Sencillez (V)

Pregunta número cinco: ¿Hay hueco para la sencillez en una sociedad hiperactiva? Una reflexión sobre el hacer.

hiperactividad

En relación con el hacer, la sencillez también juega un papel importante, que se pone de manifiesto en diversos aspectos, de los cuales aquí vamos a señalar los tres siguientes. La sencillez actúa: a) regulando y moderando la actividad, b) favoreciendo las actividades trascendentes sobre las inmanentes y c) haciendo sitio al silencio.

Las sociedades que han visto desarrollarse en su seno la revolución industrial, han ido creciendo en dinamismo a medida que esta ha ido ganando terreno. El gran motor de este dinamismo ha sido, y sigue siendo, el lucro. El deseo, siempre creciente, de aumento de beneficios ha acelerado los ritmos de las distintas áreas de la actividad económica: producción, comercio, consumo, movimiento de personas y bienes. Si a ello se unen otras causas, como la incorporación de la mujer al trabajo extradoméstico, y la extensión de los servicios (actividades de ocio, turismo, cultura, educación, deporte, etc.) a toda la población, nos encontramos con una oferta de actividades mucho mayor que las que nos caben en el cuerpo. Hemos llegado a un punto en que no hay tiempo real para tanto como podríamos hacer, ni vida suficiente para movernos tanto como nos gustaría. Creo que no descubro nada nuevo si digo que esta sociedad que nos gusta llamar del bienestar, es, necesariamente una sociedad del movimiento acelerado, es decir, del ajetreo y de las prisas. Dicho de otra manera, hemos creado unos modos de vivir hiperactivos e hiperactivados.

El campo donde la palabra hiperactividad se usa con más frecuencia es el de la educación. De los muchos problemas que a diario tienen que abordar profesores y maestros en sus aulas, uno de ellos es la hiperactividad infantil. Cuando la hiperactividad sobrepasa límites considerados normales, hemos convenido en aceptar la existencia de un trastorno de comportamiento serio (TDAH) que en su momento fue diagnosticado como enfermedad psiquiátrica, si bien existen dudas de que pueda considerarse “enfermedad”. Ni puedo ni soy quién para entrar en la discusión sobre si es enfermedad real o ficticia, pero el hecho de que se pueda plantear la duda de manera razonable, ya siembra sospechas acerca de este “trastorno”; nadie se cuestiona si la hepatitis o el sarampión es una enfermedad.

Sea como fuere, lo que sí es cierto es que a lo largo de los últimos años el trastorno de la hiperactividad infantil se ha ido ensanchando progresivamente. Los casos de hiperactividad, cuyo diagnóstico es otra convención, van en aumento año tras año. El problema se ha enquistado en el desenvolvimiento normal de la actividad educativa entre otros motivos, porque no acabamos de ponernos de acuerdo en cuáles sean exactamente las causas y, además, las que se supone que están en su raíz, cuyo origen no es genético sino ambiental, no son fácilmente eliminables. Debido a ello, nos movemos en un mar de incertidumbre. Más allá de conjeturas teóricas, el margen que queda es escaso para hablar con seguridad y escaso para actuar en la práctica; aparte de los tratamientos con tranquilizantes, poco más podemos hacer en las escuelas en el día a día, que ir parcheando las situaciones como mejor se puede. Lo que sí me atrevo a establecer, convencido de que no me equivoco, es una sencilla relación de causa-efecto entre el estilo de vida general y este problema que se particulariza en muchísimos de nuestros niños. Creo que no erraré mucho si digo que a una sociedad hiperactiva le corresponden personas hiperactivas por la misma ley que asigna el fruto al árbol. Del mismo modo que es de esperar que un manzano dé manzanas, es de esperar que un estilo de vida hiperactivo produzca hombres y mujeres hiperactivos. Si se nota más en los niños es porque lo acusan más por falta de defensas y es más fácil de ver porque los tenemos a todos escolarizados, lo cual asegura un control bastante alto de sus reacciones y de su conducta.

