Sencillez (VI)

Pregunta número seis: ¿De qué viven tus cosas? Una reflexión sobre el tener.

sencillez

En “Sencillez (IV)” se hablaba de “estos tres puntales en los que se sostiene la vida de todo hombre: ser, hacer, tener” y en “Sencillez (V)” del activismo como uno de los rasgos dominantes de la cultura actual que viene a entorpecer las posibilidades de una vida sencilla. Terminaba esa quinta entrega distinguiendo entre el silencio interior y el silencio exterior. Pues bien, retomamos esta misma línea para situar en ella la reflexión sobre el tener, tercero de esos puntales señalados.

De acuerdo con esa distinción entre los ámbitos interior y exterior de la persona, conviene diferenciar dos categorías de bienes que se pueden tener: bienes exteriores y bienes interiores. Son bienes interiores aquellos que el individuo siempre lleva consigo: sus valores, sus hábitos, sus conocimientos, sus patrones de conducta, su cultura, su fe, sus expectativas y deseos, su educación, etc., mientras que son bienes exteriores lo que llamamos “cosas”: las propiedades y sus títulos, el dinero, los objetos, etc. Hay una gran diferencia entre ellos, pero en ambos casos son aspectos del tener. Tanto unos como otros no brotan del ser de la persona, no salen de su interior, sino que vienen de fuera; algunos pueden encontrarse instalados muy dentro, pero en todo caso, han llegado al interior procedentes del exterior.

Las diferencias entre ambos tipos de bienes son notorias. Con los bienes interiores ocurre como con las acciones, que se integran en el ser y lo modifican; en cambio, los bienes exteriores, por su condición de exteriores, quedan en la cáscara de la persona, afectándola solo de manera superficial. Los bienes exteriores son mudables con relativa facilidad. Los golpes de fortuna, a favor o en contra, hacen que no pocas personas pasen, a veces en unas horas, de la abundancia a la pobreza, o al revés. Esto que es posible en el orden del tener, no lo es en el orden del ser; nadie pasa de repente a ser otro porque de pronto se haya enriquecido o empobrecido. La literatura de todas las épocas es pródiga en relatos de nuevos ricos y de nuevos pobres; prototipos de gentes que viviendo bajo fachadas contrapuestas permanecen idénticos a sí mismos antes y después del evento de fortuna.

La cuestión del tener se nos vuelve espinosa cuando, desde planteamientos materialistas, el destino final del tener se sitúa en las cosas, aun sabiendo que las cosas no pueden ser destino de nada. Las cosas no pueden pasar de simples medios, algunos convenientes, otros imprescindibles, pero medios, nunca fines. Solamente las personas podemos ser punto de destino, es decir, fines. En cambio, las cosas son eso, “cosas”, seres inertes, objetos exteriores a la persona. Y no es que el tener sea rechazable por sí mismo, sino porque se corren riesgos innecesarios y peligrosos. Veamos algunos.

Cuando el acento se pone en el tener, la lógica materialista acaba valorando a las personas en función de lo que tienen, de lo que producen o de los beneficios económicos que reportan. De este modo se transfiere el valor de las cosas a las personas, adjudicando a estas categorías de tasación mercantilista incompatibles con el valor absoluto que cada persona encierra. El personalismo del siglo XX, si algo puso de manifiesto, fue una novedad que el cristianismo introdujo en nuestra cultura desde sus inicios: la condición de fin absoluto de cada persona humana. Al valorar a la persona por lo que tiene, se están comparando dos realidades que por su naturaleza son incomparables: la persona y la cosa. Ya sería un error la comparación entre una persona y otra, pues cada persona es un mundo singular, realidad única e irrepetida, cuanto más para comparar a las personas con los objetos. Sería el mismo error que si nos preguntáramos quién tiene más facilidad para el vuelo, si un tigre o una golondrina. Es una comparación impertinente, pues uno de los elementos que entran en la comparación está fuera de la realidad a comparar.

