Torrente del absoluto: Léon Bloy

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Léon Bloy fue un prosista incomparable que no necesitaba adornar su escritura. Su canto, marcado por ayes de dolor, se distingue por su esplendor simple. Es la resonancia de un alma vasta y poderosa, llena hasta los bordes de desprecio por el tiempo en que le tocó vivir, como las almas de Dostoievsky o Nietzche. Le irritaba la ceguera voluntaria de los hombres, que dejamos de ver lo invisible por clavar los ojos en lo visible.

Bloy es converso. De joven, odiaba a Jesús y a la Iglesia con la misma vehemencia que después los amó. Por el resto de su vida fue creyente, férvido, obcecado, arbritrario, iluso.  Escribió como misionero entre los viciosos, los tibios, los embrutecidos. Quiso curar a las almas de la enfermedad de haberse enfriado, con una prosa mezcla de fuego y rosas. Como estaba sumergido en la Revelación, su literatura navega entre lo fantástico y lo insólito.

Sin embargo, Bloy no fue santurrón. Conoció a una prostituta y le puso casa, para sacarla de su vida de tristeza, tedio y temor. Entre Bloy y la mujer nació una pasión violenta que alternaba con entusiasmos místicos. Después de algunos meses, Bloy abandonó a la amante, renunció a un trabajo seguro y se retiró a un monasterio con la idea de hacerse benedictino. Su confesor le aconsejó que no fuera monje ni se casara con la magdalena, que entre tanto también se había convertido.

Bloy no fue hombre de gran cultura ni un artista refinado. Fue un testigo de la fe a quien atormentaba un pensamiento obsesivo: hay que desclavar a Cristo de la cruz. Tenía hambre de gigante. Quiso conocer el amor de Dios por experiencia propia, como lo conoció Adán antes de la caída, como lo conocerán los elegidos después de la Parusía.

Sus ideas eran escasas pero macizas. Intuyó que la santidad es la única vocación del hombre y el único gran pesar es negarse a seguir el llamado. Para Bloy, nadie es alguien y ya: todos somos alegoría, metáfora, símbolo, pero pocos sabemos de qué. Ésa es nuestra tragedia.

León Bloy le producía repulsión a sus colegas contemporáneos. Revistas, periódicos y editoriales estuvieron cerrados para él. Vivió en los barrios bajos, pobre toda la vida rodeado de oprobio o silencio. Bloy siempre estuvo esperando un milagro: que el pan para él, para su mujer y sus hijos le llegara por correo, de un amigo, de un camarada, de un bienhechor, de un admirador.

Así esperó durante años y años, en medio de la angustia y el pesar, con el corazón en un puño, y lo único que le permitía sufrir semejante tortura cotidiana era el contacto constante el Salvador del Mundo, clavado de pies y manos entre dos ladrones. En la pasión que fue su vida, Bloy pasó esperando a la Resurrección.

Después de morir, a este escritor emparedado en vida, le llegó la gloria. Tras sus funerales, se anunció una conferencia acerca de su vida y obra. De todos los puntos del mundo francófono, de Francia, Bélgica, Suiza, Suecia, llegaron cartas de testimonio sobre el efecto de Bloy en la vida de sus lectores, quienes cariñosamente se referían al difunto y oraban por él.

Léon Bloy alcanzó algo que se parece más al cielo que el reconocimiento de la crítica. Cuando murió, algunos centenares de corazones repartidos por el mundo, descongelados por sus libros de Bloy, soñaban el sueño que Bloy también soñaba: la venida de Quien nos salva del corazón helado. Léon Bloy fue padrino de bautismo de Jacques Maritain.

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