El problema del mal y la necesidad de espejos (V)

Ni el alma en sí misma ni su relación con el cuerpo se nos dan directamente en la experiencia (Karol Wojtyla)

alma

Venimos viendo y defendiendo la necesidad de espejos, hombres y mujeres como los demás, en donde pueda mirarse cualquiera que aspire a un nivel de perfección mayor del que constata en su propia persona. Sin estos espejos, la maduración y el progreso personal se hacen costosos, cuando no inviables, y sin ellos no hay educación posible. Hombres y mujeres que sirvan de referencia, hemos dicho hasta ahora, en el mundo del conocimiento. Nos hemos preguntado qué cosas hay que saber y lo primero que hemos puesto de relieve ha sido el conocimiento de nosotros mismos y nuestra dignidad en cuanto seres humanos.

Hoy vamos a dar un nuevo paso en este mismo camino para centrarnos en el espíritu. ¿Sabe el hombre contemporáneo que es un ser espiritual?, ¿lo tiene asumido o tiene una vaga noticia de tal cosa?, ¿lo saben niños y jóvenes?, ¿quién les instruye en esto?, ¿lo tienen en cuenta los entusiastas del transhumanismo, promotores de un nuevo diseño de ser humano? Afinando un poco más, ¿sabe el hombre actual que la primacía de su ser no está en su cuerpo sino en su espíritu?

Me caben serias dudas de que las respuestas más frecuentes a estas preguntas sean afirmativas y de que en este campo las ideas resplandezcan luminosas. Más bien me inclino por pensar lo contrario; es decir, que sabemos poco y lo poco que sabemos, confuso y con errores. El influjo de las diversas corrientes materialistas, por una parte, y de explicaciones ligadas a la Nueva Era y/o a las filosofías orientales por otra, no son ajenos a esa confusión. Hoy como siempre, y quizá más que nunca, necesitamos de maestros espirituales que por el vigor de su enseñanza y la atracción de su vida, sean espejos donde poder mirarnos. Y no pienso solo en las esferas moral y religiosa, aunque estas sean las más importantes, sino en la antropológica. Para ello necesitamos saber acerca del espíritu.

Empecemos diciendo que el hombre es cuerpo, ciertamente, pero no es solo su cuerpo material, visible y palpable. Somos materia, sí, pero además de materia, también somos espíritu, y no somos primero una cosa y luego otra, sino ambas al mismo tiempo, formando unidad, desde el momento cero de nuestra llamada a la existencia. Si la persona se redujera solo a la materialidad del cuerpo, el ser humano muy probablemente se habría extinguido hace millones de años, pues nuestro cuerpo sin el concurso del alma que le anima, es una especie de muestrario biológico de carencias y déficits. Si el hombre no fuera sino un animal armado exclusivamente con los recursos físicos de este cuerpo, estaría en situación de absoluto desamparo frente a la hostilidad del medio, haciéndose del todo imposible la mera supervivencia.

Dicho esto, la primera observación que debemos presentar es un escollo, el que viene dado porque el espíritu es inaccesible a los sentidos. Cuando hablamos del espíritu, estamos ante algo que es real, pero no se muestra evidente a los sentidos. No es que este escollo sea demasiado difícil de salvar porque tenemos experiencia sobrada de un sinfín de cosas que no siendo materiales son reales; en principio, todas las abstracciones. Conceptos como justicia, virtud, envidia, deseo, valor, dignidad, etc., no son objetos que podamos encontrar tras el cristal de ningún escaparate y sin embargo nos estamos moviendo entre ellas a todas horas. Convengamos entonces que la realidad humana no es solo materia, más aún, lo más sustancial del hombre no es su materia sino su parte inmaterial, su espíritu. El cuerpo no es en modo alguno despreciable, desde ningún aspecto que se le considere, pero cuando decimos “yo”, lo que más peso tiene dentro de ese yo, no es el cuerpo, sino el espíritu.

La segunda observación es sobre la terminología. Referidas al hombre, empleamos las palabras alma y espíritu como sinónimas. Técnicamente, en el lenguaje filosófico, pueden (y deben) distinguirse, pero fuera de ese campo, es preferible igualarlas.