Otro riesgo es el de los límites, siempre ensanchables, del tener. ¿Cuántos juguetes necesita un niño para ser feliz?, ¿cuántas horas de móvil un joven?, ¿cuántas joyas un adulto?, ¿cuántos coches?, ¿cuánto tiempo de trabajo?, ¿cuántos aparatos una casa para que quienes viven estén a gusto de verdad? Cuando la vida se plantea en torno al tener cosas, el individuo entra en una carrera de frustración segura, pues en el orden práctico, la vida es demasiado corta, y con demasiados competidores, como para que a nadie le resulte posible tener todo lo que al deseo le sería posible imaginar. Siempre es posible luchar por tener más, y de tener nunca se acaba.

No hará falta explicar que la dosis de felicidad puesta en los bienes de consumo se va agotando en la medida en que se consumen esos mismos bienes. Necesitamos un cambio de perspectiva de lo que suele ser común si es que queremos sobrevolar por encima de los avatares de la fortuna. Dejarnos envolver por el afán de posesión (variante del afán de dominio) al que tantos pregoneros de esta sociedad nos incitan sin tregua, especialmente a través de los reclamos publicitarios, es vivir a ras de cuenta corriente, centrando nuestras inquietudes en el disfrute de las prestaciones de tales o cuales cosas. Es un auténtico tóxico para el alma y solo conoce un objetivo: tener; tener más y más, en una especie de conquista siempre inacabada. De este modo, a base de adquirir cosas se comienza a constituir un reino que es exterior a la persona y en el cual el poseedor se ve como monarca absoluto. ¡Llegar a ser rey! ¡Uf! ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Aparentemente las cosas rinden pleitesía al individuo-rey, pero es mera apariencia. El engaño reside aquí: en que las cosas, aun teniendo cualidades valiosas, no pasan de ser puros objetos. Se dejan hacer, se dejan comprar, vender, cambiar, mover, tirar. Las cosas, por ser inertes, nos facilitan el dominio casi absoluto sobre ellas… pero necesitan espacio y carecen de tiempo. Las cosas, aparentemente neutras e inofensivas, llevan en sí mismas una condición inexorable: que el individuo-rey les dedique la vida, porque su adquisición y su disfrute exigen tiempo y espacio. Ocupan un espacio que hay que proporcionarles, y no tienen tiempo; su tiempo es el nuestro. Dicho en primera persona: mis cosas solo funcionan con mi tiempo, consumen mi tiempo del mismo modo que un coche funciona consumiendo combustible. Y mi tiempo no es una cosa ajena a mí; mi tiempo soy yo, de manera que el día que se me agote el tiempo, se habrá acabado mi vida (en esta tierra).

Al llenarnos de cosas nos puede dar la impresión de que hemos conquistado un reino y esta es una conquista con ribetes de ultimidad, de poderío, de felicidad plena porque nos vemos señores de las cosas, pero el problema está en que vamos hipotecando nuestro tiempo, que es algo que tenemos medido y contado. He tenido la fortuna de poder explicar en mis clases muchas veces que mientras vivimos en este mundo «somos tiempo», y en la medida que se nos va el tiempo, se nos va el ser. Si empleamos el tiempo en hacer cosas, en tenerlas y en mantenerlas, nos quedamos sin tiempo para las personas, sin poder cultivar la relación personal gratuita, un ámbito enriquecedor de la vida humana como pocos. Quien se emplea en tener muchas cosas, necesariamente se va quedando sin libertad porque se ve impedido en su capacidad de movimiento. El individuo-rey sólo se entiende entre las cosas, todo lo subyuga a ellas y todo lo espera de ellas. Solo puede ir allá donde haya cosas o tenga cosas. De este modo se aleja de uno de los más hermosos ideales clásicos de felicidad, el que entiende por hombre feliz a aquel que todas sus posesiones las lleva con él porque todas sus riquezas son interiores. La idea me trae el recuerdo de un aforismo del pensamiento clásico: “omnia mea, mecum porto (todo lo mío lo llevo conmigo)”. Es una frase citada por Cicerón en Paradoxa stoicorum I, 8 y se debe a Bías de Priene, uno de los siete sabios griegos. Esa fue la respuesta de Bías a sus conciudadanos, extrañados de que el sabio no hiciera como los demás cuando la ciudad de Priene estaba amenazada por la próxima invasión del ejército de Ciro el Grande. Mientras que ellos, azarosos y afanados, procuraban cargar con todas las riquezas que podían, Bías, sin equipaje, emprendió ligero su salida convencido de que todo lo que poseía de valor lo llevaba en su interior.

