El problema del mal y la necesidad de espejos (VIII)

“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3)

Dios

Además de conocer los distintos ámbitos de la realidad que pertenece al mundo, de los cuales se ocupan las diversas ramas del conocimiento (ciencias, letras, artes, oficios, deportes, economía, comunicaciones, cultura, etc.), además de querer conocer el universo y conocerse el hombre a sí mismo, además de intentar poseer un conocimiento que es propio de Dios: el bien y el mal, ¿qué más puede conocer el hombre? La respuesta es Dios, después de todos nuestros afanes por conocer todo lo humanamente cognoscible, aún queda Dios por conocer.

Mas no se entienda el conocimiento de Dios como un resto sublime, como lo último que queda, porque Dios aunque es verdad que en un aspecto Dios es el último, no es lo “lo” último. No lo es en sentido cronológico y mucho menos puede ser entendido como un apéndice que está ahí solo para los hombres con afición religiosa. No está primero la realidad dada y luego, como un plus optativo añadido por el hombre, aparece por fin Dios. Ahora debemos completar una idea que se acaba de enunciar y que se ha quedado a medio camino. Cuando hemos dicho que en un aspecto Dios es el último, hay que preguntarse en qué aspecto. En el aspecto complementario de quien es al mismo tiempo el primero, porque Dios “es el primero en todo” (Col 1, 18), y es también el último: “Yo soy el primero y yo soy el último” (Is 48, 12), el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Ap 21, 6). Dios está al comienzo y al final de cuanto existe: de sí mismo, de la creación entera, del tiempo, de la historia y de nuestra vida particular. Él es causa primera y causa final. Y aunque no nos detengamos en explicaciones que distraerían de nuestro objetivo, hay que decir que Dios ciertamente está al principio y al final, pero no solo al principio y al final, sino también en medio. Al principio de todo, al final de todo y en medio de todo pues en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28) nosotros, los hombres, y todo cuanto existe. Dios está al principio, en medio y al final porque es “un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” (Ef 4, 6).

Acerca del conocimiento de Dios, se nos plantean varias preguntas, la primera y fundamental, de la que dependen todas las demás, es si el hombre puede conocer a Dios.

La respuesta es un sí rotundo y definitivo, pero necesitado de esclarecimiento. Sí porque el hombre, por su inteligencia, tiene capacidad para llegar a entender la necesidad inexcusable de un Ser Necesario al que llamamos Dios. La inteligencia humana, arrancando de la existencia y el dinamismo evidentes de la realidad material en la que estamos (y de la cual formamos parte), exige la existencia de un ser necesario en el que encontrar razón suficiente del origen y existencia de todo esto porque ninguno de los seres de este mundo, hombres incluidos, ni todos juntos, albergan la razón suficiente para explicarse a sí mismos. Esta es la argumentación tradicional, repetida a lo largo de los siglos, que muchos rechazan sin más razón que el hecho de que la lógica sea como es, al tiempo que ponen como excusa que se trata de un argumento muy antiguo, repetido demasiadas veces. Contra la primera objeción no hay razonamiento posible; contra la excusa cabe decir que la antigüedad no puede constituir una prueba razonable en contra de la validez de algo, sino al revés. No es que la durabilidad tenga en sí misma razón de verdad, ni haga verdadero a un argumento, porque también puede dilatarse en el tiempo un error, pero sí que actúa a favor del argumento, como ocurre con el principio de Arquímedes, el teorema de Thales, o las leyes de la razón, los cuales, por más siglos que pasan, mantienen intacta su vigencia.

Dios es necesario para que el mundo exista de manera parecida a como es necesaria la existencia del padre toda vez que existe el hijo. Dios podría haber existido sin que hubiera habido nada más; de hecho, es lo que ocurrió antes de que él pusiera en marcha la creación. Dios podría haber existido sin que hubiera habido nada más, al modo como existen muchos hombres que no han engendrado hijos; lo que no puede existir son hijos sin padre que los engendre, sea cual sea el modo de engendramiento. Pues de la misma manera no puede no haber Dios si hay mundo, sea cual sea el modo en que el mundo fuera creado. La conclusión es breve pero taxativa: hay hijo, luego hay padre; hay mundo, luego Dios existe.

Ahora conviene advertir que no es lo mismo entender la necesidad de la existencia de Dios que conocerlo. Imaginemos un hijo adulto que jamás ha visto ni oído a su padre, no posee imagen alguna de él, no se ha comunicado nunca con él ni de palabra ni por ningún otro medio, tan solo sabe que su padre vive y que de vez en cuando le llegan noticias suyas a través de terceros. ¿Sabe el hijo que su padre existe? Sí, pero no lo conoce. Parece claro que entre conocer a alguien y saber de su existencia hay un trecho muy considerable. No es lo mismo afirmar que Dios existe, que conocer a Dios. Conocer a Dios es otro cantar.

Desde siglos se viene hablando del deseo natural del hombre de ver a Dios (desiderium naturale videndi Deum). Deseo frustrado pero inapagado. Frustrado en su misma raíz porque Dios no se deja ver en directo pero inapagado porque es un deseo natural. Dios no deja ver su rostro, pero no por un extraño celo de sí mismo, sino por bien del hombre, “porque no puede verlo nadie y quedar con vida” (Ex 33, 20). Ver el rostro de Dios es justamente lo que ocurrirá tras la muerte. Entonces sí, cuando ya no podamos morir, entonces sí veremos el rostro de Dios. Entonces para el creyente se rasgará el velo de la fe y “lo veremos tal cual es” (1ª Jn 3, 2), y no solo le veremos a él, sino que nos veremos a nosotros mismos en la verdad de nuestro ser; como reza un himno litúrgico, “entonces seremos bien lo que seremos”.

