Revolución española: un incendio para apagar otro

La izquierda moderada apoyó la revolución española con tal de dominar lo que consideraba “derecha” y así terminó por consentir la matanza de inocentes

Tres mártires asesinados durante la guerra civil española nacieron un 18 de julio: una carmelita misionera tarraconense, un carmelita palentino y un salesiano salmantino. Dado que es el aniversario del estallido de la guerra, completo el artículo con una pequeña introducción al fenómeno persecutorio, y con datos biográficos de las tres religiosas de San José beatificadas el 5 de septiembre de 2015, por ser aniversario de cuando se anunció su beatificación.

Francisca Gabriela de San Juan de la CruzFrancisca (Gabriela de San Juan de la Cruz) Pons Sardá, de 56 años y natural de Espluga de Francolí (Tarragona), fue una de las cuatro carmelitas misioneras asesinadas el 31 de agosto de 1936 y beatificadas en 2007; cuando le propusieron refugiarse en casa de sus familiares, respondió que si Dios la tenía destinada al martirio, Él le daría la gracia necesaria (ver artículo del 27 de febrero).

Melchor del Niño JesúsMelchor (del Niño Jesús) Martín Monge, de 22 años y oriundo de San Pedro de Cansoles (Palencia), era alumno de Teología y carmelita descalzo del convento de Toledo, con seis de sus compañeros fue asesinado en Toledo el 31 de julio de 1936 y beatificado en 2007 (ver artículo del 22 de febrero).

Antonio María MartínAntonio María Martín Hernández, de 51 años nacido en Calzada de Béjar (Salamanca), era sacerdote salesiano, fue asesinado en el picadero de Paterna (Valencia) el 9 de diciembre de 1936 (ver artículo del aniversario) y beatificado en 2001.

Un incendio para apagar otro
La quema de conventos e iglesias como reacción airada frente a un gesto de la derecha se había estrenado, durante la República, el 11 de mayo de 1931, después de los incidentes del día anterior, en que dos personas murieron por disparos de guardias civiles que protegían el edificio del diario ABC, cuyo director había estado entre los protagonistas de la provocación en que derivó -con gritos a favor de la Monarquía, contra la República, y haciendo sonar la Marcha Real- la inauguración del Círculo Monárquico. De la destrucción de cosas se había pasado, en 1934, a la ejecución de las personas.

Como se vio en las discusiones sobre educación religiosa en Cortes de mayo a julio de 1936, para un ministro como Barnés era comprensible la rabia y la cólera como forma de someter a la derecha. Esta debía esperar que las pasiones se apaciguaran por sí solas, pues toda protesta, por moderada que fuera -como la de Pabón- provocaría “regueros de pólvora y podía incendiarse el polvorín”.

Si la de octubre de 1934 fue la rebelión de las izquierdas contra un gobierno en el que participaba la derecha ganadora de las elecciones de 1933, en julio de 1936 una sublevación militar de corte derechista se enfrentaría al gobierno de izquierdas ganador de las elecciones de febrero de 1936.

La rebelión militar que se gestaba parecía contar con un apoyo insuficiente como para apagar la fuerza de que hacía alarde el Frente Popular. El 15 de abril, en el parlamento, Azaña había dicho que “no hemos venido a presidir una guerra civil, pero no estamos dispuestos a tolerar a quien la organice, a quien la propugne o a quien la costee”. El jefe de la CEDA, José María Gil Robles no se mostró conforme, sino que vaticinó que “una masa considerable de opinión, que es por lo menos la mitad de la Nación, no se resigna implacablemente a morir: yo os lo aseguro. Media Nación no se resigna a morir”. De esas palabras se hizo eco El Debate en un editorial, pero un diario como Libertad refería el 16 de mayo otras palabras de Gil Robles, de tono semejante:

