¿Qué tenemos que hacer?

Para el propósito que me anima en esta comunicación viene bien echar la vista atrás y volver a los principios. Inicié este blog en enero de 2014 dando cuenta del nombre elegido, Homo Gaudens. Lo justificaba en la primera entrada con estas palabras:

El mundo en el que nos está tocando vivir tiene demasiados rotos como para ignorarlos. No podemos cerrar los ojos ante el mal porque negar el mal o disimularlo sería ayudar a su fomento, a su extensión y a generar confusión. Hoy, como siempre, se necesitan voces proféticas cuya contribución sea el aviso y la denuncia de los males presentes, pero simultáneamente con la denuncia y en dosis aún mayores necesitamos propuestas de pensamiento y de acción que sean estimulantes y atractivas. Es muy de agradecer que se nos prevenga de dónde están los charcos para no meternos en ellos, pero lo es más aún si a la vez se nos señalan las zonas de tierra firme. Si vivir es caminar -y lo es- no hay más remedio que pisar la tierra, no cabe otra posibilidad que echar el paso. Necesitamos saber dónde no y dónde sí podemos pisar.

Ahora, tres años y medio después, me mantengo en ellas y las mantengo, lo cual no significa que me parezca que el mundo esté mejor. Sinceramente creo que ocurre al contrario, que el aire se ha enrarecido aún más, que nuestra sociedad es cada vez menos habitable, que los problemas de entonces, lejos de resolverse, han seguido creciendo y que nuestras heridas no solo no han sanado sino que algunas se me antojan enconadas.

Así lo pienso yo y compruebo que así lo piensan muchos otros cuyas voces veo que coinciden con la mía. Y veo además que también somos un buen número los que no nos resignamos a que las cosas tengan que seguir por este plano decadente. No hace falta aportar datos, aunque sería muy fácil ir presentando marcas que manifiestan un grado de deterioro social muy alto, para mí alarmante. Valgan como ejemplo los índices de  natalidad y de matrimonio, de  rupturas familiares y de nuevas uniones, de violencia doméstica de todo tipo, de muertes en soledad, número de suicidios, consumo de alcohol y drogas, consumo de pornografía y de prostitución, número de abortos voluntarios, casos de violencia en las aulas, en centros médicos, en acontecimientos deportivos, índices de calidad educativa, de paro juvenil, de precariedad laboral, de pobreza y de exclusión social, casos de corrupción política… No pretendo profundizar en estas calamidades ni entrar en detalles; para quien lo necesite o le interese, tenemos abundancia de análisis y estudios pormenorizados. Me parece más útil aportar alguna idea que se sitúe en línea de ayuda a encontrar respuestas a la pregunta que da título a este escrito: ¿Qué tenemos que hacer?

Es una pregunta que me resulta muy conocida. La he oído muchas veces en distintos ámbitos, la vengo oyendo últimamente con mucha frecuencia y hace años reflexioné sobre ella por escrito apoyándome en que es una pregunta bíblica que aparece varias veces en los escritos del Nuevo Testamento. Como la pregunta y la respuesta pertenecen a la Palabra de Dios, no hay posibilidad de que caduque o pierda valor, podemos volver sobre ella tantas veces cuantas haga falta porque su vigencia es permanente y su validez siempre actual. De los diversos momentos en que podemos encontrarnos con esta pregunta dentro de la Escritura, hay dos que me parecen los más relevantes. En ambos casos la pregunta parte de los oyentes, de la gente del pueblo, por eso está en plural. He aquí la primera: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Act 2, 37). Dicha así, tal cual, es lo que le preguntan a San Pedro en la mañana de Pentecostés los que han oído su primer discurso. Son israelitas a quienes las palabras del primer papa, que acababa de anunciarles a Jesucristo, “les traspasaron el corazón”. Y la respuesta del apóstol Pedro comienza  así: “Convertíos…”

La segunda, anterior en el tiempo, pertenece a un diálogo de los judíos con Jesús tras el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. La pregunta comienza igual, “¿qué tenemos que hacer?”, pero no termina aquí, sino con la formulación de la finalidad que la justifica, una finalidad religiosa, concreta y muy elevada: “para realizar las obras de Dios”. La pregunta completa que le hacen a Jesús queda así: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28). A lo cual, “respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»” (v. 29).

