¿Qué tal si llamamos a las cosas por su nombre?

homosexuales

La homosexualidad se ha hecho hueco en la información y se ha instalado entre los asuntos de actualidad de manera evidente. Las diversas cuestiones que afectan al mundo homosexual son noticia un día sí y otro también. No necesitamos que cada año llegue junio para que esté presente en todos los medios y a todas las horas, dedicándosele una atención informativa que a mí me parece inmerecida e injustificada. A pesar de ser muchas las voces, yo echo en falta una voz más: la de la Iglesia. Algo sí dice, pero en mi opinión dice poco y con escaso eco. No me refiero a los documentos del Magisterio, a la doctrina recogida y expuesta por el Catecismo o a las declaraciones de la Iglesia Universal, sino a la voz de los agentes de la Iglesia más cercanos: a catequistas, sacerdotes, religiosos, escuelas confesionales, y, en general, a medios de comunicación católicos. A lo mejor resulta que el despistado soy yo; a lo mejor estos agentes sí están hablando y se están esforzando en explicar con profusión esa doctrina y soy yo el que no oye. Admito que pueda ser, pero me da por pensar que no es así la cosa, sino que, en general, preferimos no hablar porque sabemos de antemano que es un tema incómodo, un tema con el cual, por ser candente, nos podemos quemar.

También me da por pensar que partimos de un supuesto falso y es el siguiente: como todo el mundo sabe cuál es la doctrina de la Iglesia, buena gana de volver sobre ella no sea que vayamos a molestar demasiado. O sea, que actuamos justo en sentido contrario de lo que hacen los promotores LGTBI, que es impulsar sus ideas y sus iniciativas sin descanso y en todos los frentes, como hace la publicidad comercial, machaconamente, con ingenio, con tesón, con bríos.

Y me da por pensar, en tercer lugar, que a lo peor incurrimos en cobardía y que por miedo callamos la verdad, o la decimos con sordina, o decimos solo una parte, o bien la reducimos a círculos sin resonancia.

Digo que creo que partimos de un supuesto falso que consiste en dar por hecho que todo el mundo sabe cuál es la doctrina de la Iglesia. ¿Estamos seguros? ¿De verdad, alguien se cree que todo el mundo sabe lo que dice la Iglesia, sea de este tema o de cualquier otro? Se me hace mucho suponer. Sobre la postura de la Iglesia están más extendidos los tópicos que la verdad, los prejuicios que el conocimiento, los rumores que la información veraz.

Por eso no está de más recordar esa doctrina. El Catecismo de la Iglesia Católica establece las enseñanzas sobre la homosexualidad distinguiendo cuatro apartados: las tendencias homosexuales, los actos o prácticas homosexuales, las personas homosexuales y la actitud de la comunidad cristiana respecto a las personas homosexuales.

a) Sobre las tendencias homosexuales dice lo siguiente:

– Que “su origen psíquico permanece ampliamente inexplicado” (punto 2357 del Catecismo).

– Que en “un número apreciable de hombres y mujeres” estas tendencias están “profundamente radicadas” (p. 2358).

– Que las tendencias homosexuales empujan a una “inclinación objetivamente desordenada” (ídem).

b) Sobre los actos homosexuales:

– Que “son intrínsecamente desordenados” (p. 2357 y declaración “Persona humana”, 8, de la Congregación para la Doctrina de la Fe).

– Que “son contrarios a la ley natural” (p. 2357).

– Se citan entre “los pecados gravemente contrarios a la castidad” (p. 2396). Y en consecuencia…

– “No pueden recibir aprobación en ningún caso” (p. 2357).

c) Sobre las personas homosexuales:

– Que para “la mayoría” de las personas que presentan tendencias homosexuales, esta inclinación “constituye una auténtica prueba” (p. 2358).

–  Que “estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor, las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición” (ídem).

– Que “están llamadas a la castidad” (p. 2359).

– Que “pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (ídem) e indica los medios para ello.

d) Sobre la actitud de la comunidad cristiana:

– Insta a que sean “acogidos con respeto, compasión y delicadeza” (p. 2358).

– “Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta” (ídem).

A modo de síntesis cabe decir que, en el tema de la homosexualidad, la Iglesia aplica el mismo principio general que mantiene para toda situación contraria a la Ley de Dios y que consiste en condenar el pecado y acoger al pecador. Condenar el pecado sin personalizar la condena en nadie y acoger al pecador concretando la acogida en cada persona que acepte los brazos de la Madre Iglesia. Es principio para la acción cristiana que tiene su raíz en la Sagrada Escritura y en las enseñanzas de Jesucristo. A través del profeta Ezequiel, Dios dice: “Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva” (Ez 33, 11). Y dentro de las enseñanzas de Jesucristo es una constante, algo que aparece repetido una y otra vez. Como muestra luminosa están estas palabras dirigidas a aquella mujer sorprendida en adulterio y llevada a presencia de Jesús por sus acusadores, ansiosos de meter a Jesús en un aprieto y dispuestos a aplicar con ella todo el rigor de la ley, haciéndola morir por lapidación. Jesús, que había seguido la acusación inclinado, escribiendo con el dedo en el suelo, “se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más»” (Jn 8, 10-11).

