Rajoy y el vendedor incauto

Érase una vez un vendedor que iba de mercadillo en mercadillo, de pueblo en pueblo, vendiendo relojes y pulseras. Tenía relojes de todo …

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Érase una vez un vendedor que iba de mercadillo en mercadillo, de pueblo en pueblo, vendiendo relojes y pulseras. Tenía relojes de todo tipo: grandes, pequeños, de oro, de plata, de latón, digitales, analógicos.

El vendedor era muy ingenioso, tenía el don de responder a cualquier pregunta, por difícil que fuera, aunque no siempre tenía ganas de hacerlo y, a veces, simplemente huía de ellas.

Pero además de ingenioso era muy pícaro. Llegado un día a un pueblo de las montañas, extendió su parada en la plaza de la iglesia. Una vez en ella, sacó todos los relojes y pulseras que llevaba y los expuso con cuidado para que quedaran bonitos.

Una señora mayor se acercó a comprarle unos de esos relojes de oro. El vendedor no dejó escapar la oportunidad y le vendió uno de los más caros. Lo envolvió en una caja muy bonita, con papel de colores y un lazo rojo precioso y se lo entregó a la mujer, que le pagó religiosamente según el precio acordado.

La mujer se fue a casa muy contenta con su caja envuelta. El reloj era para su marido, que ese día cumplía años y siempre había deseado una joya como aquella.

Pero cuando el marido abrió la caja, todo ilusionado por el regalo que le había hecho su mujer, la encontró vacía. La mujer se enfadó muchísimo y volvió a la plaza de la Iglesia a quejarse al vendedor. Pero el vendedor hizo como si con él no fuera e insistió y perjuró que él había puesto el reloj en la caja.

La mujer, cansada de tanta discusión, se volvió a casa con su marido, pero esa misma semana, al salir de misa, contó todo lo que le había pasado con el vendedor de relojes a sus amigas del pueblo.

El vendedor, viendo lo bien que le había salido el engaño con la mujer, volvió a repetirlo pueblo tras pueblo, pensando que, para cuando volviera a esas villas al cabo de cuatro años, nadie se acordaría de su estafa.

Pero eso no fue tal que así. Y al cabo de cuatro años, cuando volvió al pueblo y, como de costumbre, extendió su parada, todo el mundo lo reconoció y se acordó de cómo había estafado a la pobre mujer. Y nadie le volvió a comprar nunca más, porque, ¿cómo podían estar seguros de que no les volvería a engañar?

Rajoy en su día vendió a sus votantes tres relojes de oro muy bonitos: la reforma de la ley del aborto, la reforma de la justicia y la rebaja de la presión fiscal. Muchos le creyeron y compraron sus bonitos relojes con la ilusión de quien ha invertido bien su dinero. Pero cuando llegó el momento de la verdad y abrieron la caja tan bien envuelta, se dieron cuenta de que dentro de tan bonito envoltorio no había nada. Pues ni bajada de impuestos, ni reforma de la justicia, ni reforma de la ley del aborto han visto la luz, tal y como prometió. Rajoy, como el vendedor incauto, se piensa que, como cuando le tengan que volver a votar, ya habrá pasado mucho tiempo, sus compradores ya no recordarán que les ha engañado.

Pero el presidente debería aprender del error del vendedor de relojes. La gente tiene muy buena memoria, sobre todo cuando se siente estafada. Y si en un sitio le engañan vilmente, ¿porqué volver a comprar, por mucho que en esa parada los relojes sean más bonitos que en las del resto? ¿Cómo estar seguros de que no les volverá a engañar?

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