Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (IV)

Madre de Dios

Carta abierta a la gente joven (continuación)

Retomo el hilo de la entrega anterior que acababa con estas palabras: “No tengo nada en contra de la formación de la mujer, de su acceso a trabajos y responsabilidades de igual rango que las masculinas, y no solo no tengo nada en contra, sino que cuento con razones sobradas para decir que la mujer añade un plus de buenas cualidades que enriquecen la vida social en todos los órdenes”.

Prevalencia de las capacidades naturales sobre las adquiridas

Pero esto no significa que hayamos de dejar de leer o pasemos por alto las páginas sublimes sobre la maternidad escritas en el Libro de la Naturaleza, que es una fuente de sabiduría y de bondad para todos, páginas que están escritas para todos, para hombres y mujeres. ¿Qué quiero decir? Que en el ser personal tienen mucho más valor los dones naturales que el equipaje con el que lo dotamos desde la educación, que, por otra parte, no podría darse sin el asiento de esos mismos dones naturales. Dicho de otro modo, los dones naturales es la dote del Creador, mientras que la cultura es la dote del hombre. Las “herramientas” naturales de una persona (su propio cuerpo, sus capacidades, sus aptitudes y habilidades, sus fortalezas) superan con mucho a todo aquello que la educación pueda construir en ella y que si lo construye es gracias a la existencia de esas “herramientas” naturales.

La relación entre lo dado a través de la naturaleza y lo dado por la educación es muy similar a la que hay entre el órgano natural y la prótesis. Con esto no estoy minusvalorando la necesidad de la educación ni el valor de la prótesis, pero sí quiero dejar claro que es un error dar más valor a la prótesis que al órgano, al artificio que al don, a la acción de los hombres que a la acción de Dios, del mismo modo que no entenderíamos que alguien prescindiera de un órgano sano y perfectamente funcional para sustituirlo por uno artificial; las prótesis buenas son cuando la naturaleza falla, pero siempre como remedios paliativos que sustituyen hasta donde pueden el órgano enfermo o inservible.

Digo esto con mucho pesar porque cualquiera puede observar que nuestras jóvenes están más ilusionadas con un título que con un hijo, con muchos títulos que con muchos hijos. Eso es una inversión de la realidad cuya causa está en un conglomerado de factores (ahora no es posible abordarlos) que convergen para provocar un mismo fenómeno: el rechazo y/o deprecio de la maternidad, relegándola a un segundo tercer o cuarto lugar, o directamente renunciando a ella. La historia bíblica de Esaú y Jacob ofrece un paralelismo que encaja bastante bien con esta situación porque esta huida de la maternidad, en definitiva, viene a ser cambiar la primogenitura (lo que tienes de más valor, que te ha sido dado aunque su disfrute esté aplazado en el tiempo) por la satisfacción inmediata y pasajera de la necesidad del momento, que es una satisfacción fugaz y cuya necesidad volverá a ser acuciante al poco tiempo. El plato de lentejas es el paralelo de lo que nuestro mundo ofrece como alternativa a la maternidad: vida de ocio, puestos de trabajo, viajes, éxitos mediáticos, etc.; la primogenitura es la herencia preparada por Dios Padre ya en esta tierra, entera para ti.

Si el fin no justifica los medios, el descarte de la maternidad a costa de otros logros, no justifica esta fecundidad bajo mínimos que acabará en suicidio social. Esto también conviene explicarlo porque observo que con las chicas se plantea un dilema de consecuencias funestas para ellas y para la sociedad en su conjunto. Y es que parece como si la apuesta por una maternidad amplia exigiera de suyo el relegación de la  mujer a tareas secundarias o de escaso valor. El mensaje, a veces implícito, y casi siempre explícito, que nuestras jóvenes están recibiendo es este: los hijos son para las que no sirven para otra cosa, para las que se conforman con una vida mate; quienes quieran brillar no se pueden permitir esas cargas; si no sirves para otra cosa más atractiva, allá tú, cárgate de familia. Gracias a Dios hay un buen número de ejemplos de mujeres, madres de familias numerosas (numerosas de verdad, no “numerosas” de dos o tres hijos) que con su día a día están demostrando lo contrario a todo aquel que quiera verlo. Unas porque pueden compatibilizar trabajo y familia y otras porque renuncian a trabajar fuera del hogar para dedicarse por entero a los suyos.