Tanto en la doctrina de la Iglesia como en esta última frase de Cristo, “en adelante no peques más”, ha hecho su aparición una palabra que a muchos contemporáneos les molesta en lo más profundo de su ser, una palabra que quema y desazona porque es expresión de un concepto que repele y que produce reacciones de auténtica alergia moral: el verbo pecar. Ahí, ahí está la clave de nuestro silencio timorato, en que, según lo veo yo, nos asustan las palabras, nos da miedo el sustantivo pecado y su verbo correspondiente, pecar. Y de eso es de lo que huimos, me parece a mí, de usar la palabra pecado para referirnos a los actos homosexuales. Imaginemos por un momento que más o menos todo el mundo sabe cuál es la doctrina de la Iglesia (que es mucho imaginar). Concedamos que todo el mundo la conozca. Pues bien, de inmediato hay que añadir que son pocos los que se atreven a decirla porque al explicarla hay que referirse necesariamente al término pecado. ¿Tú, lector, has oído muchas veces emplear palabras como ‘pecar’ o ‘pecado’ cuando se habla de estas cuestiones? ¿Has oído muchas predicaciones sobre ello? Me imagino que te sonará mucho más el término misericordia, lo cual es muy de alabar porque pertenece al celo amoroso que como buena madre, la Iglesia tiene por nosotros, sus hijos. Lo que ocurre es que siendo verdad que el valor de la misericordia es superior al de los preceptos, no podemos olvidar ni descuidar el concepto de pecado porque al hacerlo necesariamente disolvemos el de misericordia. Si existe la misericordia es porque previamente existe el pecado.

El papa actual tiene un empeño evidente, manifestado una y otra vez de mil maneras en llevar hasta el último confín del mundo el mensaje cristiano sobre la misericordia. Ojalá se cumplan sus deseos y llegue a todos los hombres, pero este mensaje solo puede ser entendido y acogido en quienes previamente haya calado el concepto y la experiencia viva de pecado; a quien no se vea a sí mismo como un vil pecador, el mensaje de la misericordia le caerá en vacío y no podrá entender nada.

A finales de 2004 me pidió el responsable de una revista local un artículo de opinión sobre algún tema de actualidad. Por esas fechas la cuestión gay estaba en la picota del debate público. Se estaba cocinando en España la legalización de las uniones homosexuales equiparándolas con el matrimonio; es decir, se estaba dejando asentada la situación legal actual y a su vez, establecidas las bases para las nuevas leyes que se están implantando ahora.

Me pareció entonces, y me sigue pareciendo ahora, que desde la Iglesia no dimos la batalla adecuada. No digo que si la hubiéramos dado las cosas hubieran cambiado; tal vez, pero la suerte ya estaba echada, la determinación de legislar como se hizo estaba tomada por parte de los poderes públicos, no apunto solo ni preferentemente al partido que entonces gobernaba, sino a los últimos responsables de las decisiones políticas en el ámbito nacional e internacional. Reproduzco a continuación aquel artículo porque creo que sigue teniendo la misma vigencia de entonces. Solo quiero añadir una aclaración acerca del título. El título no es una pregunta, “¿por qué es pecado?”, sino una respuesta: “porque es pecado”. Y es en mi opinión el único argumento que tiene fuerza para que alguien pueda entender, y, en su caso, aceptar la postura que mantiene la Iglesia respecto de las prácticas homosexuales.

…PORQUE ES PECADO. SE LLAMA SODOMÍA

A estas alturas sería difícil negar que estamos ante una campaña perfectamente programada de aceptación de la cuestión ‘gay’, a la cual nadie está haciendo frente sino algunas voces de la Iglesia. El objetivo de esta estrategia es la “normalización” del ejercicio de la homosexualidad como modo de vida. Es un objetivo que los gays aún no tienen conseguido, pero que está ya muy maduro, a punto de caer, porque su estrategia está dando el fruto esperado. Lo curioso y lo triste es que quienes nos oponemos a la equiparación de las uniones homosexuales con los matrimonios, quienes no condenamos a las personas homosexuales, pero sí las prácticas, somos un elemento de su estrategia. Cuentan con nosotros, los católicos, y con nuestras protestas, han previsto cuáles van a ser nuestros argumentos y nuestras reacciones y los han integrado, como un ingrediente más, dentro de esa campaña de “normalización”. Nos han llevado al huerto, al suyo, a su campo, donde son fuertes y nos las están dando por todas partes mientras cacareamos.

Han conducido la discusión al terreno de los derechos y hemos picado; nos invitan a debates en radio y en televisión y allá vamos equipados con toda nuestra batería de objeciones “razonables”, confiando -ingenuos nosotros- en que ante una buena argumentación no hay quien aguante. Y así empleamos toda nuestra artillería en querer convencer del despropósito que es llamar matrimonio a lo que no lo es. Y ellos, los gays, mientras tanto, regodeándose ufanos de su victoria. Estamos luchando en su campo y con sus armas; nuestros argumentos no les hacen mella, más aún, juegan con ellos como el torero juega con el engaño.

