El problema está en el corazón (y IV)

“El entendimiento es el ojo del espíritu” (J. Balmes).

corazón

Seguimos preguntándonos por el origen del odio, y para avanzar dando continuidad a las respuestas ya dadas, vamos a volver a algo que dejamos escrito en la entrega anterior. Al comienzo del punto que quedó inconcluso decíamos esto: “El amor es lo primero, no el odio, porque en el principio era el amor. Ello significa que el odio solo puede proceder de una perversión del amor”. Para lo que quiero decir hay superabundancia de ejemplos, pero dado el mes y el año en que estamos, octubre de 2017, en que se cumple el quinto centenario de las tesis de Lutero, punto de arranque de la llamada “reforma” protestante -¿hasta cuándo tendremos que soportar un lenguaje falaz?-, me ha parecido que puede venir bien el ejemplo de Lutero. Lutero era un fraile agustino que pasó de ser un religioso observante del voto de obediencia a proferir contra el Papa los insultos más groseros; es decir, de profesarle amor de hijo a odiarle directamente como a un enemigo. No es necesario conocer con detalle la vida de Lutero para hacerse a la idea de que este cambio no tuvo lugar en una noche, sino que fue un proceso de distanciamiento afectivo, cuyas fases, a grandes rasgos, fueron las siguientes: primero comenzó por hacer hueco en su corazón a algunas críticas, que entendió legítimas, en segundo lugar, esas críticas pasaron del corazón a la palabra, es decir, de tenerlas en secreto a hacerlas públicas, y acabó finalmente con la rebelión abierta.

Esto que le ocurrió a Lutero, se repite en todos los ámbitos donde el hombre se mueve y ama. Es lo mismo que está sucediendo continuamente en el seno de muchos matrimonios y de parejas que conviven como si lo fueran. Si hay violencia física, esta se toma como causa de ruptura sin hacer más indagaciones, pero en muchísimos casos no la hay. Los afectados que dan cuenta de su situación, cuando quieren explicarlo recurren a analogías fáciles de entender pero que esconden una causa que permanece oculta: se acabó el amor, aquello se enfrió, apareció otra persona, hasta aquí hemos llegado, etc. La pregunta es cómo pudo el amor inicial acabar en odio, en qué momento el amor dejó de serlo.

La respuesta está en la luz, no en la luz física, sino en la intelectual, esa con la que se ve cuál es la solución a un problema, por ejemplo. Ese momento de mudanza por el cual el corazón pasa de amar a no amar tiene lugar a causa de una iluminación que el entendimiento recibe. Alguien le hace ver al entendimiento que lo que hasta este momento era digno de amor, ahora ya deja de serlo; dicho de otro modo, que lo que era tenido como un bien, en realidad no lo es. Cuando voluntariamente uno acepta ver las cosas bajo esta luz, el primer paso para abandonar el amor ya está dado. El resto del proceso, hasta llegar al odio, discurrirá por su propio peso bajo la misma luz, a no ser que en algún momento una nueva luz de signo contrario cambie el modo de ver la realidad. Nótese que se ha dicho alguien, no algo. A un ser personal como es el hombre, solo puede proyectarle luz sobre su entendimiento un ser también personal, alguien, habitualmente otro, aunque no necesariamente, ya que ese alguien puede ser uno mismo.

En el artículo anterior decíamos que, de acuerdo con una larga tradición, el origen del odio estaba en la envidia. Sin negarlo, añadimos hoy que si la envidia es origen del odio, lo es porque hay un alumbramiento sobre el entendimiento con una luz intelectual que distorsiona o invierte la realidad. Esta luz hace ver lo bueno, malo, y al revés; lo conveniente, inconveniente; lo noble, ruin; lo respetable, vil; lo benéfico, dañoso, etc. Una luz engañosa y oscura, perversa en el más pleno sentido de la palabra, que hace ver, sí, pero bajo su índole, bajo su modo de ser luz, bajo su propio modo de iluminación. Para odiar algo hay que verlo bajo esa luz, lo cual exige a su vez que el objeto esté dentro del campo de visión, es decir, que haya cierta proximidad con él, y cuanto más estrecha sea esta, mayor alumbramiento. De tal manera, que si decimos que nadie ama lo que no conoce, exactamente lo mismo, pero en sentido contrario, podemos decir del odio: nadie odia lo que no conoce… siempre que ese conocimiento se produzca bajo esta luz oscura a la que me acabo de referir.

