El problema está en el corazón (II)

Los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. (Gaudium et spes, 10).

corazón

En la primera parte de este escrito “El problema está en el corazón (I)” aparecían dos afirmaciones complementarias -no contradictorias- que quedaron sin explicar. Frente a una corriente de opinión buenista que ve en la educación el gran remedio para todos nuestros problemas, yo afirmaba lo contrario: “No es cierto -dejé escrito- que la educación sea la solución de todos los males”, lo cual no obsta para sostener, algunos párrafos más adelante, que “la educación es una actividad humana muy valiosa, de la que cabe esperar toda suerte de frutos saludables para sus destinatarios y para la sociedad entera”.

Las dos cosas son ciertas y tienen su punto de engarce en el corazón humano, el cual es más complicado de lo que quizá pudiera parecer a primera vista. Las causas de complicación son varias e irán saliendo a medida que avancemos en la reflexión sobre el corazón. En todo caso, hablaremos de estas tres: lo que el corazón es, la pureza/impureza del corazón y las dificultades de control sobre el mismo.

En cuanto a lo que el corazón es y lo que significa para cada cual, del corazón se ha dicho que es el centro de la persona, el núcleo del yo personal, donde cada uno se reconoce y se encuentra consigo mismo en desnudez, sin intermediarios, y se acepta o se rechaza según lo que constata. El corazón es la sede de la intimidad, el yo interior donde se gestiona lo más profundo que tiene el hombre, lo cual viene a resumirse en los movimientos y vivencias de la vida afectiva y en las grandes decisiones la vida.

La segunda causa de complicación del corazón está en que nadie puede asegurar su pureza. Echaré mano de la historia para ilustrar esta idea. A lo largo de los siglos, en diversas ocasiones y circunstancias, los hombres han exigido a otros “limpieza de sangre” para asegurar un linaje noble o una ascendencia aseada. Cuando había que demostrar tal limpieza, lo común eran procesos largos y costosos, pero factibles; se podían llevar a cabo. Lo que nadie ha podido certificar nunca es limpieza original de corazón, o por mejor decir, limpieza de corazón sin más, ni original ni extendida en el tiempo. Ese es otro cantar porque el corazón de todo hombre que viene a este mundo, ya llega contaminado. Sabemos que existe la bondad natural, pero no hay que confundirla con la existencia del hombre bueno. El tiempo y la experiencia se han encargado de demostrar que el hombre bueno por naturaleza es una quimera. El mito del buen salvaje es un mito que se ha ido desmontado tantas cuantas veces se ha tratado de materializar (en tribus primitivas, en los modelos educativos naturalistas, en los casos singulares de los hombres ferales, etc.). Ahora bien, viendo nuestra manera de actuar, estamos ante una quimera y un mito que estamos empeñados en contradecir de manera recurrente. En este punto tenemos unas palabras explícitas de Jesucristo: “Del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias. Estas cosas son las que hacen impuro al hombre” (Mt 15, 19-20). La enseñanza no puede estar más clara, pero todo hace pensar que hacemos oídos sordos y frente a ellas hemos ideado nuestra propia alternativa que consiste en entender que el hombre es un ser inmaculado en el cual las torceduras morales, o bien son simples manchas exteriores, o bien tienen su origen en disfunciones genéticas o en causas patológicas de orden psicológico. Tenemos un empeño contumaz y obcecado en sostener la bondad originaria del hombre y en mantener que si esta falla falla por accidente, y se puede reparar con herramientas como las siguientes: buena voluntad, diálogo y educación. Y esta postura la defendemos a capa y espada, y gastamos en ella lo que no tenemos con tal de no admitir que las cosas son más sencillas y tienen un arreglo mucho más barato que es asumir lo enseñado por Jesucristo y aceptar su remedio, que no es otro que Él mismo.

