La trampa de la perspectiva de género (I)

La perspectiva de género se propaga en un ámbito de una gran confusión sobre lo que es; algunos, lo ven como una simple sustitución gramatical de donde decía sexo, ahora se escribe género. Otros, como un sinónimo de equidad entre hombres y mujeres. Muchos, como una formulación feminista, algo que clamorosamente no es, aunque recoja aspectos del feminismo de segunda generación, como la importancia hiperbólica del aborto. Pero, la perspectiva Gender es realmente otra cosa: es la liquidación del concepto de naturaleza humana. Es también un enmascaramiento de la desigualdad económica y de sus causas y una preparación de las mentalidades, porque rompe con la naturaleza humana para el Posthumanismo.

La perspectiva de género debe ser conocida en sus términos reales y debatidos sus fundamentos, y sus conclusiones contrastadas con la realidad. Este es un mandato imperativo en una sociedad democrática, y para ello nada mejor que contemplar algunas evidencias empíricas relacionadas con su discurso.

Uno de sus caballos de batalla es la violencia en la pareja y, sobre todo, el feminicidio. Es lógico, es una lacra, como lo son todas las violencias de nuestra sociedad y, en especial, aquellas que anidan en el centro del amor, la familia. Pero un buen diagnóstico, tanto en este como en todos los casos, exige situarlas en la perspectiva adecuada. La que señalan los datos siguientes:

El II Informe Internacional de Violencia contra la Mujer del Centro Reina Sofía, con datos de 2003, sitúa a España en la cola de los países europeos en número de asesinadas por violencia de género. Esto a su vez la convierte en uno de los países del mundo con mejores resultados, todo lo contrario de lo que se induce a creer.

De acuerdo con esta misma fuente, la muerte de mujeres por violencia fue en ratio por millón de mujeres, de 7,7. Solo era menor el de Italia, Suecia e Irlanda. Las muertas en el contexto familiar eran de 3,5, al igual que Suecia, y superiores solo a las de Irlanda. Y específicamente, en los feminicidios de pareja eran de 3,6 para España, casi a la par que Suecia (3,4) y también a la cola de la lista.

Es evidente pues, que cuando fue legislada la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, una normativa insólita en Europa, al considerar la condición masculina como una causa en sí misma de mayor castigo penal -un enfoque propio de la perspectiva de género- ya se sabía que, en el contexto europeo y mundial, este fenómeno no existía en España como un problema importante, y más bien la situación debía ser estudiada en sentido contrario, la de la baja prevalencia de los feminicidios de pareja y de la violencia contra la mujer, en general. Esta realidad estadística se ve reflejada encuesta tras encuesta, año tras año, en los datos de los Barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

Sus respuestas señalan que solo entre un máximo del 0,3% de la población y un mínimo tan pequeño como cero, es una preocupación para ellos. Esto significa en términos de población un máximo de 100.000 personas. Dado que en 2015 se interpusieron 129.193 denuncias, resulta que la mayoría de las personas que han denunciado este tipo de delito una vez, y el año anterior, no están preocupadas. Si en lugar de compararlo con las denuncias del último año, la cifra de referencia fuera el agregado de los últimos 5 años, 2011-2015, más de 600.000 denuncias, el resultado señalaría que, por lo visto, una gran parte de quien denuncia no considera que sea un problema digno de ser señalado. ¿Cómo puede ser que una masa tan grande de población no se refleje en una encuesta que constituye una serie larguísima y que se realiza mensual y trimestralmente? Todavía resulta todo más extraño si se observa que en el 2016 hay 52.885 casos dentro del sistema de seguimiento integral por violencia de género, muchos menos que el universo de personas preocupadas. Aquella es una cifra, además y en parte, acumulativa, es decir, ha habido mujeres en el pasado que han gozado de esta protección, pero que ya no forman parte del sistema en el último año. Por ejemplo, en el 2013 había 12 mil más, podríamos añadir cifras mayores si fuéramos retrocediendo en el tiempo. Mucha denuncia y escasa preocupación, incluidas, claro está, las mujeres. Incluso cuando se mide en términos de cuáles son los principales problemas del país, solo lo señala el 1,6% y se sitúa a la cola de los indicados como posibles.

Otra fuente y otro periodo confirman idéntica conclusión. Los datos de la OMS para el periodo 2007-2012, indican que España es el país del mundo con menos muertes violentas de mujeres.

Dos referencias adicionales. La primera, los países que compiten con España con menores cifras de violencia, Irlanda, Italia y Grecia carecen de toda legislación específica en este sentido. Por su parte, Suecia, que ha tenido un gran éxito en la reducción de este tipo de delitos, ha basado su política en la prohibición radical de la prostitución, al considerarla generadora de una mentalidad codificadora del cuerpo de la mujer que propicia la violencia contra ella. En la perspectiva de género, y esto es bien visible en España, la prostitución no es objeto de una especial oposición y censura, y más bien se tiende a homologarla como una actividad económica más que debe regularse.

La pregunta es ¿por qué los gobiernos de España, que podían presentar una situación comparativamente buena, han optado por presentar este tipo de homicidio en términos exacerbados, y alarmistas en relación a su magnitud? Esto, en ningún caso, puede confundirse con condescendencia, sino que constituye una llamada de atención sobre la instrumentalización política de la muerte ¿Por qué tanta atención a este caso, y un olvido tan completo sobre los homicidios de las mujeres fuera de la relación de pareja? ¿Es que acaso no son una agresión a la mujer? ¿No es tan grave como mínimo la violencia contra los menores y los ancianos en el seno de las familias, y a pesar de ello no forman parte de ninguna agenda política ni mediática? O el caso de los suicidios entre los adolescentes y jóvenes, que superan en mucho las muertes por feminicidio. Si toda muerte violenta debe ser evitada, ¿no es acaso la cantidad, tanto en términos absolutos como comparativos, una forma objetiva y útil de medir la prioridad de las políticas públicas? La respuesta es que el feminicidio de la pareja es uno de los buques insignia de la perspectiva de género para “demostrar” la violencia estructural que el hombre heterosexual ejerce contra los demás géneros.

Esta posición política se mantiene viva y actuante en los gobiernos del PP. La nueva ministra de Sanidad, Dolors Montserrat, escribía en Twitter justo al inicio de 2017, en relación a uno de los primeros homicidios del año: Otra vida arrebatada por la violencia machista. El Pacto de Estado contra la #Violencia de Genero es una necesidad urgente. Ellas lo necesitan. En unos términos parecidos se manifestó el Ministro del Interior.

Dos consecuencias graves de este enfoque ideológico promovido por la perspectiva de género son: (1) El olvido de las causas de homicidio por sujetos distintos a la pareja, que son mayoritarios. (2) El menosprecio de este tipo de violencia entre los hombres que casi triplican los homicidios de mujeres, como si su muerte poseyera menor valor. (3) El menosprecio del elevado grado de violencia a que están sometidos los menores y los ancianos en nuestro país, los más débiles y olvidados en esta cuestión.

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2 Comments

  1. 2

    La pregunta seria entonces: como combatir está manipulación ideologica, sin dar muestras de ser unos retrógrados, machistas , fomentadores del patriarcado ?? Quizás promoviendo algo positivo que supusiera la igualdad en terminos reales para todo el mundo ?

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