“La Ceda ha procurado encauzar en la legalidad grandes masas que estaban perseguidas por vosotros. En 1934 nos perseguísteis, a pesar de nuestro apoyo en la opinión, y ahora no habéis tenido en cuenta que contamos con tantos votos como vosotros. En los pueblos se persigue a las derechas ferozmente y se asesina a las gentes solo porque han sido interventores derechistas. Los partidos que actuamos en la legalidad empezamos a perder el control de nuestras masas y nos consideran fracasados. Si las cosas siguen así, tendremos que decirles que en la legalidad no podemos defenderlos y que deben irse a otros partidos donde, por lo menos, les garanticen el aliciente de la venganza. El Gobierno va a verse constreñido al triste papel de ser espectador de una lucha civil. No quedará más camino que el de la violencia, bien sea de la izquierda, bien de la derecha, y del resultado será responsable el Gobierno, que no habrá puesto los medios para impedirlo”.

Tras el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio, se haría realidad tanto ese vaticinio -salvo en el punto de que el Gobierno quedara como espectador- como el de Barnés sobre los regueros de pólvora, que no distaba mucho del comentario jocoso publicado en primera página del diario Libertad el 16 de abril a las afirmaciones de Gil Robles el día anterior, con una copla titulada Jugar con fuego: “Los amiguitos del orden, los que gritan ¡Viva España! (y no la dejan que viva, porque a diario la matan), están jugando con fuego, sin darse cuenta exacta de que si el pueblo paciente algún día se desata, ¡esa sí que va a ser bomba! Y ¡esa sí que va a ser traca!”

Producida la sublevación, ordena el nuevo ministro de la Guerra, José Miaja, acuartelarse a los militares. En el Cuartel de la Montaña de Madrid, no llegarán los conjurados a proclamarse públicamente sublevados, pero bastará que el coronel responsable -ni siquiera el general Fanjul, que acudirá al Cuartel para tomar el mando de la inexistente sublevación- se niegue a cumplir la orden de entregar a las milicias frentepopulistas los 50.000 cerrojos de fusil que custodia, para que el Cuartel sea cercado y, después de rendirse a las 11 de la mañana del 20 de julio, fusilados la mayoría de los mandos militares y falangistas allí congregados.

Para entonces, llevaban ya casi dos días ardiendo iglesias en Madrid. La primera, hacia las 5 de la tarde del sábado 18, fue la de San Andrés, que no se reconstruiría hasta 1999. Procedente de la plaza de la Cebada, una muchedumbre, en la que figuraban algunos guardias de Asalto, llegó a la iglesia con latas de gasolina. El coadjutor José Varela salió huyendo, pero fue alcanzado y salvó la vida por la intervención de unos guardias, que se lo llevaron a la comisaría.

Una vez dentro, y ante los gritos de mujeres que lo pedían, se rociaron de gasolina y prendieron las paredes interiores de la iglesia. Los bomberos tardarían ocho días en apagarlo. Según Hermenegildo López Gonzalo “los muchachos de Acción Católica, que eran de una fe acrisolada, llevaban más de dos semanas haciendo guardias por la noche y por el día, para impedir que la quemaran. Salieron a defenderla como pudieron, con pistolas, palos, etc., y allí mismo los acribillaron”. Se salvó la estatua de San Andrés del pórtico, un juego de misales con tapas de plata y dos cruces de plata ocultos en casas particulares. Del clero parroquial fueron asesinados el ecónomo Alfonso Sánchez y Sánchez, el teniente mayor Manuel López García de la Torre, los coadjutores Francisco Pérez Iglesias e Hilario Relaño Miguel y el colector Jacinto Guerra.

En la mañana del domingo 19 de julio de 1936, se produjeron incidentes a la salida de algunas iglesias: En la de los Dominicos de la calle Torrijos, hubo muertos y heridos entre los feligreses. La de San Cayetano, en la calle Rivera, fue totalmente incendiada. También fue asaltada la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles y, ya en la noche, comienza a arder la catedral de San Isidro. En las veinticuatro horas siguientes, serán asaltados e incendiados otros 34 edificios religiosos en Madrid. Tras el asalto a la iglesia de El Salvador y San Nicolás, mataron al párroco y a cinco sacerdotes más.

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