Pueblo de Dios, Reino de Cristo

reino de Dios

Sin la participación del Pueblo de Dios no puede realizarse el Reino de Cristo entre nosotros, no por limitación del Dios mismo, sino porque es a nosotros quien en su providencia nos compete la tarea. Por eso es tan necesario y urgente reforzarlo. Y este robustecimiento significa mejorar los vínculos que nos unen a la Iglesia y extender el sentido de pertenencia a la misma. Y esto significa dotar de realidad y vida a nuestras comunidades parroquiales para que comprendan al máximo número de feligreses, y que por su naturaleza y actividades sean lugar de acogida, perdón, acompañamiento, reciprocidad, donación, reconciliación, celebración y fiesta. Significa también que la familia, la primera y fundamental de nuestras comunidades, trabaje y sea ayudada para alcanzar su plenitud, convertir la escuela cristiana en una verdadera comunidad cuyo centro es Jesucristo y expandir los vínculos que forman comunidades allí donde sea posible, en el trabajo, el barrio. La iglesia no puede vivir solo de seres aislados, porque si bien el juicio es individual, la salvación es una tarea colectiva.

Y estas comunidades viven en una tradición performativa, es decir, que lo enunciado no se limita a describir un hecho, sino que por el mismo hecho de ser expresado realiza el hecho, porque establece virtudes, es decir, prácticas. ¿Y cuáles son estas? En Mateo 5,3-12 y  y en 5,13-16 las establece el propio Jesucristo

Significa educarse en la confianza humilde en Dios por encima de todo poder humano, incluido el del dinero, y su máxima ocupación es conocer la voluntad de Dios para actuar de acuerdo con ella. Unas comunidades que forman en la paciencia, la no violencia y la construcción, activa de la paz, que consuelan porque se saben consolados, que se comportan sinceramente, sin doblez alguna, perdonan a quienes les ofenden, ayudan incondicionalmente a quienes lo necesitan, y no tienen ningún temor ante el mundo de vivir con coherencia su fe, sin ostentaciones y sin renuncias.

Estas son las virtudes que conducen a la vida bienaventurada que anunció Jesús, y que nacen de la fe, la esperanza y el amor. Sobre esta base, tan antiintuitiva para la tendencia humana, se levantan las otras virtudes de la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza.

Y estas comunidades cumplen, entonces sí, con ser sal para este mundo, que da sabor y conserva lo bueno, y no pierden su condición, y por ello no son lanzadas para que la pisen las gentes. Son comunidades y personas que viven para llaman a las personas, a la sociedad, a vivir orientadas hacia Dios.

Estas comunidades son como pueblos situados en la cima de una colina. Son visibles para todos, porque son luz para el mundo que brilla ante el gentío, de manera que viendo sus buenas obras las gentes glorifiquen a nuestro Padre del Cielo. Nuestras obras serán buenas si perseguimos la excelencia cristiana, es decir, la santidad, y si lo son, sirven para que la gente pueda glorificar al Padre, lo que exige claridad en la causa que motiva el realizarlas, porque si las escondemos eliminamos el sentido de la presencia y acción cristiana, no contribuimos a realizar el Reino de Cristo

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