¿Qué es eso de vivir en democracia?

Elegimos a nuestros representantes libremente, pero lo que hacemos no es más que meter un boleto en una caja, de acuerdo con las mentiras que nos han hecho creer, asegurándonos que harán lo que después no hacen

democracia

Quien fuerza el “o todo o nada” generalmente se queda sin nada… y a menudo acaba cargándose lo que tiene. Ese es el revolucionario. Suelen ser esos que van de ser “los intocables” que, cuando les adviertes de algo que hacen mal, te dicen que no se puede hablar contigo y te dejan plantado o te cuelgan el teléfono. Suelen ser, como suena, unos déspotas disfrazados más o menos. En democracia, la política es hacer lo que se debe hacer, basándose en el bien común y no en el egocentrismo; dialogando, sin imposiciones, ni tan solo de eso que se debe hacer, ni la propia voluntad o del propio grupo o camarilla. Eso sería ser fascista. Nos quejamos tanto y fácilmente de los políticos que tenemos, pero dejamos de lado que los hemos elegido nosotros mismos, y sobre todo olvidamos que esos políticos surgen de nosotros; por lo tanto, quizás nosotros somos igual de déspotas o más en nuestras relaciones cotidianas. Pues entre nosotros los hay que dicen y se regodean públicamente atribuyéndose el calificativo de “político”, y en realidad lo que hacen es usar el subterfugio para imponer su voluntad, igualmente o peor, porque suele ser de manera encubierta. Son déspotas refinados, pero déspotas al fin. El pecado es distinto, pero es pecado: eso es, una obra mala, desencaminada del fin último, que es Dios. Dice san Josemaría: ¡Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! —¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. —Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!” (Camino, n. 832). De manera que cabría preguntarnos: ¿Es eso vivir en democracia? De acuerdo, elegimos a nuestros representantes libremente, pero lo que hacemos no es más que meter un boleto en una caja, de acuerdo con las mentiras que nos han hecho creer, asegurándonos que harán lo que después no hacen. Así las cosas, hay quienes se preguntan o afirman en público si no sería mejor “cambiar” la forma de gobierno. Unos hablan ya hace años de una “democracia orgánica” como se autodenominó el franquismo, y los más hablan de una democracia participativa o directa, en lugar de la representativa que tenemos. Pero ¿no sería eso dorar la píldora? Porque el problema seguiría siendo el mismo, pues nosotros seguiríamos siendo los mismos: despotismo, egocentrismo, corrupción (y podríamos seguir enumerando). Así somos nosotros. Además, quizás se le añadirían otros problemas nuevos, como la incoordinación. Trabajar en red sería crucial, sí, pero entre las distintas piezas siempre es necesaria una cierta jerarquía que organice y decida. ¡Primero cambiemos nosotros, para saber decidir!

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