Ellos atacan el matrimonio y nosotros nos dedicamos a querer desmontar sus errores, sin darnos cuenta de que nadie, por más razón que tenga, puede convencer a quien no está dispuesto a moverse una micra de sus posiciones de partida. Tiempo perdido. Sobre eso no se discute. La discusión, cualquier discusión, es buena cuando se quiere buscar la verdad y esta no es evidente, sino que está escondida y mediante la exposición razonada de argumentos puede elucidarse y hacerla aflorar de manera comprensible. Pero cuando se trata de verdades evidentes, entonces la discusión sobra. Eso es lo que ocurre en Matemáticas con los axiomas y en Filosofía con los primeros principios: que se muestran, pero no se demuestran, porque su mera mostración proporciona una comprensión diáfana y, por tanto, una certeza in-discutible. Quien se empeña en afirmar que un matrimonio puede ser algo más, o distinto, que la unión fiel y estable entre un hombre y una mujer para hacer vida en común, es que ya ha tomado partido en contra del matrimonio, y a partir de ahí procederá con una testarudez inamovible. Resulta inútil querer hacerle ver su error porque él o ella no quieren salir de él. Para hacerse fuertes, aunque sea manteniéndose en ese error, han llevado sus campañas al terreno de los derechos, porque ahí somos muy mirados; tanto, que medimos muy bien las palabras temiendo herir y preferimos quedarnos cortos a sobrepasarnos, preferimos conceder un derecho inexistente a recortar otro que quizá pudiera serlo.

A mí me parece que para los católicos sería mucho más eficaz no utilizar los argumentos del Derecho como razón mayor, ni siquiera de la Antropología o de la Psicología, aun cuando fueran expertos en esas materias. La cualificación y la autoridad moral que puedan dar los títulos, los cargos o la experiencia pueden ser muy valiosas, pero siempre serán menores que las que proporciona la consagración bautismal que nos faculta para hablar con palabras como espadas delante de cualquiera. Por eso entiendo que el mejor argumento por el cual deberíamos condenar las prácticas homosexuales es porque son pecaminosas. Son pecaminosas de suyo, objetivamente. Los católicos sabemos que esas prácticas son contrarias a la voluntad de Dios, le ofenden a Él y se vuelven contra sus autores. Y eso lo sabemos por la Revelación (véase Rom 1, 24-27) y por el Magisterio de la Iglesia (punto nº 2357 del Catecismo de la Iglesia Católica). Quizá nos da corte o nos parezca una razón de poco peso emplear este argumento, pero hablando con rigor, actuar así no sería sino hacer vida una exigencia directa del Primer Mandamiento del Decálogo, que nos impulsa a honrar a Dios por encima de todo lo demás. Puede incluso que nos parezca que nos vamos a meter en un atolladero si acaso se nos contesta con el conocido “pecado será para ti”, objeción que no se sostiene, puesto que ninguno de los bautizados hemos inventado nuestra fe ni nuestra moral. Tal vez padezcamos de falso pudor por si se nos ríen o se nos burlan. Pues bien, supongamos que todas esas cosas se dieran juntas: ¿y qué? Aunque así fuera, habríamos de insistir: no a las prácticas homosexuales porque objetivamente son pecado. Como lo son otros cualesquiera que atenten contra la virtud de la castidad, sean cometidos por personas homosexuales o no, casados o solteros, sacerdotes o religiosos. Y este al que nos referimos tiene nombre, se llama sodomía.

Y esto, guste o disguste, se afirma y se reafirma desde la fe y desde la razón iluminada por la misma fe. Nadie es quien para entrar en el mundo interior de otro, ni para juzgarlo, y menos aún decirle, si está o no pecando, pero una cosa es pronunciarse sobre el mundo interior de tal o cual persona y otra diferente pronunciarse sobre los hechos externos que no se imputan a nadie en concreto; es decir, sobre la conducta humana. Eso es lo que hacen todos los códigos del mundo, sean jurídicos o morales. En eso es en lo que se emplean el legislador cuando legisla y el moralista cuando imparte doctrina: hablar de las cosas, de los actos, de las conductas; no de nadie en concreto. Y eso es llamar a las cosas por su nombre, lo cual, aunque parezca muy duro, hace bien siempre, empezando por los propios homosexuales, que están tan necesitados como los demás de fundamentar y edificar su vida sobre la verdad.

Y luego, quien tenga ciencia o experiencia para argüir contra las prácticas homosexuales que eche mano de sus conocimientos, pero como elementos auxiliares, como complementos, que por importantes que puedan ser -que lo son-, están por debajo de las motivaciones que nos da el amor: el amor a Dios sobre todas las cosas y el amor a todas las personas, incluidas las que tienen tendencias homosexuales.

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