Saber escuchar

Todos sentimos placer al lado de una persona que sabe escucharnos, que sabe encontrar la manera de hacernos sentir importantes

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Es más importante escuchar que hablar. Y hay que saber escuchar. En nuestra sociedad occidental contemporánea tiene mala prensa la persona que sabe escuchar, porque se la tacha de pasiva, inactiva, soñadora, pierdetiempo, de inútil. Entre nosotros se valora más el sex appeal del hablador, del dicharachero, del falso “relaciones públicas”, del que sabe hacerse escuchar, dominando la fiesta por ahí y haciéndose pasar por lo que no es. Pero casi nadie escucha. Solo se oye. Y cuando la fiesta se acaba, después de la copichuela en el bar o en casa, se apaga la luz y a otra cosa mariposa. No obstante, todos sentimos placer (manifiesto o disimulado) al lado de una persona que sabe escucharnos, que sabe encontrar la manera de hacernos sentir importantes, que a veces incluso nos resuelve la papeleta de nuestro mundo interior. La dinámica del escuchar es muy sencilla: De entrada, estar interesado por quien tenemos delante, como expresión de la caridad honda que sentimos en nuestro interior, y a continuación mostrar el feedback valoración adecuado que demuestre al otro que nos afecta lo que nos dice, y le exponemos con corrección, aun si es algo negativo. De hecho, eso es lo que hace incluso la buena publicidad: formar, educar, construir. Para vender, no lo olvidemos. Destruir sabe hacerlo cualquiera, escuchar bien es obra de maestros. Escuchar es simple, pero entre nosotros es muy difícil ponerlo en práctica, pues estamos hechos, mejor dicho educados para el ruido e inmersos en él, para hacernos ver, destacar soltándonos, aunque ello comporte aplastar al otro: “¡Tú puedes! ¡Demuéstralo, imponte! ¡Cruza el límite!”, nos torpedea la mala publicidad irresponsable. Cuesta, porque escuchar comporta poner al otro en primer lugar, en el centro, para lo cual debemos negarnos a nosotros mismos, que es una virtud, y la virtud cuesta. Y no debemos olvidar que aunque el otro finja y no desee ser escuchado en lo íntimo, siempre manifiesta signos que podemos escuchar, dilucidando así qué quiere y qué piensa, hasta aquello que nos esconde. Por eso es doblemente importante saber escuchar, para que no nos cuelen gato por liebre. En ocasiones puede que nos digan cosas que no nos gustan, y será necesario tener resiliencia para poner oídos y no escabullirnos ni dar portazos, escapando de nosotros mismos. Pero es importante también no caer en provocaciones y malos tratos. Si el otro solo va a su bola con improperios borracho de sí mismo y no muestra respeto, tú tienes toda la libertad del mundo de colgarle el teléfono e irte. Escuchar no es sinónimo de ser imbécil.

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