El secretario de Estado vaticano, Parolín: “Es necesario comprender las causas del terrorismo”

Pietro Parolin escoge primero el camino de entendimiento entre las culturas, además de tomar las medidas de seguridad. Sobre Niza “no hay palabras, fue odio a ciegas”, lamenta. Sobre Turquía y Siria, insiste en las soluciones negociadas.

El Secretario de Estado Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, participó en el Vaticano, en la Casina Pío IV, de la presentación de los resultados sanitarios y científicos del hospital Bambin Gesù. Al margen del encuentro se reunió con los periodistas y respondió a algunas preguntas. Las reproducimos a continuación:

Eminencia, hoy hemos escuchado una historia de solidaridad: la del hospital pediátrico Bambin Gesù. Sin embargo en Europa y en el mundo se está viviendo, por el contrario, un momento muy difícil, lleno de conflictos. ¿Puede decirnos qué le parece lo que está sucediendo en Turquía?

Menos mal que también existen estas ocasiones en las que la esperanza vuelve a encenderse, porque hay personas que se ocupan con gran dedicación de los demás y tratan de cultivar, de hacer que crezca la vida frente, justamente, a un escenario mundial que nos preocupa mucho porque, desgraciadamente, vemos que están aumentando los odios, las divisiones, las contraposiciones. Y es cada vez más difícil resolver estos conflictos, es cada vez más difícil echarles mano y tratarlos según criterios de dignidad, de justicia y de solidaridad.

¿Existe una preocupación particular por la crisis turca?

Nuestra postura, además de expresar la preocupación, que es de toda la comunidad internacional, es que la actual situación pueda ser afrontada y resuelta según los criterios de los derechos humanos y del Estado de derecho.

Hace pocos días, el Papa dijo: la paz en Siria es posible, la solución es política y no militar, y propuso un gobierno de unidad nacional. ¿Le parece que esta es una posición que la Santa Sede se podría jugar a nivel diplomático?

Nosotros siempre hemos dicho, desde el principio, tanto en este como en otros conflictos, que la única solución posible es una solución negociada, política. Evidentemente no somos nosotros quienes tienen que indicar las fórmulas de esta solución. Hay personas, hay sedes, hay instituciones adecuadas, y lo están haciendo. Pero, ciertamente, nosotros insistimos en el principio de que solo la solución pacífica y negociada puede evitar más sufrimientos a la población, que ya ha sufrido, desgraciadamente, mucho y está extenuada. Una solución negociada puede, además, permitir una reconstrucción del país que sea duradera.

En Niza hubo una masacre, un drama. ¿Qué podemos decir frente a la difusión del fundamentalismo, un fenómeno que no solo afecta a Europa, sino a todo el Medio Oriente y a parte de África?

Frente a lo que sucedió en Niza, evidentemente, no hay palabras. Según mi opinión, se trata de una expresión de odio puro: ir así, a ciegas, contra estas personas que estaban reunidas en un momento de fiesta, y masacrar niños, ancianos… verdaderamente uno se pregunta qué está sucediendo. Debemos trabajar todos juntos para tratar de comprender, antes que nada, las causas de estos fenómenos tan dramáticos y tan dolorosos, y después tratar de superarlos. La intervención debe llevarse a cabo en varios niveles; se necesita, seguramente, una intervención de inteligencia, necesaria para la seguridad, pero tiene que ser principalmente una intervención de tipo cultural, para extirpar la raíz de este fenómeno y ayudar a los pueblos y a las persona a aceptarse recíprocamente y a que hagan que (y lo dice a menudo el Papa, y creo que es algo fundamental) las diferencias que existen se conviertan en una fuente de enriquecimiento recíproco y no en una ocasión de enfrentamiento y luto.

¿Se puede decir que la difusión de los derechos humanos y civiles es uno de los desafíos clave en este momento histórico tan complejo?

Sí, sí. Claro. Pero es justamente, según yo, el punto de partida: el respeto de la persona y de su dignidad. Es lo que siempre decimos: poner en el centro a la persona. Que luego se declina en todas estas situaciones, pero debe ser verdaderamente el punto de partida, de lo contrario nunca saldemos de estas situaciones, de lo contrario aumentarán estas situaciones de odio, violencia y divisiones.

El Papa a menudo usa una expresión: construir puentes. ¿Sigue siendo una prioridad?

Claro, pero no es que se trate solo de una consigna; lo que temo es que todo esto se convierta en un «slogan», en una expresión, y que no se traduzca en algo operativo. Creo que necesitamos operatividad, que cada uno desde su lugar y según su responsabilidad se ponga a luchar y combatir en contra de estas tendencias y se ponga a construir un mundo solidario.

La JMJ nació hace 30 años, y el mundo ha cambiado mucho desde entonces, así como se ha dado un cambio generacional evidente. ¿El modelo de las JMJ puede ser modificado, actualizado, para estos cambios o seguirá siendo el mismo?

A fin de cuentas, las cosas esenciales son siempre las mismas, es decir que las finalidades siguen siendo las mismas: sigue siendo el mismo el mapa de este camino, que es, justamente, el Evangelio; sigue siendo el mismo el alimento de este camino, que es la Eucaristía. Claro, cambian los escenarios, y, efectivamente, hay cierta adaptación a cualquier nuevo escenario que se presente, tanto desde el punto de vista geográfico como desde el punto de vista histórico. Creo que estos encuentros, que nacieron en determinado contexto, siguen siendo fundamentalmente válidos en el sentido de juntar a los jóvenes para objetivos de bien y para ayudarles a sentir que no están solos y que pueden trabajar juntos.

¿La JMJ podría convertirse en una ocasión de diálogo y de confrontación, de encuentro con los jóvenes del mundo, puesto que es necesaria una formación? Se habla mucho de las demás religiones, por ejemplo, de participantes que no son católicos…

Claro, también está esto; pero la Jornada Mundial de la Juventud se juega al volver a casa. Es decir, está el momento de la celebración, pero luego todo esto se verifica en el momento en el que hay un compromiso serio por parte de los jóvenes que participan en ellas para vivir lo que ha sido sembrado.

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