Durante el presente curso escolar se planteó el asunto de los “deberes” como problema social que afecta a una parte importante de las familias. La cosa llegó al Parlamento donde parece que algunos se interesaron por el asunto. A muchos les pareció una salida de tono que los legisladores tuvieran que ocuparse de un problema doméstico como este, pero no es un problema nimio. El debate social se centró en deberes sí–deberes no, porque esa es la cara visible del problema, pero lo que hay de fondo no es esa discusión, pues la conveniencia de los deberes, en cantidad razonable, es evidente. El gran problema de fondo es que para una parte muy numerosa de la población, la distribución horaria cotidiana está tan apretada que solo encontramos un aliviadero en la supresión de los deberes.

A lo largo del curso escolar, de lunes a viernes, de 7 de la mañana a 9 de la noche, aproximadamente, el tiempo y las tareas de las familias están fijadas de antemano, con una distribución que en muchos casos además es bastante apretada. Si nos asomamos a la organización de cualquier colegio, vemos que tanto a los niños como a sus maestros les ocurre lo mismo: su jornada escolar es un casillero. Todo el tiempo está rigurosamente dividido y delimitado. Toda la jornada es una sucesión de períodos que van de cuarenta y cinco minutos a una hora, con escasa o nula flexibilidad horaria y con muchas dificultades para seguir una línea de continuidad, porque pensar en la unificación de todo el proceso educativo es pensar en lo imposible. Y con la jornada extraescolar ocurre algo muy parecido.

¿Cuándo juegan nuestros niños?, ¿a qué juegan? ¿con quiénes juegan? No tengo datos a mano, pero mucho me temo que las respuestas a estas preguntas nos dejan mala conciencia. En medio de esta barhúnda de actividades, muchas de ellas con frenesí, ¿dónde queda la personalización?, ¿dónde el tiempo de juego, el tiempo dedicado a la fantasía, a la amistad no calculada?

A mí no me parece extraño que los individuos de hoy, niños y/o mayores, padezcamos de hiperactividad; lo raro sería que viviéramos en estado de placidez y estuviéramos todos muy sosegados. Los mil quehaceres que queremos abarcar nos tienen en actividad permanente y ese dinamismo nos lleva a vivir sin parar. Muchos de los lectores probablemente recordarán que la huelga general más sonada en los últimos años del siglo XX fue la de 1988. Y muchos quizá recuerden también los videoclubes de aquella época. Pues bien, a mí me llamó mucho la atención el hecho de que el día anterior apenas quedaron existencias de películas de alquiler en estos establecimientos. Gracias a ellos, hubo una parte importante de la población que pudo sobrellevar la dura carga de una jornada en la que no se podía “hacer” nada.

Pocas cosas complican más la vida (nos hacen ser más complicados) que el mucho hacer. No se me escapa que las circunstancias de muchas personas les fuerzan a contraer más obligaciones de las que querrían y ya les gustaría disponer de tiempo de ocio. No hablo de eso. Hablo de tantas otras cuyas necesidades no son reales sino inventadas, de tantas que se obligan a quehaceres que difícilmente se justifican y las tienen en ajetreo permanente. Pongo dos ejemplos: a) amas de casa cuyos hijos podían estar mejor asistidos si mamá no trabajara (fuera de casa), siendo que trabaja porque si no lo hace se siente frustrada; lo digo más claro, porque siente como una deplorable humillación tener que decir que todo lo que “hace”, es atender a su familia. ¿Quién le ha convencido de la poquedad de esa misión? No lo sé, imputémoselo al ambiente, pero es evidente que objetivamente es una falsedad tan grande como su convencimiento subjetivo, y dudo que cambiara de opinión aunque un ángel del cielo le dijera lo contrario. Y b) padres varones que, celosos de su prestigio, han elevado a categoría de tesoro una carrera profesional, el éxito de un negocio, un cargo político, etc. Padres y madres que no pueden atender debidamente a su escasísima prole sin echar mano de los abuelos. ¿Y todo esto para qué? La pregunta es muy abierta, con lo cual las respuestas posibles son múltiples. Yo me atrevo a pensar, que, aparte de otros motivos, para estar en conformidad con los usos sociales impuestos por una sociedad hiperactiva y despersonalizante; para vivir con más sencillez desde luego que no, eso seguro.

