Será por el gluten

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En ocasiones surgen debates en la Iglesia y en torno a ella que suscitan estupefacción, más cuando son católicos quienes intervienen a uña de caballo, o con aquello tan deficitario de humildad como el “Os habéis vuelto a equivocar”. Es el caso del gluten.

Parece como si la Eucaristía fuera un hecho de la más pura actualidad, surgida del ahora mismo, al igual que el problema de la incompatibilidad con el gluten. A veces hay que comenzar por lo obvio: hace años, décadas, siglos, los celiacos participan en la Eucaristía sin mayores problemas. Es obvio que en tiempo histórico el diagnóstico de la intolerancia es reciente, y, por tanto, acudían a ella sin saberlo, pero también es una obviedad que ni en los anales eclesiásticos, ni en la sabiduría popular se narra ningún problema surgido de la comunión con trigo no modificado. Pero ciñámonos al ahora. ¿Qué enfermo celiaco ha tenido problemas para comulgar por su condición? Cierto es que hay algunas comuniones personales donde se utilizaba harina sin gluten, pero esto no es ni de lejos la condición mayoritaria. La razón es doble: por una parte, porque la hostia consagrada puede ser una pequeña parte, que salvo casos extremos carece de impacto sobre el sistema inmunológico, porque también en este caso la dosis importa y, segunda razón, porque se puede comulgar solo bajo la especie de vino.

Lo único que ha sucedido ahora es que la Santa Sede ha querido fijar -de hecho reiterar– que el trigo no puede ser manipulado para la Eucaristía, porque la progresión del “sin gluten” ya llegaba hasta ahí con fuerza.

Todo es sencillo y bien comprensible. Se entiende de los de cerrazón consistente, los que aprovechan que el Pisuerga pasa por Akron para lanzar sus críticas, pero que sean católicos quienes alcen las voces con razones inconsistentes es escandaloso. Desde personas que rechazan comulgar con el cáliz por razones de higiene, a quienes, de buena fe, o no, confunden la existencia de intolerancia con la dosis de la ingestión: es cierto que se es intolerante o no se es, pero es falso que no importe la cantidad de harina entera que se consuma para provocar la reacción.

Como han manifestado muchos católicos celiacos que hace años que sufren este problema, no han tenido problema para comulgar, bien sea mediante alguna de las soluciones apuntadas, bien sea con formas fabricadas con trigo que poseen de manera natural un bajo contenido en gluten.

En el trasfondo de buena parte de las posiciones católicas anida como siempre la vocación para una relación con Dios que se adapte a su situación como un guante. Donde uno es medida de todas las cosas, donde no debe haber el más mínimo esfuerzo. Y la Iglesia ha aceptado mucho en este ámbito, pero obviamente todo tiene límites. El catolicismo no es una fe religiosa de diseño. Su fuerza radica en unos hechos históricos concretos que deben ser asumidos porque son los que Dios eligió para manifestarse. El judaísmo de su pueblo inicial, la articulación no siempre fácil con el Antiguo Testamento, la vida de Jesús en una familia clásica, donde no falta el padre a pesar de que no es su hijo biológico, una vida económicamente modesta, y claro está, la presencia real en la consagración del pan y el vino. No es arroz, ni cerveza, pero a ningún católico japonés se le ocurre que aquella práctica es una discriminación para con su pueblo, y que debe disponerse de la libertad para utilizar ese otro cereal, y aquel otro fermentado alcohólico, pero en aquella parte de lo que con propiedad podemos llamar nuestro catolicismo quejica, todo lo que sea salir de uno mismo, es recibido de uñas. Lo del gluten es solo la superficie pequeña y visible de un gran iceberg que navega por el mar cristiano.

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