En tercer lugar está el hecho de que el corazón es una caja de sorpresas, y esto también por varios motivos. Por una parte, porque estando contaminado no está corrompido y así, junto a esas aguas oscuras e infectas, también sabemos por experiencia que del corazón brota agua limpia. Ningún hombre está tan pervertido que no lleve a cabo buenas acciones. El mismo corazón del cual “salen pensamientos perversos” también es fuente de pensamientos rectos, de reacciones de bondad muy elevada, de sentimientos muy nobles. Más aún, el mismo corazón que odia, a la vez ama, y con muchísima frecuencia, el mismo objeto de su amor lo es también de su odio, lo cual es causa de desgarros y sufrimientos dolorosísimos. Amor convertido posteriormente en odio, y lo que es peor, amor y odio simultáneos y enmarañados, ambos dirigidos a la misma persona, a la misma afición, al mismo trabajo. Aunque solo fuera por esto ya puede entenderse que por alto que sea el conocimiento que un hombre tiene de sí mismo y por alto que sea el grado de control que ejerce sobre sus afectos, cuando el corazón se pone en marcha, siempre queda un margen de desconocimiento y de incertidumbre acerca de sus movimientos. Del mismo modo que (no sin dificultades y con mucho entrenamiento) podemos llegar a ser dueños absolutos de nuestra voluntad, no podemos afirmar la total soberanía sobre nuestro corazón. Siempre se nos escapa. Podría decirse que el corazón goza de un grado de autonomía que lo hace inaprensible, al menos en cierta medida. La pregunta no se hace esperar: Si cada uno no acaba de llegar a conocer su corazón, ¿este debe permanecer ignorado o se puede hacer algo para remediar esta dolorosa situación? A quienes nos tenemos por personas de fe, se nos ha dado una solución que bien podríamos tomar como propuesta para llevar a los que no creen diciéndoles algo así como esto: – “Solo Dios conoce tu corazón y solo Él puede curar sus heridas”. Solo la gracia de Dios. Los hombres podemos ayudar mucho en esta curación y muchas veces recibimos el encargo de aplicarnos los tratamientos los unos a los otros, pero la fuente de sanación está solo en Dios. Solo Él puede ordenar los corazones desordenados, restaurar los rotos, equilibrar los desequilibrados, estabilizar los inconstantes, consolar los irritados. Solo Él puede llegar hasta sus últimos pliegues, hasta esos rincones y recovecos del corazón que a menudo están tan escondidos, que ni nosotros mismos sabríamos dar cuenta de ellos y menos aún localizarlos. Para esto, entre otras cosas, fundó la Iglesia y para eso los curas son curas de almas, para curar.

Es una caja de sorpresas por la cantidad de vivencias que alberga y experimenta: recuerdos, deseos, apetencias, fantasías, ilusiones, miedos, pasiones… algunas de los cuales pelean y se imponen pertinazmente.

Es una caja de sorpresas el corazón también por su volubilidad. ¿Quién asegura que lo que experimenta hoy en forma de vívidos sentimientos va a sentirlo mañana o dentro de un año? Y si lo hace, ¿con qué intensidad? ¿Quién garantiza que su corazón no hará mudanza y donde había puesto afecto ahora lo retira, y en lo que sentía rechazo, ahora lo tolera o lo aplaude? ¿Quién puede fiarse tanto de sus propias fuerzas como para anclar las pulsiones de su corazón de manera definitiva? Del gran San Francisco de Sales se dice que rezaba así: “Señor, no te fíes de mí que te la juego”.

Sentimientos torcidos y aviesos que como indica la cita inicial plantan cara y guerrean contra otros virtuosos y nobles, deseos y apetencias que pugnan contra la voluntad por imponer sus leyes, inconstancia, volubilidad, imprevisión… ¡Ay, el corazón! “¿Quién lo conoce?” (Jer 17, 9). Estamos vendidos ante nuestro propio yo, ante nuestro corazón tantas veces frío, o levantisco, o traicionero, o de todo un poco. Reconozcámoslo. Por más que seamos naturalmente buenos, y por más que nos empeñemos, no acabamos de controlarlo. Y si no lo controlamos, ¿cómo vamos a ser autosuficientes? Mucho puede hacer la educación en todo este campo, qué duda cabe, pero no podemos echar sobre los hombros de la educación (es decir, sobre los agentes educadores) la responsabilidad de una carga que ninguno es capaz de llevar triunfante en primera persona. Como rezan las palabras de la cita del Concilio que he tomado para cabecera, “son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre”. Por buena y esmerada que sea la educación que un hombre recibe, la educación, por sí misma, no alcanza a ordenar el corazón, y menos aún a poner luz en esas regiones oscuras de las que hemos hablado. Y precisamente por ello, la tarea fundamental de la educación de la que dábamos cuenta en la primera parte se mantiene en pie: construir un corazón bueno, lo cual en estos momentos significa combatir contra un enemigo poderoso y retorcido, peligroso en extremo por su mucha fuerza: el odio. Debemos ser conscientes de su peligro y ayudar a que no enraíce, y si enraíza, actuar en su contra, pero no podemos ceder ante él. Quien lo deja crecer y actuar se convierte en su primera víctima.

Porque es poderoso y terco, la tarea supera las meras fuerzas naturales y supera las posibilidades de la educación, pero es empresa que merece la pena.

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