A las cuatro preguntas que nos hacíamos en el artículo pasado: ¿en qué consiste odiar?, ¿existe el derecho al odio?, ¿cabe amar y odiar al mismo tiempo? y ¿cómo surge el odio?, hay que agregar ahora una nueva de orden práctico: ¿Qué podemos hacer para combatir el odio?

De acuerdo con lo que se acaba de exponer, podemos ofrecer una respuesta coherente: Para combatir el odio hay que alumbrar. Alumbrar el entendimiento con la luz buena, que no hace violencia a aquello que ilumina, y por tanto deja a la realidad ser ella misma. Esa luz no es otra cosa que la luz de la verdad. No hará falta insistir en que hay una condición imprescindible y es no tener la mente cerrada a esa luz. Nada nuevo, como se ve, pero absolutamente necesario en estos tiempos en los que vivimos bajo la amenaza de una marea de odio creciente. Dentro del pensamiento de San Agustín hay algo que nos puede ayudar en este punto. Es la teoría de la iluminación, teoría que ha tenido un peso decisivo en toda nuestra tradición pedagógica. De acuerdo con ella, el conocimiento de la verdad se produce gracias a la luz que la inteligencia recibe naturalmente de Dios. “Todo cuanto el entendimiento encuentra ser verdadero, no se lo debe a sí mismo”, dirá. ¿A quién se lo debe entonces? Al mismo Dios que nos hace llegar la verdad a través de Jesucristo. Es esta una aportación importantísima que los pensadores cristianos añadirán al acervo filosófico que iniciarán Sócrates y Platón en su búsqueda de la verdad y la perfección. El entendimiento solo puede acceder a las grandes verdades -a la verdad que no está al alcance de los sentidos- si es iluminado por una luz que es la Verdad con mayúscula. Esa luz viene de Cristo y es el mismo Cristo. Así lo dice San Juan dos veces en los nueve primeros versos de su evangelio y así lo dirá Cristo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12), el mismo evangelista que nos ha transmitido la identificación de Jesucristo con la verdad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Yo no sé hasta qué punto acabamos de calibrar el inmenso problema del odio y tengo el convencimiento de que no le estamos dando la importancia que tiene. El odio es de una gravedad extrema y quien se instala en él -sea un individuo o un grupo social- padece un mal sin remedio. Nuestro mundo es un hervidero de problemas que, de seguir aumentando, le están convirtiendo en una casa inhabitable. En estos momentos tenemos en toda España una preocupación grande por lo que está ocurriendo en Cataluña. Quienes conocen la situación de primera mano coinciden en señalar las dificultades de convivencia con las que se encuentra la sociedad catalana cuyo origen está en la división producida por el devenir de los acontecimientos políticos. Ahora bien, los que no estamos sufriendo ese problema directamente porque no vivimos allí, seríamos muy cegatos si creyéramos que la convivencia en España se ha hecho complicada solo en Cataluña. La convivencia está siendo muy difícil en toda España, y creo no exagerar si extiendo el mismo problema a Europa y al resto del orbe. Por eso debemos seguir preguntándonos, si además de alumbrar con la luz de la verdad todavía se puede combatir el odio por alguna otra vía.

Alumbrar está muy bien, lo podemos hacer todos sin excepción, y estamos llamados a hacerlo, pero no es lo único, además se puede hacer algo más. El hombre no es solo entendimiento, por más que el entendimiento sea una facultad excelente; el hombre es también corazón. Y no solo también, sino que lo es de manera principal, pues en el hombre tiene más fuerza lo que siente que lo que piensa, y de hecho nos sobra experiencia de cómo es más fácil dejarse arrastrar más por el corazón que por la cabeza. Ese pensamiento de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, no tiene fecha de caducidad, ni conoce edad, ni latitudes, ni fronteras.

De la misma manera que el entendimiento funciona con luz, el corazón necesita calor. Esta es la segunda cosa que podemos hacer para combatir el odio, dar calor. Dar calor es escuchar, comprender, acoger, ayudar, animar, sabiendo, eso sí, que tal cometido solo lo puede realizar quien tenga la dicha de llevar fuego en el corazón. ¿Desde cuándo dan calor los corazones fríos?

Por este doble motivo es tan importante la familia, porque es donde mejor se alumbra el entendimiento y a la vez el hábitat idóneo para ir modelando el corazón a base de calor. No por casualidad, el hogar se llama hogar. Y luego, desde la familia, por irradiación, deberíamos comprometernos en la medida que cada uno pueda para ver si podemos llegar hasta el último rincón donde haya riesgo de que pueda prender el odio, que es allá donde haya un hombre.

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