¿Y hasta entonces, qué? Básicamente se nos ofrecen tres caminos, aunque con notables variantes dentro de cada camino: rechazar a Dios (camino del ateísmo), inventarnos nuestro/s propio/s dios/es (camino del paganismo), o aceptar que Dios se ha dado a conocer (camino de la fe revelada). Libremente podemos escoger cualquiera de los tres, ahora bien, los tres no son igualmente razonables. No es razonable el ateísmo, tal como se acaba de explicar y tampoco es razonable que Dios sea un invento del hombre porque entonces no es Dios. Creer en un dios inventado es tan absurdo como creer que el director de obras de la torre Eiffel pudo ser un cuervo porque siendo volador podía dar instrucciones a cualquier altura y desde todos los ángulos posibles. La revelación se aceptará o no, pero es la única vía razonable para conocer a Dios en su verdad.

La revelación se aceptará o no, pero es la única vía razonable para conocer a Dios… hasta donde Dios ha querido darse a conocer. ¿Y hasta dónde ha querido darse a conocer? Pues de manera progresiva, desde una primera noticia dada a Abraham, hasta un extremo insospechado que nadie pudo imaginar y que resulta imposible de aceptar si no es por la fe: hasta hacerse hombre Dios mismo en Jesucristo. En Jessucristo se da el culmen de la revelación de Dios. Por eso Cristo dirá: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9), porque “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30). Este es el meollo del cristianismo y esto es lo que los cristianos creyentes celebramos en la Navidad, si bien con la Navidad no acaba la cosa. Con la Navidad empieza un misterio impresionante, el de la vida de Jesús de Nazaret, cuyo broche está en la muerte de este Hombre-Dios en una cruz, en su triunfante resurrección al tercer día de su muerte y en su posterior ascensión al cielo.

Cuando no se asfixia voluntariamente el deseo natural de ver a Dios, a poco que se le dé curso, si hay oportunidad, este deseo se topa con el hombre Jesús de Nazaret y en él tiene su límite. No se puede aspirar a más, pero no podemos conformarnos con menos. En Jesús de Nazaret se sacia la sed de Dios. Lo sabe quien lo experimenta, lo puede atestiguar todo cristiano que se toma su fe en serio, especialmente los mártires, y lo sepa o no, lo padece y lo acusa todo aquel que por el motivo que sea no llega a encontrarse con el Cristo vivo.

Durante siglos, esta fe y esta doctrina empaparon la sociedad europea y se fue extendiendo por el mundo, pero hoy, socialmente, está en regresión al menos entre nosotros. Muchos, muchísimos de nuestros niños y jóvenes no la conocen, bien porque nadie se la ha presentado, bien porque nadie se la ha presentado debidamente. Y tienen derecho a ello, el mismo derecho que el resto de los hombres. Luego, una vez conocida, cada cual decidirá qué postura tomar, pero que haya hombres que no tengan acceso al conocimiento de Cristo debería pesar como una losa en la conciencia de todo bautizado, al menos tanto como debe pesar sobre el alma del satisfecho que haya hombres que se mueren de frío y de hambre. No hay derecho. No hay derecho a que unos derrochemos de lo mismo que otros carecen hasta el punto de no poder subsistir, e igualmente no hay derecho a que unos dispongamos con toda facilidad de la fuente donde saciar la sed de Dios, mientras que otros se mueren de esa misma sed. ¿De quiénes y de dónde hablamos? Del mundo entero y de nosotros mismos. Hoy en todos los países, en el nuestro también, hay una cantidad ingente de hombres y mujeres que o bien no han oído hablar de Jesucristo, o bien tienen una imagen deformada, que más que atraer, espanta. A muchos lo único que les ha llegado son los errores de los creyentes, que no son leves ni escasos, y a muchos otros, esos mismos errores magnificados y mezclados con distorsiones de la fe cristiana, con tópicos fundados en medias verdades y con falseamiento de la historia.

Esta serie de artículos comenzó tratando del problema del mal. Una de las causas de la extensión del mal, decíamos, era el desconocimiento, una lacra que se extiende a todos esos ámbitos de la vida que se han señalado en las primeras líneas. Toda falta del conocimiento que el hombre debe tener es una carencia, pero hay carencias y carencias. La más grave es esta de la que hemos tratado hoy: el desconocimiento de Dios cuando este equivale al desconocimiento de Jesucristo. Todo lo que hagamos por paliar esa carencia se traducirá en ganar terreno al mal, y todo lo que dejemos de hacer será contribuir a que el mal siga extendiéndose. También en este campo tenemos necesidad de espejos. Recordando una célebre frase del beato Papa Pablo VI los espejos no son los maestros, sino los testigos, y si son los maestros, es porque antes que maestros son testigos. ¿Y esos quiénes son? En sentido amplio, cualquier bautizado; en sentido estricto, los mártires. Los mártires son los testigos insignes de la verdad a la cual no renuncian aunque les cueste la vida. ¿Será una casualidad que tras la solemnidad deslumbrante de la Navidad, la Iglesia nos proponga a San Esteban, el primer cristiano mártir, y dos días más tarde a los Santos Inocentes?

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>