En tercer lugar, hay que insistir en algo ya dicho, y es que el espíritu no es una cuestión religiosa, sino antropológica. Las relaciones del espíritu con la religiosidad humana son estrechísimas y constituyen una red muy tupida, pero en su origen el espíritu es una realidad humana, no un invento religioso. El alma humana no es patrimonio de las religiones, ni de los filósofos, poetas, psicólogos o moralistas. El alma humana es patrimonio del hombre, y hablando con más rigor, de cada hombre, pues no existe un alma colectiva sino individual y personal, cada uno la nuestra.

Hay un último aviso, muy conveniente para no errar a la hora de aproximarnos a entender algo del alma humana, y es caer en la cuenta de que del espíritu solo podemos hablar por comparación con el cuerpo, del que se distingue notablemente. Ahora bien, esta distinción no significa que alma y cuerpo sean contrarios, que no lo son, sino complementarios. Si sirve el ejemplo, con los conceptos de alma y cuerpo ocurre como con los de hombre y mujer, que para entender bien cada uno de ellos se hace precisa la referencia al otro, pero no porque sean realidades opuestas, sino incompletas por separado, encajables cada una respecto de la otra y destinadas a entenderse por compenetración.

Establecidos estos fundamentos previos, ahora ya podemos pasar a decir algo sobre el alma humana. Como la finalidad que perseguimos es divulgativa, no se pretende entrar en pormenores ni disertar sobre los diversos interrogantes que se han ido formulando en torno al alma, sino ayudar a este conocimiento imprescindible que el hombre debe tener sobre sí mismo. Para quien se muestre receloso ante este tipo de cuestiones y no acabe de decidirse sobre si aceptar o no aceptar la realidad del alma, tal vez le venga bien acudir a algunas de las pruebas elaboradas por el pensamiento sobre su existencia.

Si hemos dicho que no es una cuestión religiosa, sino antropológica, eso significa que algo podremos explicar mediante la luz de la razón. ¿Se puede afirmar racionalmente que en el hombre haya una parte inmaterial a la que llamamos alma o espíritu? Sí se puede. Lo que no se pueden pedir son pruebas que entren por los sentidos. Nadie puede exigir que se le muestre el alma ante sus ojos, ni por medios técnicos, porque las pruebas que podemos presentar no proceden de experimentos de laboratorio. Cuando alguien se empeña en ello como condición para aceptar la existencia del alma, hay que hacerle ver que está pidiendo un absurdo, porque absurdo es pretender que se muestre materialmente lo que de suyo es inmaterial. Se trata de una petición de principio inasumible, parecida, si vale el ejemplo, a quien pidiera tocar un sentimiento.

Para probar la existencia del alma contamos con pruebas objetivas y subjetivas.

Argumentos objetivos sobre la existencia del alma

– La reflexividad de la intelectualidad humana. El acto de entender solo es posible cuando aquello con lo cual entendemos (aceptemos llamarlo mente) es capaz de entrar en sí misma. Este volver la mente sobre sí misma sobre sí misma es lo que llamamos reflexionar (de re-flexión, volver a doblarse sobre sí). Del hombre se ha dicho que no es tanto el ser que sabe (homo sapiens) sino el que sabe que sabe (homo sapiens sapiens). Pues bien esto solo es posible si hay espíritu, ya que la materia, hablando absolutamente, no tiene capacidad para volver sobre sí misma. Toda materia (da igual la forma en que se presente) está extendida sobre el espacio y sobre el tiempo, lo cual imposibilita de raíz el hecho de tomar conciencia de sí.

– La libertad. La materia sola no es libre, ni puede serlo. El concepto de libertad es un concepto que a cualquier ser material se le queda grande porque todo ser material está necesariamente determinado por sus estructuras materiales, las cuales le dan el modo de ser, le hacen ser como es.

– Las grandes realizaciones humanas. Cualquiera de todas ellas, pero hay algunas en las que se hace evidente: las grandes obras de ingeniería que, inexistentes en el pasado, han sido novedosas en su momento, las obras de arte y cualquier creación humana son una prueba inequívoca de que solo un espíritu es capaz de generar realizaciones cuyos contenidos y mensajes trascienden el mundo material.

– El culto a los muertos. Es este un dato de antropología cultural y religiosa, presente en todas las sociedades humanas, sin excepción. Las construcciones funerarias suelen ser los vestigios más abundantes y más sólidos de culturas antiguas ya desaparecidas. Allá donde se encuentra un sepulcro, una urna funeraria o cualquier tipo de construcción para enterramientos, allí ha habido hombres. Se trata de una huella infalible. Con ello no se puede demostrar que el alma exista, pero sí se puede decir que es una certeza universalmente compartida por todos los pueblos de todas las épocas, dato cuyo peso le hace merecedor de ser tenido en cuenta.

