al menos, como testimonio particular, puedo decir que me he ido encontrando muchísimas personas así en mi vida y he sido enriquecido en mi formación gracias a ellas. Cuando esto se da, es de justicia reconocerlo, sentirse agradecidos y agradecerlo si procede, pero al tiempo hay que lamentar cuánto se echan de menos en el foro público y en los medios de comunicación, en donde un día sí y otro también se nos atiborran los sentidos de escenas y hechos contrarios a la dignidad humana. ¡Cuánto atentado contra la vida, el honor, la integridad, la buena imagen, el decoro!, sin advertir (o sin que importe) que todo atentado contra la persona es, en primer lugar, un atentado contra su dignidad, pues no es posible dañar la integridad de una persona sin dañar su dignidad. Esto puede parecer una obviedad si nos quedamos en el nivel de las ideas o de los grandes principios, pero esta obviedad no se ve reflejada en el terreno de los hechos, y si se tuviera en cuenta, costaría mucho trabajo entender cómo se puede vulnerar la dignidad con tantísima profusión.

Pero avancemos en nuestra reflexión para poner el foco ahora en el concepto de dignidad y tratar de responder a dos preguntas. Primera, ¿a qué llamamos dignidad?; y segunda, ¿de dónde le viene al hombre esa dignidad?

Dignidad significa superioridad en el sentido de excelencia. De este significado brotan todas las acepciones que recoge el Diccionario de la Lengua Española de la Academia, que son varias. Así pues, si decimos que el hombre es un ser digno, lo que estamos diciendo es que es un ser superior y si decimos que toda persona posee una dignidad intrínseca, por el hecho de ser persona, lo que estamos diciendo es que reconocemos en cada persona una superioridad debida a su excelencia. Ahora bien, superior y superioridad, son términos comparativos. Por eso hay que seguir preguntándose, ¿superior a qué o a quién? Respuesta: Todo hombre es persona. El hombre, por ser una especie formada necesariamente por seres personales, es superior a todo ser que pertenezca al mundo no personal, y no solo a cualquiera de ellos sino a la totalidad de los mismos. Explica Santo Tomás que si una persona se pierde (en el sentido de que se condena eternamente), se pierde mucho más que si se perdiera la totalidad del universo no personal con todos los seres que contiene.

Estas afirmaciones chocan frontalmente contra los postulados del animalismo. Para el animalismo somos una especie animal más, y no siempre la más excelente; de hecho cuando se plantea la disyuntiva entre elegir el bien animal y el bien humano, un animalista radical suele preferir el primero antes que el segundo. ¿Qué hacer frente a este caso? Si se trata de una cuestión de raíz intelectual, la solución habrá que buscarla en la razón; ahora bien, si la causa de esta manera de pensar es meramente ideológica o sentimental, mucho me temo que no quede recorrido para la luz de la razón. Ya vimos en la entrega anterior que con el necio cabe poca esperanza, aunque también decíamos que, en todo caso, aun sin esperanza, la verdad debe ser expuesta.

¿Se puede demostrar que el hombre es superior? Sí. Y por varias vías, algunas bien sencillas de ver. La razón de mayor peso es teológica: la dignidad de la persona humana procede de que cada uno de nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Este es el argumento más consistente, pero es de fe y tengo intención de echar mano de él, pero no ahora. El hecho de que sea argumento de fe no significa que intelectualmente no sea válido, sino que quien no comparta la fe, se encuentra legitimado para rechazarlo. Por eso, para el propósito que aquí se sigue, en este momento me centro solo en las pruebas de razón. Sin necesidad de recurrir a la racionalidad de la fe (la fe no es irracional), hay argumentos de pura razón más que suficientes para demostrar la superioridad humana respecto a los demás seres de este mundo. Vamos a señalar tres a grandes rasgos, poniendo al ser humano junto al animal, por ser este el más próximo al hombre.