Para esta vida de sencillez por la que venimos apostando necesitamos un cambio de proceder en lo que es habitual, no para alejarnos y olvidarnos de las cosas, sino para establecer con ellas un modo de vida creador, en el cual, las experiencias del gustazo consumista que caracteriza a una vida materializada, puedan ser sustituidas por lo que alguien ha explicado como experiencias de encuentro con la realidad, generadoras de gozo estético, propio de una vida creativa. Este planteamiento ya es otro: ya no se trata de acumular cosas o de dominarlas en sentido posesivo y aplastante de las mismas, sino de usarlas para crear con ellas campos de juego que posibiliten experiencias creadoras, gracias a las cuales el ser pueda expandirse, crecer y gozar, haciendo bien a sí mismo y a los demás. La idea es muy interesante, pero no necesita de mayores explicaciones. En lugar de estas, me ha parecido oportuno recurrir a un buen ejemplo que puede servir para iluminar lo que se viene comentando. El ejemplo es el cuento “La cinta azul”, que transcribo de un libro de lectura infantil que he manejado a menudo. La transcripción es literal, a excepción del nombre del protagonista, al cual he cambiado el nombre para llamarle Pepe Lacalle.

LA CINTA AZUL

En aquel pueblo, como en todos los pueblos, había niños ricos y pobres.

Uno de los niños ricos cumplió años y le regalaron muchas cosas: un caballo de madera, seis pares de calcetines blancos, una caja de lápices y tres horas diarias para hacer lo que quisiera.

Durante los diez primeros minutos el niño rico miró todo con indiferencia.

Empleó otros diez minutos en hacer rayas por las paredes.

Otros diez en arrancarle una oreja al caballo.

Y otros diez en dejar sin minutos las tres horas libres. Esta última maldad fue haciéndola minuto a minuto, despacio, aburrido, por hacer algo sin hacer nada.

Al deshacer los paquetes, más aburrido que impaciente, había tirado por la ventana la cinta azul con que venía amarrada la caja de lápices, una cinta como de dos palmos, de un dedo de ancha, de un azul fiesta, brillante.

La cinta fue a dar a la calle, a los pies de Pepe Lacalle, un niño despierto, de ojos asombrados, pies descalzos y hambre suficiente para cuatro.

Pepe Lacalle pensó que aquello era un regalo maravilloso, pensó que era lo más maravilloso que le había ocurrido en la última semana y en la que estaba pasando y seguramente en la que iba a empezar.

Pensó que era la alfombra que usaron los liliputienses el día que se bautizó al hijo del Rey.

Pensó que le gustaría usarla para pasear a su perro si era capaz de encontrar a ese golfo de Cisco, sin rabo y tan viejo.

Pensó que no estaría mal para sujetar por el cuello a la tortuga que quería tener.

Pensó, al fin, que bien podía ser un fajín de general.

Y pensándolo empezó a desfilar al frente de sus soldados, todos con plumero, todos con espada.

Los que lo vieron pasar pensaron que era un niño seguido de nadie.

Y al poco rato un niño seguido de un perro sin rabo.

Pero Pepe Lacalle sabía que el perro era su mascota, que los soldados pasaban de siete, que era todo lo que Pepe Lacalle podía contar sin equivocarse.

Y mientras Pepe Lacalle desfilaba, el niño rico se aburría.

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