El dolor de la renuncia

Quizá tú, joven, seas chico o chica, pienses lo mismo, que tener hijos te va a limitar en tus objetivos. Depende de cuáles te hayas puesto. Pero si lo que te propones es ser feliz, hasta donde se puede ser en esta vida, ser padre o madre de una familia bien nutrida no te va a limitar en nada, sino lo contrario, te servirá para lograr una madurez y una integridad de vida que no te va a llegar por ningún otro camino, por muy seductor que se te presente. No es verdad que la paternidad o la maternidad amplia te rebaje. Sí es cierto que es muy probable que tengas que renunciar al lucimiento de tal cargo, a los aplausos de ese ambiente que tanto te gusta, a un sueño profesional muy valorado, etc. Si estás en ese caso, te insistiría en lo que ya he tratado de justificar con argumentos. ¿Por qué vale más un curriculum interminable que un hijo bien educado?, ¿desde cuándo vale más un título que un hijo?, ¿muchos títulos que muchos hijos?, ¿quién te asegura a ti, jovencita, que vas a ser más dichosa haciendo tal cosa -tú sabrás cuáles son tus proyectos- que siendo madre fecunda?, ¿quién te lo asegura a ti, muchacho joven, que piensas conquistar la gloria?

Pero dejemos claro que en este punto de la renuncia, la reflexión sirve tanto para el varón como para la mujer, porque a veces parece que hay que exigirla solo a la mujer. Está muy extendida la idea de que el hombre no debe renunciar a lo que entendemos como actividades sociales (empleos, promoción laboral, carrera profesional, etc.) mientras que la mujer sí debe hacerlo. Pues la idea estará todo lo extendida que esté, pero no hay ninguna justificación para que tenga que ser así. Las renuncias que haya que hacer, tendrán que hacerlas los dos, hombre y mujer, y pueden afectar a los dos al mismo tiempo o a cualquiera de ellos, según lo exijan las circunstancias y el bien de cada familia concreta. Redacto estas líneas a pocas horas de una conversación por teléfono con un hombre joven que me contaba cómo en un pasado bien reciente ha renunciado a varios cargos distintos, todos muy apetecibles, de alto rango, en la administración del Estado, unos dentro y otros fuera de España. ¿Motivo de la renuncia? Su familia: su esposa y sus hijos, ahora niños, a los que entiende que debe dedicar todo el tiempo que le absorberían las responsabilidades de esos cargos. Y todo ello compatibilizado con el trabajo de su mujer, madre de familia numerosa, fuera de casa porque así conviene a la organización y a la buena marcha de su hogar. Mi reacción fue doble: hacia él una felicitación sincera, cargada de admiración y para mis adentros esta pregunta: ¿algo que objetar?

En cualquier caso, hay que significar que, como pasa con todo lo relacionado con la familia, sobre el papel de la madre hay un peso especial que no recae sobre el padre, y esto también está en las páginas del Libro de la Naturaleza. No puedo entretenerme sobre ello, pero dejo solo como muestra, dos palabras en las que me gustaría que te fijaras: matrimonio y desmadre. La preponderancia del papel de la mujer ha hecho que la institución sobre la que se asienta la familia se llame matrimonio (palabra derivada de mater/matris, en latín) y no patrimonio, que es otra cosa, la cual tiene su importancia, pero de otra índole. ¿Qué significa esto? Que aunque la familia se establezca y descanse sobre los dos, padre y madre, y los dos sean necesarios, el papel de la madre tiene una relevancia particular que no tiene el padre. Y, desde un punto de vista negativo, por la misma razón existe la palabra desmadre, como sinónimo de descontrol y desbarajuste, y en cambio no existe la palabra despadre. ¿Esto es justo o injusto? Recuerda que ya dijimos que no hablamos de relaciones de justicia, que aquí no caben, sino de lo escrito en el Libro de Naturaleza (si prefieres una palabra técnica, mucho más sesuda, ahí tienes ontología).

Y la Virgen María al fondo

A pesar de haberme extendido bastante más de lo previsto inicialmente, no quiero terminar sin un brevísimo comentario sobre la Virgen María a quien he puesto como referencia de fondo de estos artículos. Después de todo lo dicho, he aquí que la más excelsa de todas las mujeres, la Mujer Perfecta con mayúsculas, la que es modelo de todo acabamiento y de todas las perfecciones humanas, la que ha sido elevada y glorificada como ninguna otra criatura y por encima de todas las demás, incluidos los ángeles… ¿qué hizo mientras estuvo en esta tierra? Ser esposa y madre. Nada más. Nada más y nada menos. Madre en dos etapas, en la primera la madre de Jesús, o sea Madre de Dios; en la segunda, madre universal, la Nueva Eva. Fecundidad singular y especialísima en tanto que fue madre de un solo hijo, el Hijo Único de Dios, y fecundidad incontable en cuanto que nos fue dada como verdadera madre de todos los cristianos y, por extensión, de todos los hombres.

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