A mí me parece que estas respuestas desconciertan bastante a quienes, acuciados por la extensión y la magnitud de los desgarros que estamos viviendo, nos preguntamos qué tenemos que hacer, movidos por una mentalidad activista. Digo más, soluciones como “convertíos” o “creed en el que Dios ha enviado”, a los amantes de las recetas y los atajos no solo les desconcierta sino que decepciona y puede que haya casos que incluso escandalice. O sea, resulta que muchos de nuestros niños están siendo objeto de una malcrianza como no se ha conocido en siglos, muchos están viviendo en riesgo de sufrir abusos desde varios frentes, el más traumático cuando ocurre dentro de su propia casa, perdiendo la inocencia prematuramente, antes de ser conscientes de ella, ¿y lo que yo tengo que hacer es convertirme? Resulta que nuestros jóvenes están en peligro real de pudrimiento (de desesperación, de suicidio, de adentrarse por caminos sin retorno) ¿y lo que tenemos que hacer es creer?

Pues sí, la respuesta es sí. Como escribió Santa Teresa, Dios no se muda; lo dicho, dicho está para siempre. Vuelvo al almacén de mi memoria, que es el gran recurso de quienes vamos entrando en años, para traer a colación un relato moral de origen árabe tal como lo narra José Luis Martín Descalzo:

El Sufí Bayazid dice acerca de sí mismo: “De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: “Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo”. “A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que se había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola persona, transformé mi oración y empecé a decir: “Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho”. “Ahora que soy viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que yo he sido. Mi única oración es la siguiente: “Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo”. Si yo hubiera orado de este modo desde el principio, no habría malgastado la vida.” Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad o aquello que le rodea pero casi nadie piensa en cambiarse a sí mismo.

Oí el proverbio por vez primera siendo yo muy joven, de labios de un orador brillantísimo que fue mi obispo durante décadas, el gran cardenal de España en el siglo XX, don Marcelo González Martín y me pareció entonces, y me sigue pareciendo ahora, una reflexión cargada de sabiduría. Luego me he topado con ella en diversos escritos y yo mismo la he usado muchas veces.

Esa es la clave: conversión personal auténtica, profunda, sincera, decidida, resuelta, tomada con esa “determinada determinación” que también decía la santa de Ávila; fe recia, anclada en la roca que es Cristo, sin el cual sabemos por su palabra que “no podemos hacer nada”. Fe como la que han vivido los santos, alimentada con los remedios espirituales que Cristo nos enseñó y nos dejó y que la Iglesia administra: Palabra de Dios, oración, sacramentos, penitencia y vida en comunidad con los que tienen la misma fe. Y luego, de un cristiano (de una iglesia) que vive así, se puede esperar lo que haga falta; mejor aún, se puede esperar todo. Quien vive así no se conforma con poco ni necesita recetas de corto alcance porque está en dinamismo permanente, a la escucha de lo que Dios providente vaya disponiendo; Dios providente que no deja de hablar y actuar.

¿Qué tenemos que hacer? Para quien quiera implicarse, iniciativas no faltan, en todos los campos de la vida social. Basta con ponerse manos a la obra, pero no servirá de nada si no hay una vida interior comprometida, sabiendo que la ubre para la acción está en las rodillas. Lo que sí sobran son lamentos y acusaciones, actitudes de desánimo y quejas estériles que consumen mucha energía y nos distraen de lo verdaderamente importante .

¿Qué tenemos que hacer? Permíteme que te responda con las palabras de dos santos que son dos gigantes : ¡Canta y camina!, dice San Agustín; ora y trabaja, enseña San Benito.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>