Argumentos subjetivos sobre la existencia del alma

– La introspección. La introspección es la mirada subjetiva, más o menos fiable, que el ser humano dirige a su interior. Todo hombre sabe por propia experiencia que es portador de una vida interior muy abundante en fenómenos psíquicos: ideas, certezas, dudas, conocimiento de datos, recuerdos, deseos, decisiones a veces muy meditadas, afectos, desafectos, corazonadas… pulsiones y vivencias de diversa índole, que en ocasiones adquieren una fuerza extraordinaria, muchas de las cuales quedan grabadas para siempre. Son fenómenos que se dan en el ámbito de la vida psicológica y que tienen una estrechísima relación con el cuerpo, con la esfera somática. El conocimiento de esos fenómenos no lo poseemos tras un discurso razonado sino que nos es dado de modo intuitivo y directo, sin intermediarios. Pues bien, tanto la realidad del alma como su relación con el cuerpo están dentro de ese contenido intuitivo.

Este conocimiento inmediato y no discursivo por el cual sé de mí mismo también es llamado conciencia. No nos es lícito intentar un conocimiento de los estados interiores en términos de medición porque no tenemos definidas las variables del alma ni poseemos instrumentos que nos permitan medir con algún acierto sus estados o su dinamismo. Tampoco podemos predecir ni demostrar en qué grado las experiencias de la vida interior correlacionan con la edad o con determinados patrones de salud; pero de aquí a negar la existencia del yo inmaterial hay todo un abismo. Es un atropello que atenta al sentido común y a la dignidad de la persona el despreciar la vida interior porque no poseamos mejor recurso que la introspección. ¿Cómo vamos a negar la existencia del alma cuando hay que tomar decisiones en las que la persona se juega su ser ante sí mismo y ante los demás? ¿Cómo vamos a negar la vida interior antes y después de haber tomado opciones fundamentales: la respuesta a una vocación, el éxito o el fracaso en una empresa decisiva, el chispazo de una idea luminosa largamente añorada, etc.? Qué sea eso del alma, o en qué consista no nos llega esencialmente por las impresiones recibidas a través de los sentidos, pero sí nos llega por las pulsiones de nuestro yo profundo.

– El otro. A la certeza absoluta de la existencia de la propia alma adquirida por vía de introspección, se une otra certeza, no absoluta, pero sí muy válida, obtenida por extensión a los demás hombres de nuestra experiencia subjetiva acerca de nuestra alma. Se trata de una certeza real y firme, aunque en ningún caso puede llegar a adquirir la profundidad de la anterior, que lleva al convencimiento de la existencia del alma de los semejantes. La experiencia directa e inmediata que cada hombre posee de su propia unicidad es suficientemente fuerte como para empujarle a pensar que toda otra persona es algo más que su imagen corporal captada por los sentidos. El hecho de vernos a nosotros mismos como seres singulares dotados de intimidad nos permite comprender que la totalidad del otro debe no coincidir con su cuerpo.

– La permanencia del yo. En cada hombre hay un concepto de yo que es simultáneamente permanente en unos aspectos y cambiante en otros. Pero lo que nos interesa ahora es lo que hay de permanente. Cada hombre es quien es sobre todo por su alma, no exclusivamente por ella, también por su cuerpo, pero sobre todo por su alma. Se trata de una identificación no total, sino parcial, pero consistente, porque va asociada al concepto de permanencia. Dicho con palabras del pedagogo García Hoz, “ese algo permanente en nosotros mismos, lo que nos proporciona nuestra propia identidad, no puede ser material, puesto que variaría constantemente; es necesariamente algo inmaterial”. La primacía en la identidad es la que permite que un hombre anciano pueda decir yo ante una colección de fotografías personales tomadas a lo largo de su vida, por ejemplo, cada veinte años. Sabemos que la totalidad de las células de nuestro cuerpo son renovadas cada cierto número de años, y sin embargo seguimos diciendo yo -con conciencia de ser el mismo yo- al ser que en su materialidad ha sido mudado casi completamente en varias ocasiones.

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