  1. La superioridad del cuerpo humano. El cuerpo humano es un cuerpo animado pero no es un cuerpo animal. En palabras de J. B. Torelló, “el cuerpo del hombre es tan humano como su alma y es tan poco animal como su espíritu”. Nuestro cuerpo, tomado en su conjunto, es superior al de cualquier especie animal. No me refiero a cualidades físicas concretas (velocidad, fuerza, etc.), sino a la globalidad del cuerpo. El cuerpo humano presenta unas características diferenciales respecto de las demás especies de mamíferos que demuestran una perfección que cualquiera de los demás está lejos de poseer, incluidas las especies más próximas a nosotros, como pueden ser los grandes simios. He aquí algunas: la desnudez, en estrecha relación con la extensión del sentido del tacto presente en todo el cuerpo; la posición bípeda, gracias a la cual tenemos las manos libres; el extraordinario desarrollo cerebral (desmedido en comparación con cualquier otra especie) que presenta el mayor índice de encefalización conocido; la distribución de los órganos sensoriales.

El cuerpo humano es un cuerpo cuyo grado de sensibilidad y refinamiento no es comparable a ningún otro cuerpo animal de este mundo. Este refinamiento no se alcanza por igual en todas las partes del cuerpo, sino que se acentúa en algunas zonas como las manos o la boca, hasta el punto de hacer posible ese prodigio llamado habla y con él la capacidad de pensar y el desarrollo del pensamiento.

Mucha perfección y belleza hay en el mundo animal, pero no llega a la perfección y belleza que encontramos en el cuerpo humano. El hombre tiene un porte, unas manos y un rostro que son únicos. Estos tres elementos, porte, manos y rostro, revelan una dignidad de las que carecen las demás criaturas de este mundo. Hay una belleza en el porte que no se encuentra ni en el animal más sugerente. La imagen de un caballo bien adiestrado –por poner un ejemplo típico de animal bello– que sea capaz de movimientos logrados es de una elegancia notable, pero por muy conseguida que esté, siempre será menor que la del jinete que lo monta o la amazona que lo manda. En gran medida, la belleza que manifiesta el caballo no es sino proyección del buen hacer de su domador, y sin él, aquella quedaría reducida a una atractiva estampa natural indómita. Un espectador impresionado por una serie preciosista de ejercicios de doma incurriría en un despiste de bulto si quedara más fascinado por el caballo que por su jinete, o si sus aplausos fueran más destinados al primero que al segundo. Paso por alto la excelencia del rostro y de las manos, señalando solamente que el rostro humano es una auténtica central de comunicación en la que se han podido distinguir más de doscientos cincuenta mil gestos distintos. Y en cuanto a las manos (órgano de la inteligencia según observó Aristóteles e insistiría luego María Montessori), piénsese en la escritura o en cualquiera de las grandes obras de pintura, escultura, bordado, orfebrería, marquetería, etc.

  1. El mundo trascendente. En segundo lugar hay que decir que el hombre es un ser trascendente, el animal no. Hay todo un mundo de realidad propio del hombre al que el animal no puede acceder, el mundo de la abstracción, que el el mundo de las ideas y de los valores. Un ejemplo: hombre y animal cumplen años, pero solo el hombre lo celebra porque solo él tiene sentido del tiempo y de la celebración. Los conceptos de tiempo y celebración (como todo concepto) no se captan por los sentidos porque están en una dimensión que van más allá de la inmediatez de las cualidades sensibles, que son único que percibe el animal. De la misma manera no hay ninguna posibilidad de esperar que el animal diferencie el bien y el mal moral, tenga manifestaciones de culto a la divinidad o a los muertos, sentido de la historia, acceda al lenguaje matemático o haga prospecciones de futuro.
  2. La capacidad de dominio. En tercer lugar podemos demostrar la superioridad humana sobre el resto de la creación por la capacidad de dominio. En el mundo hay un sinfín de animales con características físicas superiores al hombre: tamaño, velocidad, fuerza, agilidad, resistencia frente condiciones externas extremas, agudeza sensorial (vista, olfato, oído), etc., pero ninguna especie animal o vegetal ha conseguido dominar a todas las demás sino el hombre. Es el hombre el que ha domesticado a los animales, no los animales al hombre.

Muchas otras dimensiones ofrece el estudio que las que aquí se han tratado, pero es suficiente para justificar la necesidad de mirarnos a nosotros mismos y mirar a los demás desde la luz de la dignidad personal. De esa mirada realista brota el respeto que no es sino la respuesta conductual ante la dignidad propia y ajena.

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