El segundo aspecto de los señalados es que la sencillez favorece las actividades trascendentes sobre las inmanentes. Aun a riesgo de simplificar mucho los conceptos, para lo que aquí interesa, diré que llamo actividades inmanentes a las que tienen lugar cuando se hace algo por hacerlo, hacer por hacer, sin más objetivo que la propia realización de lo que se hace. Este hacer por hacer en según qué cosas puede venir bien, pero se debe saber que tiene sus riesgos. San Juan Pablo II advirtió de ellos en la carta apostólica Novo millennio ineunte. En el punto nº 15 de esta carta el papa santo decía así: “El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del «hacer por hacer». Tenemos que resistir a esta tentación, buscando «ser» antes que «hacer»”. Lo contrario del «hacer por hacer» es la actividad trascendente, aquella cuyo objetivo queda fuera de la realización de actividad, siendo el objetivo de mayor alcance que la realización de la propia actividad. Las actividades inmanentes tienen que ver con los resultados inmediatos; en las trascendentes los resultados se dan a plazo, algunos a largo plazo.

Pues bien, es muy fácil comprobar que en general poseemos un déficit de actividades trascendentes mientras que nadamos en una superabundancia de inmanentes. No hará falta explicar que esa superabundancia deja escaso sitio a la sencillez.

El tercer y último aspecto señalado está en el silencio, ese gran desconocido. Las prisas y el ajetreo generan ruido por necesidad. Ruidos externos y ruidos internos. Los externos los oímos a diario por todas partes y los compartimos con quienes nos rodean, los internos son de cada cual y solo pueden ser reconocidos haciendo silencio. Como lo que yo pudiera decir sobre el valor del silencio quedaría a años-luz de las reflexiones que hace el cardenal Robert Sarah en su libro “La fuerza del silencio”, me ha parecido que lo más acertado para cerrar este artículo es cederle la palabra a él. Transcribo dos citas, la primera referida al silencio exterior y la segunda al interior:

“¿Cómo se puede hallar el silencio hoy en día, en un mundo ajetreado y ultratecnificado? El ruido cansa y tenemos la sensación de que el silencio se ha vuelto un oasis inalcanzable. ¿Cuántos se ven obligados a trabajar entre un fárrago de cosas que les angustia y los deshumaniza? Las ciudades se han convertido en infiernos ruidosos en los que ni siquiera a la noche se le ahorran las agresiones sonoras.

Sin ruido, el hombre posmoderno cae en una inquietud sorda y lacerante. Está acostumbrado a un ruido de fondo constante que le aturde y le proporciona consuelo.

Sin ruido, el hombre está destemplado, febril, perdido. El ruido, como una droga de la que se hubiera hecho dependiente, le da seguridad. Con su apariencia festiva, es un torbellino que impide mirarse a la cara. La agitación se convierte en un tranquilizante, un sedante, una bomba de morfina, una forma de sueño, de onirismo inconsciente. Ese ruido, sin embargo, es una medicina peligrosa e ilusoria, una mentira diabólica que impide al hombre enfrentarse a su vacío interior. El despertar solo puede ser brutal” (pág. 37).

En la segunda, el cardenal habla del silencio interior, que él denomina “silencio del corazón”:

“El silencio del corazón es el más misterioso: podemos decidir no hablar y callar, podemos cerrar los ojos para no ver nada, pero sobre el corazón nuestro dominio es menor. Arde en él un fuego en el que las pasiones, la ira, el rencor y la violencia son difícilmente controlables. Al amor humano le cuesta configurarse según el amor de Dios. En el corazón desembocan torrentes incontrolables y al hombre le resulta muy difícil recobrar el silencio interior” (pág. 50).

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