El Ramadán y la Cuaresma

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¿Se han fijado que cuando va a empezar el Ramadán la mayor parte de medios de comunicación de España se hacen eco, mientras prácticamente ninguno menciona el inicio de la Cuaresma? Ello a pesar de que el número de católicos sigue siendo en España, o en Cataluña desde donde escribo, mucho mayor que el de musulmanes.

No creo que en esto haya que buscar una agresividad contra los cristianos, que sí se da en otros aspectos y circunstancias. Veo razones bastante objetivas en que se recuerde uno y pase al olvido la otra. El precepto de mortificación del Islam para aquel período del Ramadán es más duro que el prescrito para los cristianos en Cuaresma, lo que de por sí puede ser más noticioso, pero el elemento clave es que la mayoría de musulmanes cumplen lo estipulado en sus normas, mientras que, al menos en España, son pocos los católicos que incorporan alguna mortificación a su vida con motivo de la Cuaresma para preparar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, la Pascua, la gran fiesta cristiana.

Hemos dejado de hablar de mortificación y tampoco se utilizan sinónimos. Ni siquiera se habla en la predicación de gran parte de las iglesias. Muchos católicos pueden asegurar que hace años y años que en su parroquia o en la iglesia a la que van los domingos no han oído hablar del precepto del ayuno y la abstinencia. Pero el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo siguen siendo de ayuno y abstinencia, y los viernes de Cuaresma son días de abstinencia de carne. Por supuesto, el cristiano consciente de su fe y deseoso de amar a Cristo puede sumar muchos otros sacrificios, de forma especial por medio de servicios al prójimo o aprovechando las mil oportunidades que da la vida ordinaria y que implican esfuerzos o pequeñas renuncias sin que se den cuenta siquiera quienes le rodean. Solo Dios las ve.

Por otro lado, la Cuaresma es época muy oportuna para volver a la práctica del sacramento de la Confesión. Las celebraciones comunitarias de la Penitencia están muy bien, pero el Papa Francisco, al igual que sus predecesores, recuerda a menudo la importancia de la confesión individual y ellos mismos la practican o practicaron como penitentes o como confesores. La celebración comunitaria puede ser útil para preparar esta última, pero no la sustituye.

La abstinencia de carne tendemos a rechazarla. No por su dureza. Al contrario, porque nos viene a la cabeza enseguida que es una insignificancia, una bobada. Es comprensible verlo así si uno se queda a nivel del suelo. Para quien almuerza y cena en su casa seguramente el esfuerzo es irrelevante, aunque quizás sea una oportunidad para hablar en familia de la importancia de las normas de la Iglesia, sea aquella u otras.

Voy a narrar a quien tenga la amabilidad de seguir leyendo mi pequeña experiencia sobre el asunto, porque me ha sido muy útil. En primer lugar, el simple recuerdo de que quería cumplir con la abstinencia implicaba tener muy presente la Cuaresma de manera habitual y, en consecuencia, tener presencia de Dios e incorporar pequeños sacrificios en otras cosas, o atender a las personas, quizás con una sonrisa.

Pero, además, a lo largo de mi vida de periodista me ha dado más “problemas” la abstinencia que el ayuno. Y no de estómago. De forma habitual durante años comía fuera de casa, con otras personas, que frecuentemente iban variando, excepto los periodistas, que coincidíamos a menudo. Los periodistas casi siempre éramos los invitados. Muchísimas veces tuve que decir que no quería comer este plato, o el otro, o el tercero. Aunque lo hacía con discreción, alguien, un compañero de profesión o el anfitrión, se daba cuenta y me preguntaba el motivo, porque otras veces había visto que no tenía ninguna dificultad en comer aquel plato. Les decía que porque llevaba carne y era viernes de Cuaresma.

No era una explicación fácil, en contra de lo que pueda parecer. Precisamente lo correoso es que se trata de una menudencia y solo con razonamiento “humano” no es muy explicable. Si el interlocutor era muy educado se callaba o se limitaba a pedir que se lo explicara, le convenciera o no, pero de vez en cuando no faltaba quien soltaba el “¡Vaya tontería!”, “¡Resulta que los católicos no coméis un trozo de carne en este día pero podéis comer marisco!”. Hasta alguno nos consideraba hipócritas.

Visto aisladamente, sin captar el fondo, efectivamente es así. Solo que llegué a la conclusión que el cumplir lo que manda la Iglesia no es ante todo una mortificación del cuerpo. Es sacrificar el propio orgullo. Y ya se sabe que lo que más daño hace, el peor pecado, no es la gula u otro sino la soberbia. Toda una cura de humildad, a veces pública.

De rebote, fue una oportunidad para hablar de Dios con algunos, aunque resultara una vía imprevista.

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4 Comments

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    Si los medios de comunicación hablan mucho del Ramadán y no de la Cuaresma, es por la sencilla razón de que como bautizados no practicantes, el ayuno musulmán no les interpela nada pero el cristiano que no practican, sí. Dejémenos de autocríticas estériles. Me parece mucho más exigente no sólo no comer carne sino también abstenerse de esos pequeños placeres como el chocolate o algun dulce durante 31 horas ( desde el inicio del viernes hasta el desayuno del sábado ), que aguantar sin comer unas horas del día para acabar tomándose una opípara cena, como al parecer hacen los buenos musulmanes. Y no digamos el ayuno y abstinencia del Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, en los que la exigencia es mayor. Además hay razones teológicas para el ayuno cristiano. Desconozco los que hay para el musulmán.

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    La Quar-esma en catalán significa tener esma, o sea, recuerdo, memoria de los 40 días del Diluvio. Nadie lo sabe, solo yo. La humanidad de Noé, o sea, la nuestra, se pasó más de un año en el Arca, hasta que las aguas bajaron, aunque la lluvia sólo duró 40 días y 40 noches.. Se salvaron gracias a los peces que podían pescar, no comieron carne, ni vegetales. Como recuerdo de aquel hecho salvador, todos los descendientes de Noé cada año recordaban, antes del cristianismo, la salvación no comiendo carne, pero sí pescado, durante 40 días, que era un mes de entonces: 40 x 9 meses, 360 días. Con el paso de los siglos se olvidó el motivo de comer peces pero no carne. No obstante, la costumbre de no comer carne durante un mes en primavera desintoxica el cuerpo y ya existía en tiempos remotos. La Iglesia recogió y conservó la costumbre de los 40 días de ayuno sin comer carne, que ya existía. Del libro La revolución de Marte.

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